photowalk por Ikea Sevilla

Un día Ikea Sevilla te envía un mensaje porque han visto el grupo de fotografía y les ha gustado mucho y para, según sus propias palabras, organizar algo juntos y a ti se te hace la boca agua. ¿Quién no quiere plantarse en una de sus tiendas y liarse a hacer fotos como un poseso? Yo, lo tengo muy claro, quería.

Tras un mes y medio de emails y reuniones llegó el día y pudimos pasar una hora y cuarto haciendo fotos por uno de los espacios privados más visitados de Sevilla (yo, por lo menos, voy una vez al mes :-D). El resumen de esa jornada lo ha escrito A muy bien en la web de phwk.

Por mi parte, hice 170 fotografías de las que quedaron 110 tras la criba inicial y mi selección final fue de 75, el máximo permitido. Nada más terminar me di cuenta de que había quedado muy contento con las fotos que había sacado, en general. La impresión de una salida fotográfica es como la de los exámenes, siempre estás aceptablemente contento excepto cuando ha sido un desastre manifiesto y luego, cuando ves el resultado de verdad, las fotos en el ordenador o el examen corregido, te das cuenta de que ha sido terrible. En esta ocasión, ver y procesar las fotos en el ordenador sirvió para convencerme de que había sido un gran día. Aquí pongo cuatro de las cinco mejores fotos porque la quinta es la que, espero, se verá en la exposición de Ikea.

Photowalk por Ikea
Photowalk por Ikea
Photowalk por Ikea
Photowalk por Ikea

01111 (quince)

Los 10 de mayo este blog cumple años y en esta ocasión es un número redondo, quince años.

Supongo que sólo queda desear otros 15+15+15 por delante. Para evitar la tentación de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, nada mejor que recordar de dónde venimos: alquilando que es gerundio.

¡Feliz cumpleaños, mono loco!

me pide

No recuerdo exactamente qué estábamos haciendo pero no hiciste algo que te dije que hicieras y, al insistir te enfadaste y me llamaste tonta a gritos. No es extraño, a esta edad, que te pilles rebotes de pronto y sin venir a cuento que duran unos minutos. No es extraño y no pasa nada pero no puedo dejar que me llames tonto o tonta sin más, así que te dije que me pidieras perdón por ello.

Con los niños, contigo, crees tener la situación bajo cierto control y sueñas con que se desarrolle de una forma en que ambos aprendamos y, al final, te das cuenta que no eran más que sueños. Ahí estaba yo, serio y esperando a que me pidieras perdón para seguir haciendo cosas y tu, más serio aún, supongo que evaluando la manera de llevarlo todo a tu terreno. ¡Y qué bien te salió, carajo!

Con tu voz grave, hablando alto y claro nos soltaste un “¿me pide, me peldona?” que me hizo aguantar el gesto hasta decirte que si, que te perdonaba pero que no debías llamar tonta a nadie, darte un beso y ver como ibas a jugar. Después, A y yo nos empezamos a reír a carcajadas durante un buen rato mientras nos mirabas extrañado. Estoy completamente seguro que pensabas que nos falta una garcillada para el kilo.

Feña

Feña ha muerto hoy, esta mañana, después de tres días en que su cuerpecito de apenas dos kilos se ha deteriorado muy rápidamente. Ayer al mediodía A le dio un baño y al ver cómo estaba de delgada supo que había alcanzado el límite que nos fijamos para evitarle sufrimiento. La duquesa de Yorkshire ha pasado su último día en casa, calentita y cómoda en su cuchita mientras al resto de habitantes del piso se nos hacía un nudo en el estómago y nos íbamos despidiendo de ella. Ser consciente de que haces algo con alguien por última vez es desolador. Sacarla a pasear para que haga sus cosas, ponerle comida en el cuenco e intentar que coma algo, darte cuenta que ya no se restriega con fuerza contra su cama cuando la acuestas, rascándose y contorsionándose y que no hace falta que esperes a que se acomode para taparla con la manta que A le hizo… En las últimas veinticuatro horas he perdido la cuenta de todas las últimas cosas que he hecho con y para ella, en un intento de recordarlas luego, de capturar sensaciones, sentimientos y hasta olores, todo para no dejar que se diluyan en la memoria.

Nos conocimos hace dos años justos y A ya empezó advirtíendome que estaba prácticamente desahuciada, que apenas veía ni escuchaba nada y que no ladraba, sino que estornudaba. En este tiempo se ha ganado a todos cuantos nos hemos cruzado con ella, sin excepción. Yo caí rendido a las primeras de cambio y pasé de tener asco por recoger sus mierdas a sacarla en cualquier momento del día sin dudar, sólo con que se acercase dos veces. Áramo, el gato-pantera, intentó convencerla para que jugase con él muchas, muchísimas veces y, a pesar de las negativas de la duquesa, siempre ha mostrado una deferencia muy fuerte hacia ella, tanto que hoy se acercó dos veces para olerla antes de que nos fuésemos al veterinario y él no es de los que se arriman cuando te vas. Hasta Hugo aprendió a respetarla primero, acaricíandole el pirri con cuidado, esquivándola al correr y tratando de no golpearla con pelotas o coches y a imitarla después, haciendo su característico estornudo. Nunca una masa de menos de dos kilos me ha impactado tanto y tan fuerte, causando tanto dolor al irse.

Hoy ha sido un día muy duro que, consecuentemente, ha amanecido frío y lluvioso porque nadie debería llevar a sus mascotas al veterinario para dormirlas en un bonito y soleado día de primavera. Nos hemos despedido de ella, la hemos acariciado mientras le aplicaban la eutanasia y hemos llorado como pocas veces hasta quedarnos exhaustos y abotargados. En nuestra última conversación a solas, ya en el veterinario, le dije que estuviera tranquila que a partir de ahora yo cuidaré de A y de toda la familia y que la echaremos mucho de menos. Pienso cumplir con mi palabra.

Adiós pequeña.

Feña facts

  • le ha hecho el favor de su vida a Jordi Hurtado: porque a sus 16 años, 8 meses y 18 días sólo podía quedar uno de los dos. Como bien dijo Andy, «tenemos que empezar a pensar en qué mundo les vamos a dejar a Feña y a Jordi Hurtado».
  • era cabezona: no veía y no oía y, cuando intentabas apurarla para que cruzase un paso de peatones antes de que el coche de turno nos convirtiese en papilla, entonces, decidía que no tenía prisa y bajaba el culo para ir más despacio. Tú nunca marcabas la velocidad del paseo, para eso estaba ella.
  • era Súper Feña: uno de sus últimos abrigos para el invierno tenía un enganche para la correa en el lomo y, cuando se iba de expedición por el salón y había que volver a colocarla en su cama, la cogíamos del enganche y la elevábamos un poco hasta la cama. Empezamos a acompañar al gesto con la voz «¡Súper Feña al rescate!» una vez que Hugo nos vio hacerlo y, desde ese momento, el niño lo repetía de continuo.
  • se creía inmortal: y, con lo cabezona que era, se ha muerto porque ha querido. Y dile tú que no…
  • era persistente e inasequible al desaliento: no se rendía cuando quería algo, ya fuese comida, salir o dormir e insistía, con caras dulces de perrita abandonada bajo la lluvia o a ladridos, hasta que lo obtenía. La parte negativa de esto es que parece haber enseñado a Áramo el camino de la persistencia y sus bondades.
  • era la perra guardián más fiera y protectora del continente: porque un día, cuando vivíamos en una casa de dos plantas y dormíamos en plantas diferentes, se dió cuenta de que con estornudar no nos enterábamos y así, sin más, decidió volver a ladrar a todo pulmón para hacernos saber sus deseos y/o necesidades. Y le funcionó estupendamente. Cuando nos mudamos al piso no consideró volver a los susurrantes estornudos y, a veces, se quedaba de pie a dos centímetros de la pared y ladrando con todas sus fuerzas. Decíamos que sus finísimos sentidos habían captado algo y nos estaba protegiendo de los malos, amenzándoles si entraban en el piso con toda clase de dolor y sufrimiento.
  • tenía unas caderas de titanio: por las noches paseábamos a Feña por la manzana y, como la tontería es como es, me inventé el cuento de que el movimiento de sus caderas de titanio (nunca operadas), causaban sensación en un portal web de citas para mascotas de cierta edad, MaturePuppets.com. No sé cómo, de ahí llegamos a que se entendía muy bien con cierto dogo al que conoció en la web y con el que se dejaban mensajes de orina en las paredes del barrio. Al final, salíamos a pasear con ella para que «leyese el whatsapp del dogo». Literal.