poseídos

Uno de mis cuñados se ha comprado un tándem. Más concretamente se ha comprado dos y uno lo ha traído al pueblo de nuestras mujeres y claro, hemos tenido que usarlo. Cada vez que nos juntamos, lo hacemos vestidos de deportistas de élite, con cascos, guantes y todo el equipamiento pertinente. Y entonces, como si estuvieramos poseídos por el espíritu del barón de Coubertain, nos lanzamos por pistas y caminos, buscando la mejor trazada.

Nuestra bicicleta, conocida como caballo de hierro, es un artefacto rodante, probablemente de la primera serie que se construyó que pesa casi treinta kilos, sin contar a los ocupantes y es tan cómoda como una laparoscopia. Pero nos encanta. Porque todo es un reto con ella. Moverla, en una soleada mañana de agosto en Extremadura es duro y terminas pensando que todo se conjura en tu contra.

Porque, por muchos años que hayas pasado pedaleando en una bicicleta, un tándem no tiene mucho que ver. Si, es el producto de juntar dos bicis y el principio por el que se mueve es el mismo, pero poco más. Para montar en este trasto he tenido que aprender unas cuantas cosas y olvidar otro puñado de ellas.

Para empezar, no dispones de tantos cambios como en una bicicleta de montaña porque uno de los platos lo ocupa el mecanismo que une los pedales.Además, que dos personas pedaleen al unísono no significa el doble de potencia, sino el doble de sincronización. No puedes dejar de pedalear sin decírselo a tu compañero, ni parar, ni arrancar. Y, por supuesto, tampoco puedes levantarte sobre el manillar y menear la bicicleta de lado para coger un poco más de impulso, a no ser que quieras terminar en una zanja.

Pero, con todo, cada salida está resultando divertida y me está permitiendo recuperar viejas costumbres y sensaciones que casi había olvidado.

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