el polvo

Llevamos casi dos semanas inmersos en lo que a priori iba a ser una remodelación prácticamente indolora de los dos baños de la casa. O, al menos, eso era lo que pensaba eme de todo el proyecto. Yo, que he visto y vivido alguna obra más sé que las cosas casi nunca ocurren como se piensan porque siempre hay algún cabo suelto, alguno que se suelta en medio del proceso y otros que, directamente, venían rotos.

La cuestión es que incluso yo, que trabajo desde casa, fui demasiado optimista ante un enemigo persistente y tenaz: el polvo. Tenemos la casa cubierta de un polvo fino, de color amarillo, que lo invade todo sin importar las medidas que tomes. Hemos clausurado puertas, cerrándolas y cubriendo los marcos con cinta y trapos, para darnos cuenta que se cuela por algún sitio que no vemos. Casi como autómatas, limpiamos las superficies donde nos apoyamos o sentamos, los cubiertos que usamos para comer, el teclado y el ratón instantes antes de utilizarlos… para nada.

Hace unos días que he trasladado la oficina al salón, que está más alejado del foco de ruidos y polvo que es el segundo baño y me he instalado en la mesa más grande de la casa. Por comodidad utilizo el portátil y una pantalla que hoy amanecieron cubiertos de su correspondiente capa amarilla así que, antes de empezar a trabajar, dediqué unos minutos a limpiar todo cuanto estaba sobre la mesa. Diez minutos después tenía el tacto grumoso del polvo en las manos. A la media hora, el teclado de color negro, ya no lo era tanto. Minutos después el ratón comenzó a atascarse. Antes de una hora, la mesa de color wengué parecía caoba y se podían ver las huellas de mi actividad laboral sobre la capa de polvo que, una vez más, había vencido.

No sé cuánto más tardaremos en dejar atrás este desierto amarillento que lo iguala todo y tampoco sé cuanto tiempo más tendremos que dedicar a limpiar después pero, lo que tengo claro, es que es la última obra que me pilla en mi puesto de trabajo. Si hay más, que viéndole la cara a eme estos días es algo de lo que dudo, trasladaré la oficina al bar de enfrente, ese que tiene wifi, aire acondicionado y unas tapas decentes y sincronizaré el reloj para hacer coincidir nuestros horarios.

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