El sueño del mono loco Saliva, cinismo, locura, deseo…
Old Cars in HDR, by Craig ONeal (https://flickr.com/photos/craigoneal/2305677763/)

compañeros eternos

Cuando yo era pequeño, allá por los ochenta, los coches ocupaban un espacio muy importante en el imaginario colectivo, casi a la misma altura que la televisión. Había uno por familia y era considerado un miembro más, uno útil porque llevaba y traía al resto de miembros allá donde hiciera falta. Eran máquinas potentes y ruidosas que se cuidaban y mantenían con mimo. Entonces, la familia se llenaba con nombres exóticos, muchas veces abreviados: Mini Cooper, el mini; Renault 5, el R5; Renault 19, el 19; Renault 6, el R6…

Como somos monitos de repetición un día comienzas a hacer lo que hace tu padre (conducían los padres con honrosísimas excepciones) mientras conduce: metes una primera velocidad imaginaria, ensayas tu juego de pies entre acelerador y freno, controlas el tráfico en los cruces con un espejo que sólo tu ves… Si tenías suerte (yo la tuve) un día tu padre te sienta en su regazo y te deja “conducir” el R5, es decir, girar el volante a la salida de un centro comercial cuando el parking está vacío. Ya eres un conductor.

Con los dieciocho recién cumplidos me saqué el carné y mi madre, que conducía el mítico R5 desde que mis padres compraron el 19, me dejaba su coche cuando ella no lo usaba. El coche, entonces, pasa de animal mitológico como los trenes de Sabina a compañero de aventuras. El mundo se estrecha porque tu amigo te lleva donde quieras y haciendo kilómetros se forja una relación nueva, estrecha, eterna. No eres una persona con coche, eres una persona con un compañero que se cuidan mutuamente y ese vínculo perdura.

El tiempo, implacable, alcanza a todos incluso a los miembros metálicos de tu familia y un día descubres con estupor que tu padre no es infalible como siempre lo habías visto, que tu madre no puede con todo como siempre había hecho o que tu compi tiene problemas de motor. Y ves que la jubilación de los coches no es dorada y en Benidorm sino marrón óxido en un desguace. Sin darte cuenta comienzas a despedirte de él siendo consciente de que eso que acabas de hacer será, muy probablemente, la última vez que lo hagáis juntos. Y elaboras una lista de cosas por hacer antes de, que es muy larga porque no quieres despedirte definitivamente y por eso la estiras. El último viaje a Oviedo, la última subida a la Campa Torres, la última visita a Deva, al monte Areo, a la avenida del Cuervo…

Esas listas nunca son eternas, nunca duran lo que necesitamos, siempre se quedan cortas y llega el día que tienes que llevar a tu amigo, a tu compañero de aventuras, al desguace. No quieres hacerlo pero sabes que tienes que ser tú quien lo haga, se lo debes porque él ha hecho muchas cosas por ti y es lo mínimo. Nunca se abandona a un amigo.

De aquel último fin de semana con el R5 recuerdo pocas cosas, en flashes, como las fotos que le hice derrochando un carrete de 24 fotos, el trayecto hasta Cañamina, lloviendo por fuera y por dentro o los últimos minutos y el adiós. La vuelta a casa, en el 19, la hice en silencio. Acababa de llevar a un amigo al matadero y hacerlo eterno.

Hace semana y media, hablando con mi padre me dijo que acababa de volver del último viaje del 19. No añadió mucho más porque no hacía falta. Tengo la certeza de que ambos sabíamos lo que implicaba, lo que había costado decidirlo y hacerlo, lo largos que se vuelven esos minutos. Cortamos la llamada instantes después porque ninguno teníamos nada más que añadir, como aquella noche de invierno de 1995.

Otro miembro de la familia había entrado en la eternidad.