Esta semana santa, Hugo y yo nos fuimos a Roma. Me apetecía que su primer gran viaje al extranjero fuera a la ciudad eterna porque, viviendo en Mérida, es imposible no saber quienes eran los fundadores de la ciudad y también porque ya conocía la mayoría de los monumentos que íbamos a visitar, sólo que a escala. No voy a negar que tanto la pizza como el gelato eran un plus.
Desde el momento que se lo dije, con un par de meses de antelación, estaba tan emocionado que se lo contó a todo el mundo, empezó el curso de italiano en Duolingo y estuvo buscando información sobre todo lo que se puede visitar en Roma. Cuando le pregunté si había algún sitio al que quería ir, pensando que diría el Coliseo o el Circo Máximo, me dijo que quería ver la Boca de la verdad. Y quien se quedó con la boca abierta fui yo…

El día que cogimos el avión ambos estábamos nerviosos, él supongo que por el viaje que iba a comenzar y yo porque se avecinaban dos días muy intensos y con alguna incertidumbre. Pero una vez que nos sentamos en el avión, el se puso a hacer crucigramas y yo a dar cabezadas y los nervios se calmaron.
Lo cierto es que comenzamos fuerte porque nada más llegar y dejar las maletas en el hotel nos fuimos a comer a una trattoria y, aunque no les quedaba masa de pizza, comió uno espaguetis impresionantes mientras miraba de reojo las raciones de tiramisú que iban quedando. Tan preocupado estaba que una de las personas que estaban sirviendo las mesas lo vio y le reservó un trozo. Le estuvo dando las gracias en todos los idiomas que sabe un buen rato pero lo cierto es que el postre lo merecía. En aquel momento hicimos un trato: durante aquel viaje iba a comer lo que quisiera y cuando quisiera. Si queria desayunar, comer y cenar pizza lo haría si la acompañaba de una ensalada. Estuvo de acuerdo y hasta me pareció que lo tomaba como un reto de dos días.

De ahí fuimos al Coliseo que, una vez más, me asombró al verlo. Hugo estaba también sorprendido, del tamaño, de la arena, del sistema de fosos y galerías y estuvo tirando fotos a casi cada piedra. En la tienda de recuerdos compramos varias cosas, entre ellas una libreta con el Coliseo en la portada que Hugo decidió que iba a ser su journal de viajes. Nos había visto a Tasia y a mi con nuestros journals, nuestras libretas de viajes, recortes o pensamientos y me pareció una buena idea que él también se iniciase en el sano vicio de la escritura. Y le encantó la idea. A partir de ese momento recopilamos todo tipo de pequeñeces para los journals: margaritas del circo Máximo, los sobres de papel donde nos traían los cubiertos en la trattoria con la mejor pizza, las servilletas de las gelaterias o el panfleto de la experiencia de realidad virtual del Circo Máximo. Además, ya en casa, Tasia sacó la impresora de fotos y unas pocas terminaron en forma de pegatinas en las libretas.

Al salir del Coliseo nos fuimos a comprar un gelato y cuando llegó el turno de elegir sabores me preguntó si podía comer helado de café y le dije que si, que el trato seguía vigente. Se pidió un cucurucho de chocolate y café y puedo decir que estaba feliz. El café es algo que todavía no toma a no ser el del tiramisú o los helados y, aunque tienen poco y seguramente sea descafeinado, el comer helado de café esos dos días le tuvo que saber a gloria. Estoy seguro de que yo, con su edad, me sentiría casi un adulto.

La Boca de la verdad la vimos la mañana del último día porque el día anterior había mucha cola y nos fuimos a ver el foro romano y el Arco de Trajano. No pudimos entrar porque (yo no lo sabía), el Papa hace un via crucis por el foro romano el sábado santo, que fue la misma fecha que elegí para visitar el monumento. La ventaja es que pude hacer fotos con el foro vacío, lo que no es habitual. Además estuve unos minutos hablando con una monja sobre los actos del domingo santo en el Vaticano (soy el mejor eligiendo fechas y destinos, lo sé) para decidir si ir o no, bajo la atenta mirada de Hugo. Ya se había sorprendido con mis intentos de chapurrear italiano, para bien, pero al entender la mayor parte de la conversación se dio cuenta que eso que le repetimos hasta el aburrimiento sobre la importancia de conocer otros idiomas, finalmente caló. Estuvo leyendo carteles y dando las gracias en italiano el resto del viaje y el inglés lo valora de otra forma.

Esa tarde nos fuimos dando un paseo desde Piazza de Spagna hastas Piazza Navona, pasando por la Fontana di Trevi, el Panteón y, sobre todo, Legami, donde arrasamos con todo lo que brillaba (que era mucho). Le pregunté a Hugo si quería guiarnos él y, como se apuntó, le di el mapa de papel y un par de consejos y allá que fue. Nos llevó perfectamente salvo en un par de cruces de calles, con mucha gente, coches y carriles. Nada que yo no haría. Me gusta pensar que le estoy enseñando a sobrevivir sin Google Maps ni GPS :).

Dejar La Boca de la verdad para el último día fue un acierto porque así pudo decirme durante más tiempo que iba a mentir cuando metiese la mano en la enorme divinidad de piedra. Tengo que decir que mantuvo bien el tipo, hasta el momento en que nos tocó pasar la barrera y ponernos al lado de la piedra. Ahí ya lo vi dudar y retirar un poco la mano. En las últimas fotos ya sale con la mano en la boca y es porque, según me dijo, ahí ya no estaba pensando que 2 más 2 son 8. Fue bonito verle lidiar con un miedo que sabes que es infundado pero no terminas de tenerlas todas contigo. Y fue divertido verle encontrar una solución y salir airoso.
Al final, todos los gelatos que comió fueron de chocolate y café y al comprar el último, cuando ya íbamos camino del tren que no llevaría al aeropuerto, la mujer me dijo que era fuerte de café solo y me preguntó si estaba seguro y le dije que si. Un trato es un trato y esa noche, con todo el ajetreo que tuvimos, el vuelo y la excitación por contarle cada detalle del viaje hasta a los gatos, ser fue a la cama y se durmió inmediatamente, seguramente sintiéndose tremendamente mayor y aventurero.
Para mi esta escapada a la ciudad eterna ha sido divertida y muy didáctica. He aprendido mucho de Hugo, le he visto dudar, reírse, sorprenderse y aprender y me ha encantado. Sé que él lo ha pasado muy bien y también que habrá más viajes. Cuando aterrizamos en Sevilla me dijo que el próximo viaje, a Australia. Medio mundo apenas…





















