X

Estaba metiendo en cajas las cosas que creía importantes y, viendo la congoja de mi madre, intenté tranquilizarla diciéndole «tranquila, que en un año o dos estaré otra vez por aquí». Al día siguiente, lunes, cargué el coche con mi maleta azul, indo y dos cajas de folios llenas de libros, apuntes y cacharros y emprendí rumbo al sur, a un sitio desconocido y donde no tenía amigos: Badajoz.

Hoy, 2 de junio de 2013 hace diez años de aquel viaje y sigo en Extremadura.

Han pasado muchas cosas en estos diez años, buenas, malas y de las otras pero todavía no me he cansado completamente. Tengo la enorme fortuna de haberme cruzado desde el primer día con alguien, eme, a quien cayó bien aquel chiflado que venía del frío y lluvioso norte y con quien ha podido crear una familia. Porque aunque suene raro, lo que nosotros tenemos es un núcleo familiar que está compuesto de dos bípedos, tres plantas y un pitufo vaquero de plástico. Y a mantener ese núcleo familiar dedicamos todos nuestro esfuerzos.

Si que noto que la edad y la distancia hacen mella en el ánimo pero, a estas alturas, mi meta está en seguir celebrando segundos de junio mucho tiempo. Aunque no termine de amoldarme del todo a este duro clima que convierte la provincia en un desierto seco y amarillo nueve meses al año.

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