callaron su voz

Fueron meses de emociones fuertes, que terminaron con una de las situaciones más injustas que me ha tocado vivir. Fuera libros, discos, todo. Cuando nos despedimos, me regaló su mejor luz matinal. Luego, se ensañaron. Bajaron los techos, tiraron las puertas y los muebles del siglo XIX, arrancaron la tarima y las baldosas, callaron su voz y la dejaron presentable para quintuplicar el precio. Perfectamente nada, igual que tantas. Todavía tengo la llave de la puerta principal; la llevo siempre en el bolsillo, una llave extraña, casi hoja de navaja.

Más en la insignia. Leido en LPC.

En Granada, entre la plaza de Birambla y la de los lobos, metido en una calleja que huele constantemente a pollo frito y meados de gato, hay un edificio que una vez fue viejo y estuvo destartalado y que ahora pertenece a la nada que tan bien ilustra Jesús Gómez, a la de los edificios que, de un día para otro y gracias a las excavadoras, multiplican su precio por diez a costa de su alma.

Parece mentira pero sólo estuve allí, viviendo en aquel primer piso entrañable y caluroso, cinco días en julio de 2002 y, todavía hoy, no puedo recordarlo sin cierta añoranza.

ele ejerció de afitriona y me enseñó la Granada escondida de las cámaras digitales y los turistas mientras que yo, a cambio, ejercí de cocinero y psicólogo amateur, de confesor y de hedonista malcriado. Mientras tanto, la casa se iba haciendo presente poco a poco, sin estridencias, haciéndonos sentir que estaba allí y convirtiendo el dúo en trío.

Tenía el piso suelos diferentes en cada habitación, techos de cinco metros, baldosas trampa por doquier, detalles decimonónicos, una cocina destartalada y desnivelada, con piezas de la vajilla rotas y una mesa demasiado grande en el centro que convertía el verbo cocinar en algo casi íntimo. También poseía un baño diminuto, adornado con mil neceseres de colores a modo de cajones y estantes donde, al ducharte, no podías extender los brazos ni hacer aspavientos porque golpeabas las paredes. El salón era un salón extraño, sin luz de día ni mesas y con un sofá de color indeterminado que provocaba dolor en las costillas con sólo mirarlo y cada habitación era un mundo, sereno y armónico en el caso de ele y más caótico y desordenado en la de su compañera de piso. La la escalera del edificio era angosta, oscura y cada escalón de madera crujía bajo mi peso, como queriendo expulsarme al exterior.

Ese mismo otoño, ele tuvo que mudarse porque comenzaron las obras de remodelación y se fue a un piso que no quedaba lejos de allí, con más comodidades pero sin el aura que envolvía al anterior y, cuando me dijo por teléfono que habían empezado a vaciarlo respetando la fachada, sólo pude recordarlo con gratitud y brindar por los buenos momentos con que nos había obsequiado antes de desaparecer entre polvo y hierros retorcidos.

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