a quien madruga…

¡se jode!

Esa es la brillante conclusión que he sacado con mi nuevo y flamante horario laboral: de ocho de la mañana a cinco de la tarde. La verdad es que esta mañana no estaba para celebraciones ni fiestas de bienvenida, me hubiese ofrecido voluntario para seguir durmiendo hasta las once. Lo bueno es que, seis meses después que todo el mundo, tengo un horario más o menos veraniego. Lo malo es que, a esas horas, la moto es prima hermana de una nevera.

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