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Estaba metiendo en cajas las cosas que creía importantes y, viendo la congoja de mi madre, intenté tranquilizarla diciéndole «tranquila, que en un año o dos estaré otra vez por aquí». Al día siguiente, lunes, cargué el coche con mi maleta azul, indo y dos cajas de folios llenas de libros, apuntes y cacharros y emprendí rumbo al sur, a un sitio desconocido y donde no tenía amigos: Badajoz.

Hoy, 2 de junio de 2013 hace diez años de aquel viaje y sigo en Extremadura.

Han pasado muchas cosas en estos diez años, buenas, malas y de las otras pero todavía no me he cansado completamente. Tengo la enorme fortuna de haberme cruzado desde el primer día con alguien, eme, a quien cayó bien aquel chiflado que venía del frío y lluvioso norte y con quien ha podido crear una familia. Porque aunque suene raro, lo que nosotros tenemos es un núcleo familiar que está compuesto de dos bípedos, tres plantas y un pitufo vaquero de plástico. Y a mantener ese núcleo familiar dedicamos todos nuestro esfuerzos.

Si que noto que la edad y la distancia hacen mella en el ánimo pero, a estas alturas, mi meta está en seguir celebrando segundos de junio mucho tiempo. Aunque no termine de amoldarme del todo a este duro clima que convierte la provincia en un desierto seco y amarillo nueve meses al año.

nombrando servidores

–¿Cómo llamarías a un servidor que está situado en Infiesto?
–Buena pregunta–, respondí.

Entonces recordé la última vez que estuve allí, tomando unas sidras con él, hablando de nuestras cosas y de trabajo, sobre todo de trabajo. Más atrás en el tiempo, rememoré un puñado de excursiones con los amigos, algunas al monte, otras gastronómicas, siempre entre risas y sidras.

Mucho más atrás, en una era de la que ya no queda ni rastro, me vi junto a güelito en el puesto de bastones, compartiendo un paquete de avellanas crudas y otro asadas con el hermanín. Un mano a mano frenético que terminó con las bolsas en minutos. Fue durante un Festival de la Avellana, a mediados de los ochenta.

–Ablana.
–¿Qué?
–Tu servidor. Se llamará ablana.
–Y encima hacemos patria. Me gusta.

fotografía — vacaciones (Gijón, Euskadi y Haro)

Una docena de días dan para mucho, si se aprovechan bien. Además, empleamos los primeros días en estar con la familia y amigos (con todos no se pudo y bien que lo siento), malcriar a nuestro sobrino favorito y recuperar mucho tiempo perdido. El resto de días los pasamos en Euskadi, moviéndonos según nos apetecía y sin perdonar un sólo pintxo.

Durante los seis primeros días en Gijón no utilicé la cámara réflex en ningún momento y sólo utilicé el móvil, con todo lo bueno y malo que eso tiene. Por ejemplo, evito cargar la cámara a todas partes y también exponerla a entornos hostiles como la playa pero, por contra, el móvil es menos versátil que la réflex y sus fotos no tienen tanta calidad, aunque sean más fáciles de procesar gracias a las famosas aplicaciones de filtros. Por otra parte, el móvil siempre lo llevo encima y es más rápido de preparar a la hora de hacer fotos sobre la marcha, como la de güelita montada en un columpio.

La güela montando en el columpio...

Además, con la aplicación de los filtros y el desenfoque se pueden hacer cosas interesantes y divertidas en un momento.

Photo

Pero, al final, esta cabra siempre tira al monte y termina usando la réflex con cierta sensación de ansiedad, buscando las opciones que da y suspirando por tener más opciones que el móvil.

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Todas las fotos, el set completo, se puede ver aquí:

Y, para finalizar, una nota para eme: suéltate el pelo y empieza a hacer fotos, que se te muy bien. ¡Hasta me sacas decentemente guapo! 🙂

la melancolía de folixeru

ayer me llamó folixeru (tendrás cien años y seguiré llamándote así :)), tarde ya y según sus propias palabras, en pleno ataque de melancolía. Por una casualidad pasó cerca de donde trabajábamos y se decidió a parar y echar un vistazo. Y, claro, lo que vio fue desalentador y deprimente.

Lo que un día fue un impresionante lugar donde crear y desarrollar ideas se ha convertido en una franquicia más de una de esas fábricas de software. De aquel proyecto y de otros cuantos más, ya sólo quedan los edificios centenarios de Duro Felguera, el refrigerador pintado a colores y algunos logos sobre algún cartel viejo. El resto, incluidos los muebles y las plantas decorativas, han desaparecido y, en su lugar, hay nuevos carteles, más grandes, luciendo el logotipo y el pomposo nombre en inglés de la multinacional del software, que ha ido ocupando todo el espacio.

Que nadie me malinterprete, no estoy contra esa corporación ni ninguna otra, simplemente me uno a la melancolía de folixeru al ver que aquello en lo una vez estuvimos involucrados tan profundamente ya no está. Y era esa añoranza la que anoche se iba formando entre dos tipos que hablaban por teléfono de tiempos pasados.

Cuando hace casi una década supe que venía a Extremadura a trabajar mi primera parada en el viaje de vuelta a Asturias fueron esas oficinas, hoy vacías y el domingo previo a mi marcha me pasé la tarde allí, recogiendo cosas y sacando algunas fotos. Supongo que me resulta complicado entender que de aquello sólo quedan viejos ladrillos. Sé, no hace falta suponer, que esta semana, cuando vuelva a viajar hacia la tierrina intentaré hacer una pequeña parada al pie del refrigerador más colorido del mundo, sólo por el placer de devolverle la llamada a folixeru y compartir su melancolía.

fotografía — Batallando en la piscina de bolas

batallando

No hay nada como llevar a un crío pequeño a una feria para personajes (me gusta más que personitas) para morirte un poco de envidia, porque no te dejan jugar a tí, principalmente.

Estas pasadas fiestas, en Gijón, fuimos un par de veces a la PequeFeria y hasta hicimos un amago de pagar en euros en vez de en tiquets, para que nos dejasen meternos en alguna de aquellas atracciones a los adultos. Bolas gigantes de plástico sobre piscinas, piscinas de bolas, camas elásticas… ¡y nosotros sin poder jugar! Y con mi sobrino apareciendo y desapareciendo entre bloques de gomaespuma, en la piscina de bolas.

fotografía — el muro de San Lorenzo

Panorámica de la playa de San Lorenzo

Finalmente han quitado la grúa que afeaba el skyline de la playa de San Lorenzo de Gijón y puedo volver a sacar fotos a una de las estampas más características de la ciudad. No las he contado pero creo que es la foto más repetida en mi colección y como todavía no me he cansado, algo me dice que irá para largo.