tienes una carta

cartas

(Si realmente quieres tocar a alguien, envíale una carta)

Vía: Desequilibrios.

Esta imagen forma parte de una campaña publicitaria del servicio postal australiano y me ha llamado la atención, principalmente, porque es cierto. En otras entradas comentaba que tenía costumbre de mantener, con cierta regularidad, correspondencia con una buena amiga, cuando internet no tenía tanto tirón y cuando seguía siendo la manera más eficaz de contar algo que no tuviese fecha de caducidad. ÿste es un extraño mundo, rápido, donde todo nace y muere en un sólo día y, con semejante escenario, una carta que tarda cinco días en cruzar el país, contando con que el servicio postal esté de buenas, es tan útil como un sello usado.

Las cartas, cuando eran personales, generaban un estado de anhelo que incluía la extraña necesidad de que el cartero hiciese su trabajo tarareando la música implacable de las Valquirias, que llevase la carta y trajese la respuesta en un tiempo razonable, es decir, en un par de semanas. Lo que antaño era razonable, hoy se convierte en indecente y es que no nos damos cuenta, o por lo menos yo no termino de asimilarlo, que antes las cartas llevaban abrazos y besos, amor y esperanza incrustadas entre el papel y la tinta. Era, además, un tiempo mucho más que aceptable si se tiene en cuenta cuánto del total se consumía en el trayecto, cuánto gastaba el receptor leyendo y releyendo convulsivamente la misiva, el tiempo dedicado a la respuesta, respondiendo cada frase con una carta entera y haciendo borradores para, finalmente, enviar una carta de escritura lenta y cuidada con medio corazón ensartado en ella.

Anacrónico y casi un proceso del siglo XIX, pero deliciosamente lento, casi una agonía que se resumía en la frase que conseguía levantarte de la silla de un salto: tienes una carta.

cartas, escritura

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