Recapitulando

Decía el gran Sabina en “con la frente marchita” que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió y, precisamente por eso, vuelvo bastante cansado de Asturias, con la sensación de no haber dejado nada por hacer.

Han sido, como no podía ser de otra manera, las vacaciones de la comida y los atragantones, de los quilos de langostinos, del cordero al horno, del pescado también al horno sobre una cama de patatas y cebolla, de los polvorones y turrones, de las peladillas rellenas de turrón y de un larguísimo etcétera. Creo que la única fruta que he comido conscientemente han sido doce uvas que andaban perdidas en nochevieja.

También han sido días de largas noches e insomnio en garitos pequeños y atestados de gente, hablando a gritos y pegando botes en un intento de hacer como que bailas, respirando algo parecido al aire, pero con más alquitrán que la carretera Colloto y ejecutando rituales de grupo tan viejos como la movida.

Lamentablemente no he podido ver a unas cuantas personas, ni tan siquiera para tomar un café y eso es lo que más pesa en este balance de vacaciones. Otras actividades lúdicas, como el esquí, han compensado y, sinceramente, me hacía demasiada falta esquiar. Es uno de los pocos vicios confesables que tengo y cada vez cuesta más renunciar a él (se parece, en ese aspecto, a la lectura).

¿Y todo este rollo para qué? No tengo ni idea, sólo me apetecía contarlo.

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