sueños

730 entradas

Feña

Feña ha muerto hoy, esta mañana, después de tres días en que su cuerpecito de apenas dos kilos se ha deteriorado muy rápidamente. Ayer al mediodía A le dio un baño y al ver cómo estaba de delgada supo que había alcanzado el límite que nos fijamos para evitarle sufrimiento. La duquesa de Yorkshire ha pasado su último día en casa, calentita y cómoda en su cuchita mientras al resto de habitantes del piso se nos hacía un nudo en el estómago y nos íbamos despidiendo de ella. Ser consciente de que haces algo con alguien por última vez es desolador. Sacarla a pasear para que haga sus cosas, ponerle comida en el cuenco e intentar que coma algo, darte cuenta que ya no se restriega con fuerza contra su cama cuando la acuestas, rascándose y contorsionándose y que no hace falta que esperes a que se acomode para taparla con la manta que A le hizo… En las últimas veinticuatro horas he perdido la cuenta de todas las últimas cosas que he hecho con y para ella, en un intento de recordarlas luego, de capturar sensaciones, sentimientos y hasta olores, todo para no dejar que se diluyan en la memoria.

Nos conocimos hace dos años justos y A ya empezó advirtíendome que estaba prácticamente desahuciada, que apenas veía ni escuchaba nada y que no ladraba, sino que estornudaba. En este tiempo se ha ganado a todos cuantos nos hemos cruzado con ella, sin excepción. Yo caí rendido a las primeras de cambio y pasé de tener asco por recoger sus mierdas a sacarla en cualquier momento del día sin dudar, sólo con que se acercase dos veces. Áramo, el gato-pantera, intentó convencerla para que jugase con él muchas, muchísimas veces y, a pesar de las negativas de la duquesa, siempre ha mostrado una deferencia muy fuerte hacia ella, tanto que hoy se acercó dos veces para olerla antes de que nos fuésemos al veterinario y él no es de los que se arriman cuando te vas. Hasta Hugo aprendió a respetarla primero, acaricíandole el pirri con cuidado, esquivándola al correr y tratando de no golpearla con pelotas o coches y a imitarla después, haciendo su característico estornudo. Nunca una masa de menos de dos kilos me ha impactado tanto y tan fuerte, causando tanto dolor al irse.

Hoy ha sido un día muy duro que, consecuentemente, ha amanecido frío y lluvioso porque nadie debería llevar a sus mascotas al veterinario para dormirlas en un bonito y soleado día de primavera. Nos hemos despedido de ella, la hemos acariciado mientras le aplicaban la eutanasia y hemos llorado como pocas veces hasta quedarnos exhaustos y abotargados. En nuestra última conversación a solas, ya en el veterinario, le dije que estuviera tranquila que a partir de ahora yo cuidaré de A y de toda la familia y que la echaremos mucho de menos. Pienso cumplir con mi palabra.

Adiós pequeña.

Feña facts

  • le ha hecho el favor de su vida a Jordi Hurtado: porque a sus 16 años, 8 meses y 18 días sólo podía quedar uno de los dos. Como bien dijo Andy, «tenemos que empezar a pensar en qué mundo les vamos a dejar a Feña y a Jordi Hurtado».
  • era cabezona: no veía y no oía y, cuando intentabas apurarla para que cruzase un paso de peatones antes de que el coche de turno nos convirtiese en papilla, entonces, decidía que no tenía prisa y bajaba el culo para ir más despacio. Tú nunca marcabas la velocidad del paseo, para eso estaba ella.
  • era Súper Feña: uno de sus últimos abrigos para el invierno tenía un enganche para la correa en el lomo y, cuando se iba de expedición por el salón y había que volver a colocarla en su cama, la cogíamos del enganche y la elevábamos un poco hasta la cama. Empezamos a acompañar al gesto con la voz «¡Súper Feña al rescate!» una vez que Hugo nos vio hacerlo y, desde ese momento, el niño lo repetía de continuo.
  • se creía inmortal: y, con lo cabezona que era, se ha muerto porque ha querido. Y dile tú que no…
  • era persistente e inasequible al desaliento: no se rendía cuando quería algo, ya fuese comida, salir o dormir e insistía, con caras dulces de perrita abandonada bajo la lluvia o a ladridos, hasta que lo obtenía. La parte negativa de esto es que parece haber enseñado a Áramo el camino de la persistencia y sus bondades.
  • era la perra guardián más fiera y protectora del continente: porque un día, cuando vivíamos en una casa de dos plantas y dormíamos en plantas diferentes, se dió cuenta de que con estornudar no nos enterábamos y así, sin más, decidió volver a ladrar a todo pulmón para hacernos saber sus deseos y/o necesidades. Y le funcionó estupendamente. Cuando nos mudamos al piso no consideró volver a los susurrantes estornudos y, a veces, se quedaba de pie a dos centímetros de la pared y ladrando con todas sus fuerzas. Decíamos que sus finísimos sentidos habían captado algo y nos estaba protegiendo de los malos, amenzándoles si entraban en el piso con toda clase de dolor y sufrimiento.
  • tenía unas caderas de titanio: por las noches paseábamos a Feña por la manzana y, como la tontería es como es, me inventé el cuento de que el movimiento de sus caderas de titanio (nunca operadas), causaban sensación en un portal web de citas para mascotas de cierta edad, MaturePuppets.com. No sé cómo, de ahí llegamos a que se entendía muy bien con cierto dogo al que conoció en la web y con el que se dejaban mensajes de orina en las paredes del barrio. Al final, salíamos a pasear con ella para que «leyese el whatsapp del dogo». Literal.

mi güelu facía cayaos

Mi abuelo, que se llamaba Miguel, nos invitaba a toda la familia a comer el día de su santo, el 29 de septiembre. Recuerdo que íbamos a verlos (a él y a mi abuela) al puesto de bastones en el mercado de San Miguel, en Gijón y que nos compraban avellanas a los nietos. Recuerdo los haces de bastones puestos de pie, que todavía olían a barniz y pintura, con sus colores brillantes y los alambres manteniendo la forma de la empuñadura. Son unos bonitos recuerdos, entrañables, filtrados por la luz de Gijón en septiembre.

Hace unos meses estaba buscando una idea para el siguiente tatuaje y quería algo simbólico que me llevase hasta la tierrina. Estuve barajando unas pocas ideas pero ninguna me convencía especialmente. Fue durante el mes de agosto porque fuimos a Gijón y, al entrar en la que era mi habitación y que ahora es la del ordenador (manda huevos…), vi uno de los bastones de mi abuelo colgando del mueble. En ese momento supe que ya tenía tatuaje y que me llevaría a la tierrina, a la infancia y a la familia de un vistazo.

Como era una idea demasiado personal, demasiado mía, me encargué del diseño por lo que la tatuadora (¡un saludo Aurora!) no tuvo más que seguir los trazos. Y, a pesar de haber hecho un dibujo decente en mi vida, me enorgullece decir que este me ha salido muy bien.

Ahora, cada vez que me preguntan por el tatuaje digo que mi abuelo era artesano, que hacía bastones y que llevo su diseño, su marca, bajo la piel. Y no hay mejor día para contarlo que un 29 de septiembre, aunque esté lejos de Gijón.

nómadas

Para poder traerte a Sevilla los fines de semana que pasamos juntos en vez de estar vagando por Mérida como nómadas, haciendo más ricos a AirBnb, hizo falta cambiar una letra en un documento oficial que parece que está hecho de piedra. Una ele pasó a ser una ene, un julio se convirtió en junio. Y así, corrigiendo un error tipográfico que saltaba a la vista con una lectura ligera de la sentencia, este fin de semana pasado pudimos traerte a Sevilla por primera vez.

El resto de la historia en el blog de hache.

teatro (y tres)

A diez minutos del estreno, el director le dijo al regidor por el pinganillo que los actores, a escena. El regidor los situó en sus posiciones en los laterales del escenario, en las mangas, en las posiciones desde las que iban a salir a escena. Las mangas están a oscuras, con luces tenúes y bajas y protegidas de las miradas del público por largas telas negras que cuelgan de los peines, de las estructuras que sujetan las luces. A, que estaba situada en la manga izquierda me veía perfectamente dentro de la estructura, con la cara desencajada y a borde del ataque de ansiedad. Me hacía gestos y me mandaba besos que yo no veía porque en su dirección todo era oscuridad y sombras. Al final distinguí parte de su vestuario e intuí lo que hacía y pude responder. Me salió el mismo gesto que cuando sufres un ataque de apendecitis.

Llevaba veinte minutos sentado dentro de la estructura y mi único pensamiento era cómo coño salir de allí sin que se notase. Porque la situación me venía grande, porque sólo quería irme a casa, darme una ducha y dormir tres días seguidos. Porque llevaba sentado en aquella silla una eternidad, con el portátil en las rodillas, inclinado para no tensar los dos cables que lo unían a los proyectores, rodeado de hierros, una botella de agua, el guión, una chaqueta, la maleta del portátil y luchando por respirar despacio. Al circo que me rodeaba había que sumar unos espejos enormes, de más de dos metros de alto, que pusimos para ampliar la señal de los proyectores que era pequeña como un folio. Porque, amigos, el teatro es un lugar fascinante lleno de trampas visuales. Si quería escaquearme sin ser visto tenía que evitar el reflejo de los proyectores, los cables, la estructura metálica y a los actores que estaban en la oscuridad. Como veía que no era posible, me resigné a terminar la función.

Por megafonía, Reyes anunció que comenzaba la función y fundí la imagen a negro, o casi, porque Libreoffice no apaga los proyectores como otro software pensado para esas tareas sino que envía un montón de luz negra y esa , obviamente, se ve cuando la proyectas sobre una tela. El director enloquecía por el pinganillo (maldito invento) y, en mi único acto consciente aquella noche le susurré al micrófono que era eso o quedarse sin proyección. Mensaje captado pero habría que revisar para la siguiente función.

Mi guión, como el libreto de la obra, comienza con un niño que habla de su abuelo. Aquella noche no había niño, ni adolescente, ni nada y en su lugar salió Marta interpretando a una cubana salerosa. Ahí sí que me acojoné del todo. ¿Me habiá equivocado de obra? Si no tenía el guión adecuado, ¿cómo iba a saber cuando meter imágenes? Estaba enfrascado en esos pensamientos derrotistas cuando Marta dijo una frase que yo había leído un instante antes, buscando alguna coincidencia. Volví atrás, localicé la frase, seguí las dos o tres siguientes y respiré. El guión era el bueno. El director, un par de días después de darme el libreto decidió quitar al niño y sustituirlo por la cubana y aviso a todos los implicados. A casi todos.

De la obra poco puedo decir, los nervios, las altas posibilidades de cometer un gambazo enorme y, sobre todo, la presión de que algo tan grande salga mal por mi culpa me pudieron. Encorvado sobre el portátil, con el guión sobre el teclado y alumbrándome para leer con una linterna pequeña y mucho cuidado de no ser visto, me pasé la hora y media larga en tensión. Para que no me durmiese, si eso era posible, me di cuenta de que cada vez que bajaban la plataforma elevadora, media platea me podía ver. No sabía a ciencia cierta si se me veía porque iba de negro pero con una iluminación potente supuse que si y escondía la cara en las sombras que hacían los focos.

Y llegó el final. Sin muro pero con monólogo potente, con todos los actores y actrices en escena, cogidos de la mano frente al público. Como ya no había más imágenes y estaban tapando la estructura, decidí salir de aquella jaula. Apagué los proyectores tirando del cable (si, no es lo mejor si quieres que la lámpara dure), dejé el portátil sobre la silla/potro de tortura, conté hasta tres y pasé delante de un foco que proyectaba una potente luz roja sin importarme un carajo y me pelee con la tela lateral que cubría la estructura. Sandra, de caracterización me vió salir peleandome con todo y con la cara desencajada y me abrazó. Sé que dijo algo pero no pude oirlo, sólo tenía en mente salir del escenario y tumbarme en algún lugar. Había llegado hasta el puesto del regidor para entregar el pinganillo y, de pronto, el actor que estaba agradeciendo a quienes habíamos trabajado en la obra dijo mi nombre. “El guardian del muro y responsable de audiovisuales, Diego”. Y me empujaron al centro del escenario. Y tuve que dar las gracias delante de un montón de gente. Y aplaudí. Y me escabullí en cuanto los focos apuntaron a otro.

Se había acabado y la vuelta a casa fue tranquila, hablando sin nervios, por fin y recordando escenas de la función. No recuerdo apenas nada más de aquella noche, sólo que dormí profundamente y que, tras tres días, descansé.

El domingo fuimos al teatro apenas dos hora antes de que empezase la función. El director y el co-guionista alertaron de los peligros del segundo día, de relajarse y de la autocomplacencia, con todo el mundo en escena, frente a las estructuras. Diez minutos antes de empezar reparé un zapato de tacón con cinta de embalar y un bote de pintura en espray y sujeté un imán de nevera con forma de rana a una camisa con unas bridas de fontanero.

Durante la función, más tranquilo esta vez, hubo un par de errores fruto de la relajación pero salió bastante bien. A mí, los técnicos del teatro me habían puesto una solución para evitar la proyección de luz cuando había que ir a oscuro. Básicamente era una caja de cartón, grande, sujeta al final de una caña de bambú que yo arrastraba hasta tapar completamente la lente del proyector, atrapando la luz y evitando que llegase al espejo y se reflejase en la lona. Baja tecnología al servicio de los agobiados.

En esta segunda ocasión tenía una silla para mi y otra para el portátil, había puesto los cables a los proyectores con mimo para que no sufrieran tirones ni desconexiones (las dos vueltas de cinta americana en cada conexión ayudaba 🙂 ), habían puesto tela negra para ocultarme del público cuando bajase la plataforma elevadora y hasta tenía una vía de escape de la jaula sin tener que pegarme con nada. Un lujo.

Esta vez sí pude disfrutar algo más del ambiente, de los nervios de las personas que salen a escena, algo realmente jodido, y ver el teatro con calma. Ayudé en cuanto pude y vi la cara de A durante la obra y, sobre todo, al terminar. Cuando cayó el telón los actores y actrices se abrazaron en el escenario, se felicitaron y se unieron en una piña. Fue bonito estar allí y ver que el esfuerzo que habían puesto había salido bien.

Como eran casi las diez de la noche y la gente del teatro quería irse a casa (no eran los únicos), recogimos a toda prisa y desmontamos todo el escenario. Me despedí de los técnicos de la casa, del teatro y hasta de las estructuras sabiendo que no volvería a pisar unas bambalinas por muchos bolos que tenga la obra.

Unos días después el director nos convocó a todos para comentar la experiencia y aprender de ella y, tras más de dos horas escuchando a todo el mundo, me tocó hablar. Comencé dándole las gracias a A por haberme metido en la obra, al director por la experiencia y le agradecía a unas cuantas personas su ayuda y su paciencia con un novato. Después lo solté: dimitía de todos mis cargos y obligaciones. Si volvía a un teatro sería para ver la obra cómodamente sentado en el patio de butacas.

El director, sardónico, aceptó mi dimisión con una sonrisa pero al despedirnos me abrazó y me susurró al oído que cuando el teatro te muerde estás perdido y que no aceptaba mi dimisión. Allá él. Tomé la decisión de dimitir el viernes por la noche, cuando no podía dormir abrumado por un montón de obligaciones autoimpuestas y decidí esperar a que todo hubiera acabado para decirlo, a pelear para que todo saliese bien. Me había comprometido en hacer mi parte y haría todo lo necesario para cumplir.

Han pasado dos meses completos desde aquellos días locos y no he cambiado de idea. Puede que el teatro me mordiese pero su veneno no contrarrestó a los nervios, la ansiedad y el trauma de ser el novato y permanecer en escena más tiempo que el actor principal. Sí, fue una experiencia enriquecedora que sacó de mi algo que no creía tener, una perseverancia y una voluntad que desconocía pero el precio fue demasiado alto. Y no acepto la excusa de que ahora que ya sé como funciona todo, será más fácil. Tendrán representaciones en varias ciuidades de Andalucía, habrá que montar de nuevo la estructura, las lonas, el muro, preparar iluminación, sonido, audiovisuales, caracterización, vestuario… Habrá que repetirlo todo en cada nuevo teatro y, sí, algunos pasos ya serán repeticiones pero la mayoría me temo que no. Supongo que me lo contará A, si tenía razón o no.

Como les dije a todos en aquella última reunión, me retiro del teatro en lo más alto de mi carrera.