flores

Cuando tienes catorce años y eres tímido y callado, una de tus peores pesadillas es verte en mitad de un autobús lleno de gente, llevando un ramo de flores. No recuerdo para quien eran, el trauma aún me dura estos días, puede que para Rosa, mi dentista, pero si recuerdo que fue mi madre quien las compró y quien me encargó la delicada misión de transportarlas por todo Gijón en una tarde lluviosa. Sé que tardé más de la cuenta en salir a la calle, tenía pánico a encontrarme con algún conocido y tener que justificar el ramo, enorme e inabarcable, imposible de esconder o de guardar en una bolsa. Esperé hasta saber que debía correr para no perder el autobús y salí trotando, con el ramo boca abajo y sin mirar a nadie. En el autobús, me senté solo y sin mirar a nadie, con el ramo medio escondido por la ropa, ausente para no despertar miradas, respirando despacio, pensando en cualquier cosa que no tuviese que ver con flores, ramos ni nada parecido.

De todo eso me acordaba ayer, mientras intentaba meter en el maletero de la moto un lilio de casi un metro, frente a una parada de autobús. Ni un psicólogo me salva ya…

flores

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