a dos metros del coyote

Acabo de terminar de ver la primera temporada de A dos metros bajo tierra (Six feet under) y estoy en trance. No creo que haya visto una serie completa desde Dartacan y los tres mosqueperros o Aquellos maravillosos años y sienta bien, muy bien, cambiar los telediarios sanguinolentos y los espacios frívolos, huecos del corazón por los capítulos de esta serie.

El argumento es un tanto extraño y versa sobre una familia que regenta un negocio de pompas fúnebres. Una navidad, el hijo pródigo vuelve a casa y, camino del aeropuerto, el padre muere en un accidente de tráfico, dejándole la funeraria a sus dos hijos. Si se añade una madre obsesiva, un hijo gay, una hija extremadamente lúcida, unos guiones serios, ácidos y muy trabajados, se obtiene una visión descarnada y dura sobre la violencia, la discriminación y las adicciones.

Sinceramente, el mundo que pinta la televisión no es ese mundo divertido y chachi de Los Serrano, ni una orgía de machos relucientes y hembras dispuestas como los gavilanes y, sin embargo, fijándose un poco en lo que nos enseñan a través de la pantallita, uno se puede dar cuenta de cómo les gustaría que fuese, feliz, despreocupado, de gente guapa, delgada y sin celulitis y donde el mayor problema tenga que ver con las presintonías del casete del coche.

Por suerte, este mundo se parece más al del Coyote, un sitio cruel y asqueroso donde hay alguien que siempre se sale con la suya y, casualmente, ese no eres tú. Uno siempre es el que cae por un barranco agitando un cartel que pone ¡Ouch! Quizá eso me gustó de esta serie, que no pinta de rosa la realidad y trata temas realmente escabrosos tiñéndolos de ácido y sano humor. No esconde las cosas desagradables y muestra los detalles más raros de un oficio extraño. Una serie de culto y para coleccionar.

¡Estoy deseando comenzar con la segunda temporada! ¡Ah! Gracias a mi proveedor de series y demás coleccionables frikis, v3rg1l.

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