bicis

El pasado fin de semana, eme y yo nos pusimos de acuerdo: vamos a hacer algo de deporte porque, por lo menos a mí, me hace falta. Sé que aún no he traspasado el límite, la barrera psicológica de tener que apoyar la barriga en el lavabo para poder arrimarme al espejo, pero me sobra algo de eso que está pegado a los biceps. Siempre lo he dicho, en mi caso, la tableta de chocolate que lucen muchos abdómenes venía derretida, chocolate fondant, puro Plin La Herminia.

Por eso estuvimos reparando y revisando la bicicleta de eme, para traerla a Mérida y dar vueltas por la isla del Guadiana, donde han hecho unos circuitos de tierra para correr o andar en bici, hasta que mi cuerpo serrano recupere algo de lo que perdió. Fue curioso volver a desmontar un freno, a quitar zapatas y tensar cables, fue algo más, fue evocador.

En Gijón, montaba y desmontaba la bicicleta en el último piso del edificio, donde están los cuartos en que se guarda todo aquello que estorba, los trasteros. Allí, en verano, justo después de ver el Tour por la tele, pasaba horas enteras cambiando piezas, afinando otras, reparando averías, pinchazos… Y así mismo me ví en el pueblo de eme, en el primer piso de la casa, sin camiseta, reparando unos frenos imposibles de alinear, ajustando un poco el cambio para que la cadena no saltase entre los radios.

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