bigaros y sidra

Hay un proverbio chino dice que debes tener cuidado con lo que deseas, porque se puede convertir en realidad y es cierto, triste y cierto. eme no lo sabía, pero las visitas a la tierrina van ligadas a la comida, la sidra, los cacharros (el que no sepa que es un cacharro, a tirar de google), la familia y lo amigos. Y de todos, los peores son los últimos, pero en un sentido ámplio y cariñoso.

Decía Raul Julia en Tequila Conexion (hoy estoy sembrado) que uno no puede elegir a la familia, simplemente nace con unos padres y unos tios, hermanos, etcétera y que lo único que uno puede elegir son los amigos. El paraiso son los amigos.

En mi caso es cierto y el folixeru se encargó de dejarlo claro. Llegamos el sábado y de cabeza a Casa Colo y de domingo, la Pola, una de las siete Polas que hay en España y la única que se pone a muerte los domingos. eme todavía no da crédito.

Desgraciadamente, con otros amigos no he podido pasar tanto tiempo por muy diversos motivos, una vez más. Lo siento mucho y sólo me queda esperar que estarán ahí dentro de un par de meses, tiempo máximo que mamá soporta mi ausencia del seno materno. Al finalizar el primer mes me llama y me dice que ya hace mucho tiempo que no paseo mi cuerpo por su vera y entonces comienza a sonar un tic-tac en alguna parte de mi cabeza. Indica que me queda un mes para volver al Principado y que no hay manera de escaquearse. En dos años y pico fuera de casa no he estado lejos de casa más de ese tiempo.

Antes de salir de Mérida ya sabía que tenía ganas de comer bígaros. Los habíamos probado la última vez que eme viajó al norte, al gran norte y desde hace un par de meses, quizá tres, folixeru se homenajea un par de veces a la semana con unos bígaros regados con sidra. Lo peor es que lo cuenta y a mí me crecen unos dientes de seiscientos kilómetros de largo. Esta semana pasada me limé los dientes contra el filo de un alfiler y me llené el paladar de tapas de bígaros mientras jugaba a ser dartacan con su espada. Delicioso.

La vuelta ha sido diferente, casi triste y es que tenía la impresión de ir barriendo según avanzábamos por la carretera. Me bebía los árboles, los montes, las montañas y hasta partes enteras del horizonte. Al final, he dejado media Asturias en blanco y negro para teñirme los ojos de verde, el verde necesario para estar un par de meses más en esta tierra extrema y dura. Al llegar a las nueve de la noche, nos esperaban treinta grados como treinta soles y nadie parecía notarlos; la gente por la calle llevaba chaquetas y zapatos y parecía Sibería. Por suerte, me traje fotos para pasar la morriña.

lluvia sobre gijón

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