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poseídos

Uno de mis cuñados se ha comprado un tándem. Más concretamente se ha comprado dos y uno lo ha traído al pueblo de nuestras mujeres y claro, hemos tenido que usarlo. Cada vez que nos juntamos, lo hacemos vestidos de deportistas de élite, con cascos, guantes y todo el equipamiento pertinente. Y entonces, como si estuvieramos poseídos por el espíritu del barón de Coubertain, nos lanzamos por pistas y caminos, buscando la mejor trazada.

Nuestra bicicleta, conocida como caballo de hierro, es un artefacto rodante, probablemente de la primera serie que se construyó que pesa casi treinta kilos, sin contar a los ocupantes y es tan cómoda como una laparoscopia. Pero nos encanta. Porque todo es un reto con ella. Moverla, en una soleada mañana de agosto en Extremadura es duro y terminas pensando que todo se conjura en tu contra.

Porque, por muchos años que hayas pasado pedaleando en una bicicleta, un tándem no tiene mucho que ver. Si, es el producto de juntar dos bicis y el principio por el que se mueve es el mismo, pero poco más. Para montar en este trasto he tenido que aprender unas cuantas cosas y olvidar otro puñado de ellas.

Para empezar, no dispones de tantos cambios como en una bicicleta de montaña porque uno de los platos lo ocupa el mecanismo que une los pedales.Además, que dos personas pedaleen al unísono no significa el doble de potencia, sino el doble de sincronización. No puedes dejar de pedalear sin decírselo a tu compañero, ni parar, ni arrancar. Y, por supuesto, tampoco puedes levantarte sobre el manillar y menear la bicicleta de lado para coger un poco más de impulso, a no ser que quieras terminar en una zanja.

Pero, con todo, cada salida está resultando divertida y me está permitiendo recuperar viejas costumbres y sensaciones que casi había olvidado.

X

Estaba metiendo en cajas las cosas que creía importantes y, viendo la congoja de mi madre, intenté tranquilizarla diciéndole «tranquila, que en un año o dos estaré otra vez por aquí». Al día siguiente, lunes, cargué el coche con mi maleta azul, indo y dos cajas de folios llenas de libros, apuntes y cacharros y emprendí rumbo al sur, a un sitio desconocido y donde no tenía amigos: Badajoz.

Hoy, 2 de junio de 2013 hace diez años de aquel viaje y sigo en Extremadura.

Han pasado muchas cosas en estos diez años, buenas, malas y de las otras pero todavía no me he cansado completamente. Tengo la enorme fortuna de haberme cruzado desde el primer día con alguien, eme, a quien cayó bien aquel chiflado que venía del frío y lluvioso norte y con quien ha podido crear una familia. Porque aunque suene raro, lo que nosotros tenemos es un núcleo familiar que está compuesto de dos bípedos, tres plantas y un pitufo vaquero de plástico. Y a mantener ese núcleo familiar dedicamos todos nuestro esfuerzos.

Si que noto que la edad y la distancia hacen mella en el ánimo pero, a estas alturas, mi meta está en seguir celebrando segundos de junio mucho tiempo. Aunque no termine de amoldarme del todo a este duro clima que convierte la provincia en un desierto seco y amarillo nueve meses al año.

fotografía — VI Photowalk Mérida

El pasado sábado celebramos el sexto photowalk por Mérida y todo salió estupendamente. No llovió, vino bastante gente, se hicieron muchas fotos y, al final, hasta nos dio tiempo para tomar una cerveza y comentar las mejores jugadas de la velada.

Había, para la caminata, dos objetivos a fotografiar: grafittis y relojes. De los primeros, lamentablemente, hay muchos ejemplos por todo Mérida, demasiados en mi opinión. ÿoños, politizados y con errores ortográficos, no pasamos más de quince metros sin ver pintadas, incluso en el casco histórico. Relojes, salvo los pocos que llevábamos encima, hubo muchos menos. Para el concurso a la mejor foto de cada objetivo, concurso simple y no competitivo destinado a a forzarnos a pensar antes de disparar, voy a presentar dos de las fotos que aparecen abajo, la primera, KCB y la del reloj de sol en plena noche.

En lo personal estoy contento con el photowalk porque retomar una actividad así, tras el parón veraniego, no es fácil y la gente ha respondido y porque me sirvió para pulir ciertas técnicas y algunas malas costumbres, como los picados invertidos por real decreto.

Algunas de las fotos que salieron ese día:

KCB

los tirantes del puente Lusitania, contra la hora azul

(A)

grafittis y cervezas

foto de grupo (casi completo)

reloj de sol inútil (blanco y negro)

reloj del ayuntamiento con fuente (blanco y negro)

Sandra buscando la foto ganadora (blanco y negro)

cinco grafittis y un reflejo

El resto de mis fotos, a continuación.

Bonus: para ver las fotos del resto de participantes, sólo hay que pasarse por el grupo Photowalk Mérida.

fotografía — la luna llena desde el castillo de Alange, pintando con luz

A finales de agosto, coincidiendo con la luna llena, me llamó Jesús para ver si quería sacar fotos por el castillo de Alange, su pueblo, en plena noche. Yo, que soy muy complicado de convencer (y prácticamente nada irónico), acepté y preparé todo el equipo: botas de monte, cámara, trípode y una linterna de LEDs para evitar despeñarme.

Al final, el grupo lo integramos media docena de personas y nos dedicamos a sacar fotos de Alange, el embalse y la luna llena, en diferentes combinaciones.

Luego, más tranquilos tras un rato sacando fotos, nos dedicamos a jugar con las largas exposiciones y las linternas, a pintar con luz.

En esta última foto estuve pintando con la linterna el muro que tenía enfrente mientras estaba el obturador abierto, por lo que el efecto es el mismo que si le hubiese dado la luz de la luna. También es, casualidades de la vida, mi foto favorita de la jornada.

Todas las fotos, aquí: