papel mojado

Dos meses y diecisiete días llevamos eme y yo esperando por un papel, un documento oficial, con el membrete de la junta de Extremadura, con el nombre de unas personas que conocí un día y con el mío propio y con los datos de una vivienda, que espero siga en el mismo sitio. Casi dos meses y tres semanas para que alguien, un señor funcionario con bigote y corbata o quizá una señora funcionaria con su collar de perlas y su sonrisa dura, a medias entre una mueca de dolor y un espasmo, un funcionario o funcionaria, decía, que firme el maldito papel, que anule el derecho de tanteo y retracto que tiene la Junta con todas las viviendas de protección oficial, para que dentro de un año no nos digan que nos echan.

En una sociedad increiblemente burocratizada como la extremeña (una de cada dos personas quiere ser o es funcionario y la otra aspira a llevar café por los pasillos, con su bata azul oscuro de bedel, según mis propias encuestas) donde hay dos funcionarios por cada lápiz, no me creo que se pueda tardar tanto en firmar un legajo que, para más sorna, alguien ya ha cumplimentado. Sólo debe comprobar que quien vende el piso es quien lo tiene en propiedad y que el piso sigue allí, en el tercero y ¡para algo están las bases de datos!

Me he prometido ser paciente, entrar en la rueda y aguantar cuando toque estar cabeza abajo, ser fuerte, tratar de no dejar que el desánimo me guíe pero todo tiene un límite y cuando hace mes y pico que ya debería estar viviendo en otro lugar y veo en el salón de mi actual vivienda, amontonadas en un rincón, docena y media de cajas que están listas para ser trasladas, sinceramente, me olvido de todas mis promesas y buenos hábitos y dispongo a todos los santos en fila india y los hago desfilar. Por aquí también son muy de procesiones y domingos santos, de borriquillas y pasos de la última cena y nadie se extrañará de ver santos de procesión.

El día que las viviendas estén a un precio digno, no abusivo, que comprarse un lugar donde crecer no sea una utopía, estoy seguro, completamente seguro, de que toparemos con la burocracia, las ventanillas únicas y los vuelva usted mañana que es la hora del café. Y, si ese día está lejano, más lejano está mi papel, un miserable DIN A-4 con mi nombre, el de unas personas que no conozco y los datos de un piso, un tercero… ¿Lo ha visto usted por ahí? ¿Puede firmarlo? ¿Le presto mi boli?

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