cabeza del buey

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fotografía — los ojos de Vera

los ojos de Vera

Casi ciento cincuenta fotografías para llegar a esta… El procesado me ha llevado bastante más de lo que pensaba, porque utilizar dos cámaras diferentes y emocionarse disparando fotos sólo da problemas pero, al final, como siempre, ha merecido la pena por esta y otras tres o cuatro imágenes más.

Las fotos a los sobrinos es un círculo vicioso. Uno empieza haciéndose el responsable, no queriendo disparar por disparar, escogiendo el momento, preparando la cámara, el fondo, el ambiente para que nada se salga de madre y poder tomar una docena escasa de donde elegir. La realidad es otra.

Tienes quince minutos, más o menos, en los que consigues que dejen a la cría sola, a su aire y sin que nadie le ande con el pelo, la ropa o intente sacar las manos de la boca. Por supuesto, es tarde y ya no hay luz natural con que jugar. En su lugar hay una bombilla de bajo consumo que vuelve íntima la estancia hasta que calienta. También hay gente, mucha, hablando con la niña para que sonría, para que levante la cabeza, para que saque las manos de la boca… dando sombras y haciendo que la modelo no pare un instante, ¡como si le hiciera falta la ayuda!

Así que, sencillamente, olvidas todo lo que tenías previsto, mandas el autocontrol del dedo índice al carajo y te lías a disparar fotos buscando ese instante precioso en que todo se conjura contigo.

A veces los encuentras.

fotografía — la boda de Eva y Lolo

Que en pleno mes de agosto y viviendo en la provincia de Badajoz te digan que tienes uno de esos eventos ineludibles donde hay que lucir traje, corbata y calcetines te deja, literalmente, seco. Y cuando me dijeron que se trataba de la boda de mis cuñados de Getafe y me preguntaron si me importaría llevar la cámara de fotos, la respuesta fue obvia: ¡la iba a llevar de todas formas!

Calores aparte, tuve la oportunidad de acompañar a los recién desposados a la sesión de fotos y aprender unas cuantas cosas de un fotógrafo profesional y, ya que estaba, sacar provecho de la localización y los modelos.

La mejor parte de no tener que hacer las fotos oficiales es, sin duda, la posibilidad de capturar la intrahistoria de la boda, desde el interior de la familia de uno de los novios. En su día, en la boda del hermanín, lo llamé «las fotos de la antiboda» y te permite recoger momentos previos, cuando no hay fotógrafos cerca, gestos cotidianos vestidos de gala y momentos de humor y relax que, normalmente ese día no tienes.

Si, además, el antifotógrafo se dedica a decir chorradas y pedir tonterías, pasan cosas como esta, donde Lolo emula al chico Martini, haciendo poco caso al sufrido fotógrafo.

momento martini

O, mi favorita del día, que explica, en una imagen, cómo transportar un vestido de novia con estilo e imitando a Marilyn Monroe.

jugando con el vestido

fotografía — escalada deportiva

El pasado fin de semana me apunté a un curso de iniciación a la escalada deportiva en el pueblo de eme, una década después de la última vez en que me puse un arnés. Y, sinceramente, mereció la pena.

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Tenía la impresión de que no recordaría nada y, sorprendentemente, no fue así. Me acordaba de los nudos, los movimientos (primero los pies, después las manos) y hasta de como usar los cacharros (mosquetones, cintas express, el grigri…). Lo que no recordaba tan nítidamente hasta que sucedió fue el miedo cerval y profundo que me bloqueó al intentar descender tras el primer ascenso.

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Recordaba ese miedo a tener que fiarse de alguien para que te baje, el vacío detrás tuyo cuando te separas de la pared vertical y la sensación de que la cuerda no es suficientemente resistente. En esta ocasión, la pared no era tan vertical y había una pequeña repisa al llegar a la reunión. Estar en esa repisa. Mirar abajo, ver a tu asegurador dándote instrucciones y saber que tienes que ponerte en el borde, de espaldas al vacío y dejarte caer hacia atrás. Sentir que la cuerda que te separa de una caída de veinte metros está un poco floja, que no te sujeta como querrías. Gritas, le dices a tu asegurador que te sujete y que te baje despacio, que no quieres tirones ni sustos. Una eternidad después, o puede que sólo un segundo, la cuerda se tensa y comienzas a bajar.

Vivir de nuevo ese miedo, ese segundo escaso, ha sido una de las experiencias más liberadoras de los últimos meses. Querer gritar y no poder, porque sabes que no va a cambiar nada. Desear que pase pero sin tí, que sea otro el que tenga el miedo, el latigazo recorriéndole la espalda, la asfixia.

Y es adictivo, lo buscas en cada nuevo descenso.

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Para rematar las jornadas, llevé la cámara de fotos (ni recordaba cual había sido la última actividad con cámara) y me desquité de lo lindo. El (interminable) reportaje fotográfico se puede ver aquí:

PD esta saludable actividad la organizaron y llevaron a cabo los chicos (son unos jovenzuelos) de Atutiplan. Sólo para que conste.