familia

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la estirpe de los Martínez

Hace años, cuando estaba leyendo «El viento de la luna» de Antonio Muñoz Molina, me llamo la atención que reclamase más gestos de cariño entre un padre y su hijo varón. Si, es cierto que la época que relataba queda lo suficientemente atrás en el tiempo como para que ese comportamiento, darle la mano a tu hijo incluso si no es un niño pequeño, suene anacrónico. Al menos para las últimas generaciones de padres e hijos. Recuerdo que estuve un rato intentando evocar cuándo había sido la última vez que había ido de la mano de mi padre y tuve que remontarme a finales de los ochenta.

En mi familia más directa todos los hijos somos varones. Supongo que es una especie de venganza de la genética hacia mi madre, que siempre quiso peinar coletas y sólo tuvo la oportunidad en las raras ocasiones en que alguna de mis primas venía por casa. Incluso los hijos de mi hermano y de mi primo (esos primos que son como hermanos se merecen otra entrada para ellos solos) son niños, lo que ahonda en las ánsias peluqueras de mamá. Y puesto que las demostraciones de afecto paterno-filiales decrecen con la edad, es muy raro que más allá de los quince años quieras que tu padre te de un beso o un abrazo. Es la sociedad, creo, la que nos ha hecho así de gilipollas.

Porque uno no deja de ser un hombretón de pelo en pecho por decirle a su padre que le quiere, ni por darle un beso o un abrazo. Recuerdo, sin embargo, que la adolescencia convirtió esos gestos en tabú y casi los sustituí por palmaditas en el hombro. Tiempo después, cuando emigré a Extremadura, mi padre me recibía y despedía con un par de besos y un abrazo y eso, supongo, rompió la barrera y restauro el contacto físico. Aún hoy me recibe así y yo, encantado.

Si hay algo que no puedo negar, es que soy hijo de mi padre. Como si fuese un personaje de El señor de los Anillos, provengo de una estirpe de Martínez y, uno tras otro, heredamos el mismo cuerpo y los mismos gestos que los antecesores. Hay fotos en que estamos mi abuelo, mi padre y yo y parece un montaje con fotos a diferentes edades. De los Martínez heredé el cinismo y el sarcasmo, el silencio como ruido favorito y el tragarse los miedos y las dudas hasta que revientan en forma de úlcera. La socarronería y el mal humor, según tengo entendido, llegan con la edad.

Luego están los valores, la parte de la herencia que no se transmite por la genética, sino que tu padre se tiene que molestar en metértela en la cabeza. Y cuesta, cuesta un mundo porque no siempre estamos, los hijos, dispuestos a aprender o comprender. Porque un enano adolescente lo sabe todo sobre cualquier tema y no necesita que nadie le venga a explicar nada. Yo aprendí mucho de mi padre y aún lo hago, principalmente porque es un buen ejemplo que seguir y porque nunca intentó obligarme a hacer las cosas a su manera, me enredaba para que fuese yo quien quisiera hacerlas así. De tal palo…

El día que sea padre, allá por septiembre, espero tener, por lo menos, la mitad de paciencia con mi hijo, aunque está por ver. Al contrario que todo lo demás, ni la paciencia ni las horas de sueño tonificante son productos farmacéuticos.

tritio

En la madrugada de ayer domingo nació Juan, hijo de Juan, nieto de Juan y, a la postre, tercer sobrino de eme y mío. Ayer nos pasamos la mañana en la carretera, llevando a los abuelos a conocer al nuevo nieto, desde el pueblo a Badajoz capital y vuelta a Mérida. Una pequeña gran paliza tras una noche de nervios y alteración del sueño.

Ayer estuve bromeando sobre el ser tres veces tío y acuñé el término tritio. Dije que sonaba a superhéroe que se ve envuelto en una nube de un gas radiactivo y adquiere algún superpoder. Hoy me he enterado de que el tritio existe, es un isótopo natural del hidrógeno y es radiactivo. No sé si calificarme como erudito ignorante o tonto con suerte.

PD: al final todos fue rápido y sencillo y salió perfectamente. Puede que, incluso, me esté replanteando esa máxima que mantengo contra viento y marea de que todos los recién nacidos son feos. Puede.

felicidades

Hoy la comentarista más activa de este blog cumple años y no podía dejar pasar la oportunidad:

¡Felicidades mamá!

Por supuesto no voy a desvelar su edad aquí, porque no viene al caso y porque setecientos kilómetros no son nada cuando se trata de las represalias de una madre pero si diré que no los aparenta, por mucho que su hijo mayor ya casi sea un cuarentón medio calvo. Y mucha suerte con la celebración, la tarta y ese vendaval cumpleañero que tienes por nieto.

¡Besinos!

72 horas de miedo

En la mañana de ayer, Michael Schumacher, el hepta campeón de la fórmula uno, sufría un accidente esquiando y se daba un golpe en la cabeza. Supongo que sería por morbo pero, nada más enterarme de la noticia me puse a buscar más información. Al principio no parecía muy grave pero, por la noche su estado empeoró súbitamente y tuvieron que operarlo de urgencia.

Por miedo no quería ver los paralelismos entre el accidente de Schumacher y otro ocurrido veinte años atrás pero @martinezgijon lo sacó a flote.

El miedo puede paralizarte por completo, conseguir que no respires o hacer que respires tanto que te desmayes. Dentro de veintantos días hará veinte años que el miedo paralizó por completo el mundo que conocía. El veinticinco de enero de 2014 se cumplen dos décadas desde que el hermanín sufrió un accidente esquiando, un mal golpe en la cabeza del que salió porque un médico de la estación de esquí le auxilió sobre la marcha. Unas horas después, cuando nos llamaron para contárnoslo, el tiempo se convirtió en chicle. Nunca 72 horas, tres días, duraron tanto.

He pasado miedo muchas veces en mi vida pero nunca tan intenso ni durante tanto tiempo. No era un sentimiento nuevo pero era más fuerte, tanto que no dejaba pensar. Cualquier acción era un esfuerzo titánico y todo dejó de tener importancia. En mi cabeza revivía constantemente conversaciones y episodios vividos con el hermanín, con la estúpida idea de que pensar en él le mantendría vivo. Sabía que era una tontería pero no encontraba otra manera de ayudar.

Todo giraba en torno al tiempo: las primeras setenta y dos horas, los primeros diecisiete días, el primer mes, los tres meses… Y el tiempo, maldita sea, no pasaba. No guardo más que unos pocos recuerdos de aquellos días, de aquel mes, que pasé entre brumas, viendo a gente hablar sin escucharles, haciendo una vida que ya no era normal ni rutinaria, que orbitaba alrededor de las dos llamadas de teléfono diarias que hacíamos con mis padres y mis tíos en Granada, coincidiendo con los horarios de visita de la UCI. Así, día tras día.

Aquel miedo nos transformó a todos, de una u otra forma. Nos unió, nos soldó unos a otros de forma permanente pero también cambió nuestras prioridades. Sabíamos que los accidentes ocurren y que todo cambia en ese segundo fatídico así que tomábamos más precauciones. Desde acciones cotidianas como salir de la ducha a llamadas teléfonicas al móvil (benditos móviles) cuando estás de viaje. Saber que tu familia, esa docena de personas realmente importantes están bien, pasó a ser prioritario. Es curioso darse cuenta que hablábamos más pero no sobre el accidente.

Aquellos tres días de pesadilla pasaron, luego los diecisiete que el hermanín estuvo en coma y después volvió a Asturias y, poco a poco, también pasó el tiempo de hospitalización en Oviedo y volvió a casa. El tiempo seguía siendo un chicle pero, con el uso, había dejado de estirarse tanto y nos concedía un alivio. He de reconocer que las primeras noches que pasó en casa me levantaba e iba hasta su habitación para asegurarme que respiraba bien al dormir. Dormí muy poco aquellos primeros días hasta que, sin saber cómo, la rutina volvió. Por supuesto, no era la misma rutina que antes del accidente pero era las mismas acciones día tras día y eso nos valía.

Hace veinte años de aquello y es la segunda vez que me siento a escribir sobre ello. La primera vez no fue fácil, ni rápido y terminé deshecho mentalmente, agotado y lloroso. Es difícil hablar del miedo, revivir aquellos días y salir indemne. Esta segunda vez tampoco lo he logrado.

Hermanín, si lees esto, que sepas que te quiero a pesar de los sustos. Mamá, papá, siento sacar el tema.

texto — diez años y un día

alguna vez he hablado aquí de mi familia, de esa tribu que me mantiene cuerdo, con los pies en el suelo y a quienes, de vez en cuando, recurro en busca de aliento y refugio. No voy a hablar más de ellos, al menos en esta entrada, porque hoy toca mencionar al otro tipo de familia, a la que yo he elegido, a mis amigos. No soy una persona excesivamente pródiga en amistades. Tengo pocos, un puñado de muy buenos amigos y el resto de categorías, lamentablemente, no pasan de conocidos. A muchos los he mencionado en este blog, mediante letras o apodos y son ese tipo de personas a los que sólo te queda agradecerles el tiempo en común y la amistad. También son anclas, a su forma y evitan esa deriva constante de la que uno no es consciente hasta que ya es demasiado tarde. Este pasado sábado, dos de esas anclas se unieron en una bonita boda con toques frikis y me pidieron que escribiese algo para leerlo durante la ceremonia. Parecía fácil pero las dos semanas de plazo pasaron volando y lo único que conseguía era apilar borradores que por la noche parecían perfectos y a la mañana había mutado hasta convertirse en porquería. Al final, el jueves, desesperado, conseguí hilar dos frases seguidas coherentes y salvar mi ajado ego. Por las caras que vi aferrado a aquel atril, creo que gustó.

Diez años y un día

Cuando Fernando me comentó la posibilidad de escribir un texto para leerlo en su boda, acepté de inmediato. Pero unos minutos mas tarde, dándole vueltas al asunto, temí que fuese una represalia por haberle disfrazado de Eva Nasarre en su despedida de soltero. Todavía hoy lo creo. Llevo dos semanas dándole vueltas a qué contar y sigo sin tener ni idea. Los primeros días tuve un par de pistas que de no tratarse de un amigo y una boda las habría desarrollado.

Pero como he dicho, Fernando es un amigo, un tipo grande, noble e irónico con el que tuve el placer de trabajar y al que ha terminado uniéndome una gran amistad. Uno de esos días en que nos despidieron, algo que pasaba a menudo, quedamos a tomar una cerveza y charlar del futuro. Hasta ese día nos llevábamos bien, trabajábamos en armonía e incluso arrasábamos la cafetera al unísono. Pero tras aquel despido y la docena y media de cervezas que nos trasegamos para espantar al mal humor, surgieron más planes con alcohol y esta amistad fraternal.

Suena ñoño, ¿verdad? Amistad es una palabra infravalorada hoy en día gracias a facebook, pero muy válida en este caso. A los amigos, a los buenos amigos, esos con los que todas las cervezas del mundo no son suficientes, hay que cuidarlos. Y si vives en otra provincia, el teléfono es el vínculo imprescindible que te une a ellos. Hemos mantenido largas conversaciones sobre trabajo, desamores y canciones de Sabina, que dejábamos en suspenso hasta que una visita a la tierrina nos volvía a juntar donde siempre y al misma hora. Empiezo a pensar que nuestra amistad se basa en el consumo de alcohol. De ser así, será eterna.

Una noche de 2005 me llamó y hablamos durante una hora y pico. Llevaba un tiempo en el fondo de uno de esos pozos que nos fabricamos cuando creemos que la vida nos odia, pero en aquella ocasión le noté algo diferente tanto en la conversación, porque fue menos pesimista de lo habitual, como en el tono de voz, que era mucho más alegre. Sólo tuve que esperar media hora hasta que comentó, de pasada, el motivo del cambio: había ido a una cena de unos amigos y se había sentado al lado de una chica. Ya sabéis cómo es esto: quieres preguntar directamente pero sabes que no va a funcionar, así que no muestras interés. Ajá, le dije con mi mejor tono neutro. Y, por supuesto, se fue por Jaén: que si fue en Llanes o en Gijón, que si fue una mariscada o una hamburguesa… Estaba a punto de gritarle algo feo cuando lo soltó: se llama Noelia, tiene su propio pozo y algo en la mirada que me descoloca. ¿Algo como qué?, pregunté. A los cinco minutos de estar hablando, la conocía de toda la vida y antes del segundo plato ya éramos íntimos, respondió.

Un tiempo después conocí a Noelia. Quedamos donde siempre y charlamos parapetados tras unas cervezas. Y pude ver que Fernando tenía razón. Sólo hicieron falta media docena de frases manidas para que el ambiente se relajase y terminásemos hablando en confianza. Después de aquella vez, les llamaba cada vez que volvía por Asturias para cenar, ponernos al día y darnos envidia contándonos cosas de viajes por el lejano oriente. Y siempre tengo esa sensación tan agradable de estar en casa, con amigos.

Un día, tiempo después, pasó una cosa extraña que, personalmente, achaco a una apuesta. Creo que alguien, en un determinado momento, apostó con ellos que no podrían hacerlo todo al revés. De momento, creo que van ganando porque han tenido una niña, un niño y, finalmente, se están casando. Lo siguiente será comprarse un piso, luego un coche deportivo y, finalmente, volver al instituto. Casi siento un poco de envidia de ese primer beso que, según mis cálculos, se darán dentro de diez años. Probablemente me enteraré de cómo ha ido donde siempre, a la misma hora, en diez años y un día.