moda infantil

Este ha sido un fin de semana consumista en Badajoz, al más puro estilo dinki, de rebajas y desenfreno. El sábado tocó desayunar fuerte en previsión de que comeríamos a las tantas, porque aprovechamos la hora de la comida para seguir de marcha y saltarnos las colas y las aglomeraciones pero, como no, nos tocó esperar en un par de sitios. El plan en estos casos siempre es el mismo: yo entro en una tienda y me pongo a la cola y eme entra en la misma tienda y se pone a mirar trapos que, según pasa junto a la cola, empiezan a ser responsabilidad mia. Y a esperar.

El sábado, en la cola de una tienda de ropa interior me tocó detrás de una señora que, en un determinado momento, recibió la visita de su marido y toda su prole. No soy capaz de describir la honda impresión que me causó la familia, ese marido despótico, vociferante y amenazante, esa niña hiperactiva que, en menos de un minuto desmanteló un expositor de tangas de oferta, mientras su madre sólo decía que se estuviera quieta con un tono cada vez más alto, aunque igual de inutil y ese niño, su niñito rubio, con los ojos azules, vestido con el uniforme oficial de las juventudes hitlerianas.

Estuve observando al crio un rato, un tiempo largo y detenido y creo que no se les escapó detalle del uniforme. Todo él era marrón, de un color parduzco, llevaba una chaqueta y un pantalón corto de algo parecido al fieltro, un material, por cierto, muy de la época, unos calcetines altos, hasta la rodilla, de lana gruesa y también marrones a juego con el conjunto y, únicamente le faltaba la gorra característica, como gran remate final.

Lo consideraría como un hecho aislado de no haber visto más casos, el número suficiente para empezar a preguntarme si la moda retro es buena o hay que ponerle cortapisas y sólo alcanzo a pensar que, a este paso, el cuarto reich sólo es cuestión de tiempo y tela marrón.

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