el interruptor

Esta mañana volvió a suceder, volví a escuchar cómo el interruptor cambiaba de posición, sentí cómo algo en mi cabeza se deslizaba lentamente desde la parte que habla español a la parte que habla inglés. Bastó un ‘hello… n1mh?‘ al otro lado del teléfono, una voz gutural que arrastraba las vocales por el suelo y cuyo propietario, una alemán llamado Alexander, me debía un correo desde ayer por la tarde, sólo hizo falta eso, para despejarme la modorra de golpe. Y todavía no sé cómo.

Hace años que sé que tengo ese interruptor, que yo imagino en alguna parte oscura y primitiva de mi cerebro, como una diminuta clavija blanca y cuya tarea es decidir en que idioma me expreso, pero no soy capaz de elegir por mí mismo en que posición debe estar. La jodida clavija es automática y debe necesitar un cierto peso, una cierta presión para moverse de un lado al otro, presión que, por supuesto, yo no ejerzo. Cuando balancea su posición me pongo a hablar en inglés como si hubiese nacido en bajo la estatua de Nelson, sin miedo al ridículo, sin vergüenza y sin alteraciones de pulso, simplemente hablo. Además, se da la paradoja de que mi interlocutor se suele enterar bastante bien de la historia que le cuento, mucho mejor que cuando me esfuerzo por sacar mis más profundos conocimientos de escuela.

La primera vez que sentí deslizarse al interruptor fue con una llamada a HP por un switch falto de cariño. Aunque la comunicación era con España, me salió una voz femenina hablando en inglés y, para sorpresa del folixeru, le expliqué a la señorita el problema y atendí a la solución. Sin un pestañeo de más. Las otras veces han sido en Londres, cuando tenía hambre y no me entendía con nadie, con los mismos alemanes de los teclados hace ahora dos años y durante hora y media y en algún que otro examen de inglés. Lo peor es que siempre es inesperado y placentero, así que sólo queda esperar a sentir cómo se desliza el interruptor blanco y cómo la conversación se hace fácil, límpia, mientras el pulso se tranquiliza.

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