nombrando servidores

–¿Cómo llamarías a un servidor que está situado en Infiesto?
–Buena pregunta–, respondí.

Entonces recordé la última vez que estuve allí, tomando unas sidras con él, hablando de nuestras cosas y de trabajo, sobre todo de trabajo. Más atrás en el tiempo, rememoré un puñado de excursiones con los amigos, algunas al monte, otras gastronómicas, siempre entre risas y sidras.

Mucho más atrás, en una era de la que ya no queda ni rastro, me vi junto a güelito en el puesto de bastones, compartiendo un paquete de avellanas crudas y otro asadas con el hermanín. Un mano a mano frenético que terminó con las bolsas en minutos. Fue durante un Festival de la Avellana, a mediados de los ochenta.

–Ablana.
–¿Qué?
–Tu servidor. Se llamará ablana.
–Y encima hacemos patria. Me gusta.

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