esos locos bajitos

No soporto a los niños de hoy en día por muchas razones, algunas fundadas y otras son subjetivas, propias y oscuras, pero el sabor de boca que me dejan siempre suele ser el mismo: un par de hostias a tiempo hacen milagros. Hace ya tiempo que decidí que no merecía la pena intentar entenderlos, no porque fuese complicado, sino porque era un esfuerzo inútil.

Así, separados como el agua y el aceite, estamos todos mucho mejor y más tranquilos. Yo no les quemo las vespinos cuando rallan de arriba a abajo el coche de eme por simple diversión, no les tiro huevos cuando hacen botellón debajo de casa, no le pincho las ruedas el coche a ese atunero que se empeña en compartir con toda la provincia su música y ellos me ignoran entre risas cuando me ven pasar trajeado y en la moto. Desprecio total.

Por eso es tan raro leer que todavía hay sitio para la esperanza y que, a pesar de que la mayoría de los padres confunden disciplina con plei estaision, hay gente que sabe que la educación es un trabajo a medias con el colegio, no una obligación para el maestro. Y además, me sorprende que quien habla de esperanza sea Arturo Pérez-Reverte, en su artículo de esta semana en El Semanal.

Era, como digo, un niño cualquiera, de infantería. La diferencia con la mayor parte de sus congéneres estaba en el aspecto e indumentaria: en vez de lucir la habitual camiseta desgarbada, los calzones, las chanclas y la gorra opcional de rapero enano, comunes entre los jenares de su edad y su especie –cosa lógica, por otra parte, cuando los padres visten así–, iba bien peinado, con su raya y todo, llevaba la cara lavada y vestía una camisa azul claro, un pantalón corto beige con cinturón y unas zapatillas deportivas limpias con calcetines blancos. Tenía, resumiendo, el aspecto de un niño aseado, correcto, normal. Un aspecto agradable para la vista. El que cualquier padre con el mínimo sentido común desearía para un hijo suyo.

Y es que, como el futuro vaya montado a lomos de un coche tuneado, luzca una estúpida cresta dorada en la cabeza y lleve cadenas de oro y chándal, lo llevamos claro… jodida la hemos.

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