el hábito y el monje

En mi empresa se están haciendo unas cuantas pruebas de selección de personal y todos los días viene algún candidato (género neutro, admisible por igual para ambos sexos) a realizar la consabida entrevista de trabajo y, sinceramente, me lo paso estupendamente. Todavía recuerdo las impresiones que tuve el día en que pasé por la antigua oficina, trajeado, con el chaquetón mojado porque era noviembre y llovía y con las ganas al cien por cien, viendo a un montón de gente hablando de servidores caidos y con ganas de arremangarme y echar una mano.

Reconozco que, en esta profesión, como en otras muchas, dominar el arte de las entrevistas, la elaboración artesanal de los currículums y las cuatro aptitudes mínimas necesarias para optar a cualquier puesto, es un punto importante a favor, pero en nuestro caso es más. Nosotros somos raros y tenemos que vencer una imagen preconcebida.

La sociedad suele ver al informático/a medio como un ser antisocial, introvertido y extraño, aficionado a todo lo que sea de culto, eternamente conectado a Internet, con camisetas de Iron Maiden, que habla con acrónimos y que, seguramente, juega al rol y tiene una colección de katanas que ya quisiera Chuck Norris. Para comprobarlo sólo hay que preguntar a dos madres, una de un informatico/a y otra de, pongamos como ejemplo, un médico, a qué se dedican sus hijos. Mi madre tiró la toalla hace ya muchos años y su hijo, simplemente, es informático.

Al final uno es, ante todo, comercial de sí mismo y por eso me sigue resultando extraño que, de todos los candidatos que he visto, ninguno (aplicable a ambos sexos, otra vez) vista de traje o, cuando menos, de corbata y chaqueta. Que sí, que ya sé que ahí afuera hay treinta grados, pero coño, un trabajo bien lo vale. Las entrevistas se componen de cinco o seis minutos en que tienes que demostrar que estás más preparado, que tienes más fuerza y ganas que el resto de candidatos y ahí no hay lugar para errores. Todavía recuerdo horrorizado la breve época en que yo fui el entrevistador y se me presentó un tipo con la camiseta de Metallica, los pantalones rotos y la melena de Tina Turner a ocupar un puesto de programador web. Por si no fuese poco, se dormía entre pregunta y pregunta y se mostraba bastante espeso y parco al responder. Todo un hallazgo.

También me acuerdo de un par entrevistas a las que fuí en las que se quedaban paralizados al ver una corbata en el cuello de un friki, linuxero y que se llama a sí mismo administrador de sistemas. Hay personas que no están preparadas para ver ese tipo de cosas. Y recuerdo a Cásper, el tipo que me trajo de Asturias a Badajoz, que decía que yo era una bola de pelo que sólo atendía peticiones si venían desde una pantalla y que nunca tendría novia porque no hablaba con humanos. Por mucho que queramos evitarlo, la gente sigue viéndonos como el informático de Periodistas que, de cada cuatro palabras, una era bacapear.

Nota: Nunca tendrás una segunda oportunidad de causar una primera buena impresión.

Comparte este/a entrada