vivencias

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la intrahistoria de podcastzero

Hace casi una década dabo me propuso embarcarme en uno de los proyectos más bonitos, divertidos y con más reconocimiento en que me he metido nunca, su podcast. De aquella experiencia que duró unos años (de hecho todavía deshojamos cada cierto tiempo la margarita de la vuelta a los micros) aprendí muchísimo, conocí a grandes personas y abrió un camino en mi interior que no creía tener, el de la comunicación.

Dicho de esta forma parece que haya descubierto mi vocación tardía, el periodismo y no es así. Simplemente descubrí que puedo pasar un buen rato hablando con amigos delante de un micrófono, sabiendo que habrá unas cuantas personas más que lo escucharán y a quienes les gustará. Y eso, para alguien que no sacaba la cabeza de los libros o las pantallas, fue una agradable sorpresa.

Hace unos meses, tomando unas cañas con A y con un buen amigo, surgió una idea para hacer un podcast que, poco a poco, fuimos afinando con más cervezas y unas tapas. De aquella tarde salió un nombre y un juego al que nos íbamos a someter los tres para contarlo en el podcast. Al cabo de unos días grabamos el primer episodio y, como no nos gustó el resultado, quedamos para repetirlo antes del verano. Por esas cosas que pasan todos los veranos, no llegamos a grabar nada más y aquel podcast fue una gran idea que, sencillamente, no prosperó.

Hace un mes, en otra tarde de tapas y cañas con un buen par de amigos, salió de nuevo la idea de grabar un podcast entre los cuatro, con otra temática y otras características. Quedamos el último viernes de septiembre para reunirnos en torno a la misma mesa y grabarlo, discutimos un montón de temas que podíamos tratar, elegimos los del primer episodio y, cuando llegó ese viernes, grabamos. Luego tocó editarlo y fue A, nuestra experta en edición de audio, quien se dió una panzada con audacity para que quedase lo mejor posible. Después volvimos a discutir acerca de cómo y dónde ponerlo en internet. Y, por fin, el lunes pasado ,a eso de las diez de la noche, lo publicamos con mucho orgullo y alguna fanfarria.

Leyendo esto se podría pensar que hacer un podcast es cosa de una noche de cañas y un puñado de buenos amigos y, aunque esta parte es necesaria, no lo es todo. Además de una idea que merezca la pena (hay millones de podcast y nadie quiere ser una gota más en el océano), es importante aportar algo, por poco que sea, y que haya buenas vibraciones entre todos. Pocas cosas peores que escuchar un ladrillo de una hora con todas las voces monocordes. Aún así, merece la pena, aprendes un montón de cosas, aprendes a hablar para que se te entiendan, yo no sabía cómo hablaba hasta que me escuché en el primer podcast de dabo y me morí de vergüenza ajena, aprendes a procesar audio, a construir una web donde alojarlo, sobre los RSS y un montón más de cosas. Pero, sobre todo, compartes un buen rato con amigos, hablando de temas que te interesan y escuchando otros puntos de vista que siempre enriquece. Y todo ello, acodados en una mesa pequeña, como de un bar, con unas cervezas y justo antes de las tapas. ¿Qué más se puede pedir?

Nuestro podcast se llama Podcast Zero y hablamos para las ciudadanas cero, para aquellas personas cuyos conocimientos técnicos los lleva a perderse en algunas conversaciones llenas de siglas y acrónimos. Desmenuzamos noticias tecnológicas para que pierdan su complejidad y hablamos de temas actuales e importantes como la seguridad (no sólo en la web, en el móvil y con todos los dispositivos que nos rodean), la privacidad o la defensa de la anonimicidad hoy en día.

En el primer episodio, cero: ¡hola mundo!, hablamos de Amazon y su subida de precio en Prime, el cotilla de Facebook que todo lo quiere saber, Google Chrome y su intento de saltarse el derecho a la privacidad de sus usuarios, el nuevo editor de WordPress, Gutemberg, y terminamos hablando de software libre y software propietario.

Espero que guste, al menos, tanto como nos gusta reunirnos y grabarlo. Por nuestra parte ya estamos preparando el episodio uno.

teatro (y tres)

A diez minutos del estreno, el director le dijo al regidor por el pinganillo que los actores, a escena. El regidor los situó en sus posiciones en los laterales del escenario, en las mangas, en las posiciones desde las que iban a salir a escena. Las mangas están a oscuras, con luces tenúes y bajas y protegidas de las miradas del público por largas telas negras que cuelgan de los peines, de las estructuras que sujetan las luces. A, que estaba situada en la manga izquierda me veía perfectamente dentro de la estructura, con la cara desencajada y a borde del ataque de ansiedad. Me hacía gestos y me mandaba besos que yo no veía porque en su dirección todo era oscuridad y sombras. Al final distinguí parte de su vestuario e intuí lo que hacía y pude responder. Me salió el mismo gesto que cuando sufres un ataque de apendecitis.

Llevaba veinte minutos sentado dentro de la estructura y mi único pensamiento era cómo coño salir de allí sin que se notase. Porque la situación me venía grande, porque sólo quería irme a casa, darme una ducha y dormir tres días seguidos. Porque llevaba sentado en aquella silla una eternidad, con el portátil en las rodillas, inclinado para no tensar los dos cables que lo unían a los proyectores, rodeado de hierros, una botella de agua, el guión, una chaqueta, la maleta del portátil y luchando por respirar despacio. Al circo que me rodeaba había que sumar unos espejos enormes, de más de dos metros de alto, que pusimos para ampliar la señal de los proyectores que era pequeña como un folio. Porque, amigos, el teatro es un lugar fascinante lleno de trampas visuales. Si quería escaquearme sin ser visto tenía que evitar el reflejo de los proyectores, los cables, la estructura metálica y a los actores que estaban en la oscuridad. Como veía que no era posible, me resigné a terminar la función.

Por megafonía, Reyes anunció que comenzaba la función y fundí la imagen a negro, o casi, porque Libreoffice no apaga los proyectores como otro software pensado para esas tareas sino que envía un montón de luz negra y esa , obviamente, se ve cuando la proyectas sobre una tela. El director enloquecía por el pinganillo (maldito invento) y, en mi único acto consciente aquella noche le susurré al micrófono que era eso o quedarse sin proyección. Mensaje captado pero habría que revisar para la siguiente función.

Mi guión, como el libreto de la obra, comienza con un niño que habla de su abuelo. Aquella noche no había niño, ni adolescente, ni nada y en su lugar salió Marta interpretando a una cubana salerosa. Ahí sí que me acojoné del todo. ¿Me habiá equivocado de obra? Si no tenía el guión adecuado, ¿cómo iba a saber cuando meter imágenes? Estaba enfrascado en esos pensamientos derrotistas cuando Marta dijo una frase que yo había leído un instante antes, buscando alguna coincidencia. Volví atrás, localicé la frase, seguí las dos o tres siguientes y respiré. El guión era el bueno. El director, un par de días después de darme el libreto decidió quitar al niño y sustituirlo por la cubana y aviso a todos los implicados. A casi todos.

De la obra poco puedo decir, los nervios, las altas posibilidades de cometer un gambazo enorme y, sobre todo, la presión de que algo tan grande salga mal por mi culpa me pudieron. Encorvado sobre el portátil, con el guión sobre el teclado y alumbrándome para leer con una linterna pequeña y mucho cuidado de no ser visto, me pasé la hora y media larga en tensión. Para que no me durmiese, si eso era posible, me di cuenta de que cada vez que bajaban la plataforma elevadora, media platea me podía ver. No sabía a ciencia cierta si se me veía porque iba de negro pero con una iluminación potente supuse que si y escondía la cara en las sombras que hacían los focos.

Y llegó el final. Sin muro pero con monólogo potente, con todos los actores y actrices en escena, cogidos de la mano frente al público. Como ya no había más imágenes y estaban tapando la estructura, decidí salir de aquella jaula. Apagué los proyectores tirando del cable (si, no es lo mejor si quieres que la lámpara dure), dejé el portátil sobre la silla/potro de tortura, conté hasta tres y pasé delante de un foco que proyectaba una potente luz roja sin importarme un carajo y me pelee con la tela lateral que cubría la estructura. Sandra, de caracterización me vió salir peleandome con todo y con la cara desencajada y me abrazó. Sé que dijo algo pero no pude oirlo, sólo tenía en mente salir del escenario y tumbarme en algún lugar. Había llegado hasta el puesto del regidor para entregar el pinganillo y, de pronto, el actor que estaba agradeciendo a quienes habíamos trabajado en la obra dijo mi nombre. “El guardian del muro y responsable de audiovisuales, Diego”. Y me empujaron al centro del escenario. Y tuve que dar las gracias delante de un montón de gente. Y aplaudí. Y me escabullí en cuanto los focos apuntaron a otro.

Se había acabado y la vuelta a casa fue tranquila, hablando sin nervios, por fin y recordando escenas de la función. No recuerdo apenas nada más de aquella noche, sólo que dormí profundamente y que, tras tres días, descansé.

El domingo fuimos al teatro apenas dos hora antes de que empezase la función. El director y el co-guionista alertaron de los peligros del segundo día, de relajarse y de la autocomplacencia, con todo el mundo en escena, frente a las estructuras. Diez minutos antes de empezar reparé un zapato de tacón con cinta de embalar y un bote de pintura en espray y sujeté un imán de nevera con forma de rana a una camisa con unas bridas de fontanero.

Durante la función, más tranquilo esta vez, hubo un par de errores fruto de la relajación pero salió bastante bien. A mí, los técnicos del teatro me habían puesto una solución para evitar la proyección de luz cuando había que ir a oscuro. Básicamente era una caja de cartón, grande, sujeta al final de una caña de bambú que yo arrastraba hasta tapar completamente la lente del proyector, atrapando la luz y evitando que llegase al espejo y se reflejase en la lona. Baja tecnología al servicio de los agobiados.

En esta segunda ocasión tenía una silla para mi y otra para el portátil, había puesto los cables a los proyectores con mimo para que no sufrieran tirones ni desconexiones (las dos vueltas de cinta americana en cada conexión ayudaba 🙂 ), habían puesto tela negra para ocultarme del público cuando bajase la plataforma elevadora y hasta tenía una vía de escape de la jaula sin tener que pegarme con nada. Un lujo.

Esta vez sí pude disfrutar algo más del ambiente, de los nervios de las personas que salen a escena, algo realmente jodido, y ver el teatro con calma. Ayudé en cuanto pude y vi la cara de A durante la obra y, sobre todo, al terminar. Cuando cayó el telón los actores y actrices se abrazaron en el escenario, se felicitaron y se unieron en una piña. Fue bonito estar allí y ver que el esfuerzo que habían puesto había salido bien.

Como eran casi las diez de la noche y la gente del teatro quería irse a casa (no eran los únicos), recogimos a toda prisa y desmontamos todo el escenario. Me despedí de los técnicos de la casa, del teatro y hasta de las estructuras sabiendo que no volvería a pisar unas bambalinas por muchos bolos que tenga la obra.

Unos días después el director nos convocó a todos para comentar la experiencia y aprender de ella y, tras más de dos horas escuchando a todo el mundo, me tocó hablar. Comencé dándole las gracias a A por haberme metido en la obra, al director por la experiencia y le agradecía a unas cuantas personas su ayuda y su paciencia con un novato. Después lo solté: dimitía de todos mis cargos y obligaciones. Si volvía a un teatro sería para ver la obra cómodamente sentado en el patio de butacas.

El director, sardónico, aceptó mi dimisión con una sonrisa pero al despedirnos me abrazó y me susurró al oído que cuando el teatro te muerde estás perdido y que no aceptaba mi dimisión. Allá él. Tomé la decisión de dimitir el viernes por la noche, cuando no podía dormir abrumado por un montón de obligaciones autoimpuestas y decidí esperar a que todo hubiera acabado para decirlo, a pelear para que todo saliese bien. Me había comprometido en hacer mi parte y haría todo lo necesario para cumplir.

Han pasado dos meses completos desde aquellos días locos y no he cambiado de idea. Puede que el teatro me mordiese pero su veneno no contrarrestó a los nervios, la ansiedad y el trauma de ser el novato y permanecer en escena más tiempo que el actor principal. Sí, fue una experiencia enriquecedora que sacó de mi algo que no creía tener, una perseverancia y una voluntad que desconocía pero el precio fue demasiado alto. Y no acepto la excusa de que ahora que ya sé como funciona todo, será más fácil. Tendrán representaciones en varias ciuidades de Andalucía, habrá que montar de nuevo la estructura, las lonas, el muro, preparar iluminación, sonido, audiovisuales, caracterización, vestuario… Habrá que repetirlo todo en cada nuevo teatro y, sí, algunos pasos ya serán repeticiones pero la mayoría me temo que no. Supongo que me lo contará A, si tenía razón o no.

Como les dije a todos en aquella última reunión, me retiro del teatro en lo más alto de mi carrera.