Good bye, flickr!

En enero de 2005 me creé una cuenta en flickr.com y comencé a usarla casi compulsivamente. Un par de años después pagué la cuenta Pro y seguí así durante siete años más. Fueron los tiempos previos a (casi todo) instagram, facebook y demás redes y, a mi, me servía como punto de encuentro con fotógrafos (caborian era un lugar mítico a donde sólo accedías cuando ya tenías cierta idea de fotografía). Flickr era, además, el mejor lugar para alojar tus fotos para luego publicarlas en el blog y en el resto de redes porque, entre otras cosas, podías elegir la licencia con que las compartías, si dejarlas para descarga, firma, aplicaciones externas para subir y un largo etcétera.

Después vino el declive. Instagram salió del nicho de iOS y se hizo viral, facebook facilitó la subida de fotos y videos, twitter también y, mientras tanto flickr se marcó un yahoo y se dijo, na, sigo partiendo la pana. Y claro, eso fue el final porque ya no sólo estaba flickr para subir fotos sino que había mil servicios y ni siquiera tenías que crearte un usuario porque seguro que alguno ya estabas usando. Reaccionaron tarde, no supieron verlo e interpretarlo y pensaron que con sacar la opción de subir videos, sobraba. El resto es conocido: mal vendido a yahoo, dando tumbos durante años en decisiones extrañas y erradas, se marcaron un nokia (del todo a la nada absoluta) y ahora, hace un mes, vendido a un fondo de fotografía (yo creo que lo han regalado para quitarselo de encima). Y con el cambio de dueño, cambio de condiciones: se hacen cargo de todas las fotos pasándose la licencia que hayas usado por el forro y te dicen que sigas subiendo más, con una gran sonrisa y fotos chachis.

Pues a mí no me vale, no cuela y me piro. Con gran dolor me largo de flickr con viento fresco. Han sido trece años con altibajos (últimamente todo bajos) donde he aprendido mucho, he disfrutado muchísimo y hasta comencé a organizar photowalks allí. Han sido un montón de años pagando el plan pro, 25 dólares al año y un acceso enorme, y muchos más pululando por los foros, viendo fotografías ajenas y comentándolas y pidiendo permiso para usar fotos en algún proyecto de medio alcance. Todo eso se pierde hoy porque he borrado mi cuenta y he denegado al nuevo propietario el uso de las fotos.

Adiós, flickr y gracias por todos los buenos momentos.

PD para exportar todas las fotos de flickr al ordenador, vete al organizer, selecciona todas las fotos y crea un nuevo álbum con ellas. Vete al álbum y bajo el título hay un botón de descarga que te da un enlace con un comprimido. Puede tardar un montón, según tengas más o menos fotos. De nada.

teatro (y tres)

A diez minutos del estreno, el director le dijo al regidor por el pinganillo que los actores, a escena. El regidor los situó en sus posiciones en los laterales del escenario, en las mangas, en las posiciones desde las que iban a salir a escena. Las mangas están a oscuras, con luces tenúes y bajas y protegidas de las miradas del público por largas telas negras que cuelgan de los peines, de las estructuras que sujetan las luces. A, que estaba situada en la manga izquierda me veía perfectamente dentro de la estructura, con la cara desencajada y a borde del ataque de ansiedad. Me hacía gestos y me mandaba besos que yo no veía porque en su dirección todo era oscuridad y sombras. Al final distinguí parte de su vestuario e intuí lo que hacía y pude responder. Me salió el mismo gesto que cuando sufres un ataque de apendecitis.

Llevaba veinte minutos sentado dentro de la estructura y mi único pensamiento era cómo coño salir de allí sin que se notase. Porque la situación me venía grande, porque sólo quería irme a casa, darme una ducha y dormir tres días seguidos. Porque llevaba sentado en aquella silla una eternidad, con el portátil en las rodillas, inclinado para no tensar los dos cables que lo unían a los proyectores, rodeado de hierros, una botella de agua, el guión, una chaqueta, la maleta del portátil y luchando por respirar despacio. Al circo que me rodeaba había que sumar unos espejos enormes, de más de dos metros de alto, que pusimos para ampliar la señal de los proyectores que era pequeña como un folio. Porque, amigos, el teatro es un lugar fascinante lleno de trampas visuales. Si quería escaquearme sin ser visto tenía que evitar el reflejo de los proyectores, los cables, la estructura metálica y a los actores que estaban en la oscuridad. Como veía que no era posible, me resigné a terminar la función.

Por megafonía, Reyes anunció que comenzaba la función y fundí la imagen a negro, o casi, porque Libreoffice no apaga los proyectores como otro software pensado para esas tareas sino que envía un montón de luz negra y esa , obviamente, se ve cuando la proyectas sobre una tela. El director enloquecía por el pinganillo (maldito invento) y, en mi único acto consciente aquella noche le susurré al micrófono que era eso o quedarse sin proyección. Mensaje captado pero habría que revisar para la siguiente función.

Mi guión, como el libreto de la obra, comienza con un niño que habla de su abuelo. Aquella noche no había niño, ni adolescente, ni nada y en su lugar salió Marta interpretando a una cubana salerosa. Ahí sí que me acojoné del todo. ¿Me habiá equivocado de obra? Si no tenía el guión adecuado, ¿cómo iba a saber cuando meter imágenes? Estaba enfrascado en esos pensamientos derrotistas cuando Marta dijo una frase que yo había leído un instante antes, buscando alguna coincidencia. Volví atrás, localicé la frase, seguí las dos o tres siguientes y respiré. El guión era el bueno. El director, un par de días después de darme el libreto decidió quitar al niño y sustituirlo por la cubana y aviso a todos los implicados. A casi todos.

De la obra poco puedo decir, los nervios, las altas posibilidades de cometer un gambazo enorme y, sobre todo, la presión de que algo tan grande salga mal por mi culpa me pudieron. Encorvado sobre el portátil, con el guión sobre el teclado y alumbrándome para leer con una linterna pequeña y mucho cuidado de no ser visto, me pasé la hora y media larga en tensión. Para que no me durmiese, si eso era posible, me di cuenta de que cada vez que bajaban la plataforma elevadora, media platea me podía ver. No sabía a ciencia cierta si se me veía porque iba de negro pero con una iluminación potente supuse que si y escondía la cara en las sombras que hacían los focos.

Y llegó el final. Sin muro pero con monólogo potente, con todos los actores y actrices en escena, cogidos de la mano frente al público. Como ya no había más imágenes y estaban tapando la estructura, decidí salir de aquella jaula. Apagué los proyectores tirando del cable (si, no es lo mejor si quieres que la lámpara dure), dejé el portátil sobre la silla/potro de tortura, conté hasta tres y pasé delante de un foco que proyectaba una potente luz roja sin importarme un carajo y me pelee con la tela lateral que cubría la estructura. Sandra, de caracterización me vió salir peleandome con todo y con la cara desencajada y me abrazó. Sé que dijo algo pero no pude oirlo, sólo tenía en mente salir del escenario y tumbarme en algún lugar. Había llegado hasta el puesto del regidor para entregar el pinganillo y, de pronto, el actor que estaba agradeciendo a quienes habíamos trabajado en la obra dijo mi nombre. “El guardian del muro y responsable de audiovisuales, Diego”. Y me empujaron al centro del escenario. Y tuve que dar las gracias delante de un montón de gente. Y aplaudí. Y me escabullí en cuanto los focos apuntaron a otro.

Se había acabado y la vuelta a casa fue tranquila, hablando sin nervios, por fin y recordando escenas de la función. No recuerdo apenas nada más de aquella noche, sólo que dormí profundamente y que, tras tres días, descansé.

El domingo fuimos al teatro apenas dos hora antes de que empezase la función. El director y el co-guionista alertaron de los peligros del segundo día, de relajarse y de la autocomplacencia, con todo el mundo en escena, frente a las estructuras. Diez minutos antes de empezar reparé un zapato de tacón con cinta de embalar y un bote de pintura en espray y sujeté un imán de nevera con forma de rana a una camisa con unas bridas de fontanero.

Durante la función, más tranquilo esta vez, hubo un par de errores fruto de la relajación pero salió bastante bien. A mí, los técnicos del teatro me habían puesto una solución para evitar la proyección de luz cuando había que ir a oscuro. Básicamente era una caja de cartón, grande, sujeta al final de una caña de bambú que yo arrastraba hasta tapar completamente la lente del proyector, atrapando la luz y evitando que llegase al espejo y se reflejase en la lona. Baja tecnología al servicio de los agobiados.

En esta segunda ocasión tenía una silla para mi y otra para el portátil, había puesto los cables a los proyectores con mimo para que no sufrieran tirones ni desconexiones (las dos vueltas de cinta americana en cada conexión ayudaba 🙂 ), habían puesto tela negra para ocultarme del público cuando bajase la plataforma elevadora y hasta tenía una vía de escape de la jaula sin tener que pegarme con nada. Un lujo.

Esta vez sí pude disfrutar algo más del ambiente, de los nervios de las personas que salen a escena, algo realmente jodido, y ver el teatro con calma. Ayudé en cuanto pude y vi la cara de A durante la obra y, sobre todo, al terminar. Cuando cayó el telón los actores y actrices se abrazaron en el escenario, se felicitaron y se unieron en una piña. Fue bonito estar allí y ver que el esfuerzo que habían puesto había salido bien.

Como eran casi las diez de la noche y la gente del teatro quería irse a casa (no eran los únicos), recogimos a toda prisa y desmontamos todo el escenario. Me despedí de los técnicos de la casa, del teatro y hasta de las estructuras sabiendo que no volvería a pisar unas bambalinas por muchos bolos que tenga la obra.

Unos días después el director nos convocó a todos para comentar la experiencia y aprender de ella y, tras más de horas escuchando a todo el mundo, me tocó hablar. Comencé dándole las gracias a A por haberme metido en la obra, al director por la experiencia y le agradecía a unas cuantas personas su ayuda y su paciencia con un novato. Después lo solté: dimití de todos mis cargos y obligaciones. Si volvía a un teatro sería para ver la obra cómodamente sentado en el patio de butacas.

El director, sardónico, aceptó mi dimisión con una sonrisa pero al despedirnos me abrazó y me susurró al oído que cuando el teatro te muerde estás perdido y que no aceptaba mi dimisión. Allá él. Tomé la decisión de dimitir el viernes por la noche, cuando no podía dormir abrumado por un montón de obligaciones autoimpuestas y decidí esperar a que todo hubiera acabado para decirlo, a pelear para que todo saliese bien. Me había comprometido en hacer mi parte y haría todo lo necesario para cumplir.

Han pasado dos meses completos desde aquellos días locos y no he cambiado de idea. Puede que el teatro me mordiese pero su veneno no contrarrestó a los nervios, la ansiedad y el trauma de ser el novato y terminar en escena más tiempo que el actor principal. Sí, fue una experiencia enriquecedora que sacó de mi algo que no creía tener, una perseverancia y una voluntad que desconocía pero el precio fue demasiado alto. Y no acepto la excusa de que ahora que ya sé como funciona todo, será más fácil. Tendrán representaciones en varias ciuidades de Andalucía, habrá que montar de nuevo la estructura, las lonas, el muro, preparar iluminación, sonido, audiovisuales, caracterización, vestuario… Habrá que repetirlo todo en cada nuevo teatro y, sí, algunos pasos ya serán repeticiones pero la mayoría me temo que no. Supongo que me lo contará A, si tenía razón o no.

Como les dije a todos en aquella última reunión, me retiro del teatro en lo más alto de mi carrera.

teatro (dos)

Al día siguiente, sábado, día del estreno y del estrés, volvimos a madrugar, recogimos al director y fuimos de cabeza al teatro. Hubo otra reunión de todo el elenco, esta vez en el mismo escenario y ahí me dijo que no habría muro, que había demasiadas cosas pendientes más importantes y que me centrase en ellas. Un día perdido, pensé.

Porque lo que estaba pendiente y corría más prisa era algo que no me había contado hasta el día anterior, cuando me comunicó que las lonas que tapaban la estructura y sobre las que se iba a proyectar, esas lonas que en noviembre me había asegurado que estarían listas mientras daba a enterder que alguien las pondría allí también caían dentro de mis responsabilidades como ayudante de dirección. Cuatro piezas casi cuadradas de dos metros y medio de lado y una quinta estrecha y alargada para cubrir la parte inferior de un elevador. Y corría prisa porque se proyectaría sobre ellas. Y me lo dijo de golpe, sin anestesia, ni nada.

Sin querer darme cuenta de ello había ido dejando de lado el tema de la proyección, agobiado porque no conseguía un programa que funcionase en el ordenador y porque no sabía exactamente cómo hacerle frente al problema. Tenía que proyectar imágenes alternas en las dos estructuras, sobre las telas, por supuesto. Realmente me empecé a acojonar cuando tuve una reunión en casa del director y, nada más entrar, me dió mi guión, una versión última sacada de las galeradas del texto. Después, nos pasamos una hora repasándolo, anotando los cambios de imagen, marcando las palabras exactas donde quería que cambiase las imágenes, la idea que tenía para cada fondo de escena, con mucho detalle y describiendo las transiciones entre imágenes, estructuras y ritmos. Una verdadera pesadilla para un novato.

Tras pasarme un mes peleándome con todo tipo de programas y sistemas operativos, aquella mañana lo volví a aparcar hasta que las lonas estuviesen listas, como no. En algún momento del viernes mi meta y motivación única se convirtió en terminar, al menos, una de las tres tareas principales. Perdía de goleada pero ahí estaba, aguantando el tipo y las ganas de llorar abrazando mis rodillas, acuclillado en una esquina poco transitada.

Las malditas lonas nos llevaron toda la mañana y parte de la tarde. Me ayudaron dos de las actrices (¡gracias, gracias, gracias Omi y Anastasia!) y pudimos terminar con ellas sobre las cinco, a dos horas de que se subiese el telón. No es que fuese ingeniería aeroespacial, sino que las puertas correderas eran unos trastos grandes y poco prácticos que se tenían que montar de uno en uno por falta de sitio. Al parecer, si dejas cosas tiradas temporalmente en el escenario, los actores y actrices se pueden romper la crisma con tanta prueba de luces y tanto ensayo. Detallitos…

Así que allí estaba, a dos horas de levantar el telón, sin haber comido (tuve que ir a casa a por adaptador para uno de los proyectores), muy nervioso pero, al menos, tenía una de las tareas completada. Tocaba ver dónde me colocaba para poder controlar los dos proyectores y poder hacer las trasiciones entre escenas. Mi idea desde el principio había sido colocarme tras las estructuras, escondido en un espacio de metro y medio de ancho que quedaba entre ambas plataformas, perfectamente centrado y a tiro de cable VGA y HDMI de los dos aparatos hacedores de luces. Tenía que controlar dos proyectores con un único portátil y tratar cada una de las pantallas que éstos extendían de forma independiente y me habían dejado dos buenos cacharros Acer, un poco viejos pero con todo tipo de opciones. Parecía factible. Pero no lo era. A media hora de empezar, en pleno ataque de histeria, me dió por dudar de todo y descubrí que el que tenía mando a distancia, el más viejo y con conexión VGA, no le funcionaba y y el que no tenía estaba bloqueado en el puerto VGA y sin posibilidad de cambiarlo. Así que al final, todo por VGA, sin mandos a distancia, imagen en espejo ni botones que controlase nada, como en los viejos tiempos.

Y así llegué a veinte minutos de empezar sin saber cómo iba a proyectar las imágenes. A, que me observaba desde la manga izquierda (el lateral del escenario), me dió ánimos y me recomendó que me centrase en uno sólo de los proyectores, en sacar algo y a mi, en aquel momento, me pareció perfectamente lógico. Más tarde me diría que me vió pálido y camino del ataque de ansiedad e intentó mitigarlo con eso. Tiré de lo conocido, de LibreOffice y me olvidé del proyector izquierdo, poniéndole una imagen fija y preparé unas diapositivas con las imágenes para pasarlas a capón, pulsando con saña la barra espaciadora. El telón se subió diez minutos más tarde por mi culpa, porque tarde nueve en terminar con las diapositivas.

El director, por el pinganillo, recibió mi mensaje de que estaba listo con un gruñido de alivio y dijo que abríamos las puertas del teatro al público. Ya no había más cambios, el estreno empezaba oficialmente. La sala comenzó a llenarse gente, se escuchaban voces y conversaciones. Levanté la vista del portátil y entonces recordé un detalle: desde mi sitio tras las estructuras del escenario uno de los cables no llegaba. La única solución fue colocar una silla dentro de la estructura derecha (desde el público) y controlar el portátil allí sentado.

Así que allí estaba, en el escenario, oculto tras unas lonas, proyectando con un programa ofimático, quince minutos antes de que el primer actor pisase escena. Y allí me iba a quedar hasta que terminase todo. Y estaba muerto de miedo.

teatro (uno)

Sobre mi (breve) aventura en el teatro había empezado a escribir ya pero, releyéndolo, me he dado cuenta que he caído en lo de siempre, en esta forma de relatar lo que pasó tan de informe policial, como la mayoría de documentos que hago en el trabajo. Y no es eso lo que pretendía. Porque fue muy traumático a ratos pero también muy gratificante y enriquecedor y todo ello tenía que verse reflejado. Así que he decidido empezar de nuevo, de otra forma, como por ejemplo contando que todo lo que escribo huele a folio con membrete oficial y suena a carro de Olivetti llegando al final.

La cuestión es que en octubre, A me preguntó si podía ponerme en contacto con el director de la compañía de teatro porque tenía unas dudas sobre teléfonos móviles y cómo llevarlos a escena y yo, obviamente, le dije que si, que me llamase cuando quisiera. No hizo falta esperar junto al teléfono porque nos vimos un tiempo después, a la salida de los ensayos y me hizo varias preguntas rápidas y planteó algunas cuestiones que me dejaron pensando. Mi primer contacto con el mundo del teatro se saldó con la sensación de que el director sabe lo que quiere poner en escena e involucra a todo el mundo que necesita para lograrlo y yo me había subido al carro con gusto. Al parecer, me plantean un desafío y me arremango a la tarea. Quedé en darle una solución a sus dudas en breve y me puse a ello.

Era octubre y la obra se estrenaba en el puente de la Constitución, a primeros de diciembre por lo que había mucho que hacer y poco tiempo y yo, sin darme cuenta, me vi envuelto en todo el proceso porque a las primeras preguntas le siguieron otras y luego, en una reunión informal tomando unas cervezas, salieron las primeras peticiones. Por el camino pasé de ser asesor tecnológico de la obra a ser ayudante de producción. Y, ¡qué coño!, me encantaba el título. Total, sólo tenía que construir un muro de dos metros de alto por cinco de largo, de poliespán. Y un iPhone de un metro y medio de alto. Y hacer un programa para mezclar números de teléfono de forma aleatoria. Y enviar llamadas en directo a los teléfonos de los actores que estaban sobre el escenario, actuando. Y proyectar imágenes sobre las dos partes de la plataforma que ocuparía todo el escenario, de forma sincronizada. Y… y… y…

Como en las mejores comedias de situación todas las tareas pendientes se iban estirando y postergando hasta el desenlace final, esos cinco días de diciembre que ya en noviembre prometían ser largos. Propuse dos o tres formas de construir el muro, busqué materiales, calculé gastos y me preocupé por la logística de cortar y transportar un montón de bloques de poliespán evitando que se convirtiesen en un montón de nieve artificial. En algún momento de mediados de noviembre dejé de tener que preocuparme por el móvil gigante porque se lo encargaron a otra persona pero, a cambio, el muro sufrió recortes de presupuesto y cambios en el material: del poliespán cambiamos al cartón, más parecido a los ladrillos que pedía el director y más fáciles de apilar (o eso creía). Y los programas para proyectar imágenes o vídeos usando un par de proyectores seguían sin caerle bien al Windows de mi portátil. Uno tras otro los instalaba y veía como fallaban.

Y así, sin darnos cuenta, llegó la primera semana de diciembre.

Entré en el teatro por primera vez el jueves por la tarde, cuando aún no se había montado la estructura del escenario. Aquella tarde hubo poco que hacer, andábamos todos un poco perdidos, y la dediqué a hacer batidas en busca de cajas de cartón para construir un muro cada vez más alto. Me fui con la sensación de que haría falta otro mes para prepararlo todo.

El viernes, fiesta, recogimos al director y fuimos al teatro muy temprano. Nada más llegar, reunión, arenga sobre lo bien que iba a salir todo y división de tareas. Como guardián del muro y lord Commander me asignaron a dos personas para construirlo y una de ellas, actor, se tuvo que ir a los quince minutos. Pero no pasa nada, entre José Luis y yo podemos, me dije.

Hacer diez metros cuadrados de muro con cajas de diferentes tamaños, desmontadas y con el tiempo en contra es una putada de categoría. Si, además, te das cuenta que tú obra tiene que montarse en el escenario, prácticamente sin luz y en tres minutos por gente que no nos vio montarlo, la presión sanguínea se te dispara. Nos llevó muchas horas de ensayo y error pero al final encontré un método para montarlo cumpliendo con todas las premisas. Una vez hecho el muro y comprobada su estabilidad unimos algunas cajas en grupos para hacer que hubiese el mismo número de bloques en cada fila (divide y vencerás), que luego etiquetamos siempre en la esquina izquierda de la misma cara del bloque, la que quedaba mirando al frente. La solución gustó a todos pero nos consumió casi todo el día y aún quedaba pintar las parte que daban al público.

Esa noche nos fuimos a casa muy callados y en el coche solo se escuchaba al director, enviando mensajes de audio con instrucciones, peticiones y agradecimientos. Yo sabia que de tres tareas solo había hecho el ochenta por ciento de una. El sábado, día del estreno, prometía.