fireman (una de bomberos)

Ha vuelto a suceder, he tenido otra regresión al pasado y ha sido como antaño, he terminado con la sensación del deber cumplido y ese regusto amargo al fondo de la lengua, el sabor del gilipollas. Sólo hay una cosa peor que salir de hacer dos exámenes de inglés con una temperatura media de 34 grados en un aula atestada con treinta personas y es tener que trabajar después.

El examen fue bien, lo esperado. Salí convencido de haber hecho una buena prueba. Me dan un par de textos en inglés y una lista de preguntas y me sobra un rato para responder. Lo peor fue, sin duda, el calor. Me bloquea y me amarga, me pone nervioso y dudo de mis propias dudas. Además, como uno es un poco “especial” y sólo uso bolis chulos o plumas (para escribir), me encontré con la desagradabele sorpresa de que el Waterman pierde tracción a más de treinta grados y tuve que hacer fuerza para sujetarlo, con lo que terminé forzando el brazo derecho y medio manco.

Pero esto no acaba hasta que canta la gorda… Salía contento y buscando compañeros con los que rememorar los mejores momentos del exámen y con los que tomar una cervecita que andaba pendiente, cuando me entero de que tengo que pasar por el curro e irme de paseo a un bonito pueblo a media hora de Mérida. Como las buenas noticias no viajan solas y yo tampoco, tendría la alegre compañía de un par de consultores, esa raza aparte, ese 60% de cliente, 30% de papeleo y 10% de conocimientos.

Como mi suerte sigue siendo manca, coja y un poco revirada, el viaje lo patrocinó Murphy, ese grandísimo personaje. Nada más llegar y ver, vencer. Tras cinco inmensos minutos en los que hice todo lo que había que hacer, es decir, crear media docena de ficheros y directorios en todos los equipos, finalicé mi jornada laboral extendida con una mueca de Su turno, Sr. Consultor. El resto de la hora y tres cuartos que estuvimos allí fue porque alguien había decidido cambiar las direcciones de todos los servidores y no había manera de comprobar el trabajo.

Finalmente, a eso de las diez menos cuarto aparecí por casa, maldiciendo en euskera y sabiendo de donde provenía ese extraño sabor amargo y con un retrogusto dulce.

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