ingles

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El papel del ministerio

Al final, tanto va el cántaro a la fuente, que termina trayendo agua. He aprobado inglés, el segundo curso del nivel avanzado, en la Escuela Oficial de Idiomas de Mérida. Ya soy el orgulloso poseedor de un papel donde, bajo mi nombre y el del ministro de educación de turno, dice que puedo entender y hacerme entender en la lengua del Imperio. Y sólo me han costado los últimos siete años.

Porque lo que empezó como un empeño de mi madre hace mas de dos décadas lo he terminado yo, por cabezoneria, en otra provincia y con un tiempo muerto de diez años.

Pero tenía que ser así, tenía que finalizar el curso de la forma correcta, pasándolas canutas (me he dado cuenta de que carezco de eso que llaman la cultura del esfuerzo) y, de paso, aprendiendo bastante mas de lo que creía. Puede que en los primeros cursos, si tienes algunas nociones, no sea necesario estudiar pero, en los últimos hay que estudiar (y mucho).

Aunque no todo ha sido dolor. Aprobar los exámenes en junio, con una nota media de siete me ha dado un impulso moral importante. Porque ha valido la pena pasarse dos meses pegado a los libros, teniendo a la BBC como radio de cabecera y los de TED como acompañantes diarios, hablando en sueños en otras lenguas…

Creo que le he cogido gusto a estos apuros y puede, sólo puede, que me apunte en Cáceres para el siguiente nivel. Total, ya metidos en gastos…

it’s over

Se acabó, al fin. Al menos hasta setiembre, si no dicen lo contrario las notas el próximo día 21. Porque he terminado con los exámenes de inglés y, contra pronóstico, sigo vivo.

Si paso los exámenes, termino el último curso de la Escuela Oficial de Idiomas. Perfecto. ¿Y luego qué? Tendré un bonito papel que colgar en la pared pero, ¿de qué sirve si no puedes practicar el idioma? Hablando con una compañera, decía que por cincuenta euros al año, merece la pena matricularse aunque sólo se vaya a hablar. Y tiene razón. Si te preparas algún otro título oficial, lo haces sólo o en una academia que te cobran setenta euros al mes. ¡Hay que joderse! Más de diez años en la EOI y ahora no la quiero dejar.

Quien sabe… a lo mejor hice mal algunos ejercicios adrede, sabiendo lo que se avecinaba. 😛

finished!

Ayer hice el examen oral de inglés, en la Escuela de Idiomas, con lo que termino con mis obligaciones académicas hasta setiembre. No creo que pase limpio, alguna me quedará como siempre pero he salido medio convencido de que, algún día, podré aprobar y terminar el ciclo.

El misterio se resolverá el lunes 22, a las seis de la tarde, cuando cuelguen del tablón de anuncios las notas. ¿Hay porra? 😀

ei, bi, si, di…

Esta mañana tuve una de esas experiencias que uno tarda en olvidar, ya sea porque pueblan las pesadillas durante una temporada o porque, hasta que llega, quita el sueño. Durante casi dos horas estuve haciendo una presentación del proyecto en el que estoy metido, en inglés. No fue difícil pero tampoco fue fácil, máxime cuando sólo pude prepararlos durante un par de días. Las cosas más obvias, con los nervios, se me olvidaban y las notas que había tomado me salvaron un poco el pellejo. Al final, nuestros insignes visitantes parece que quedaron contentos y yo salí vivo, que ya es más de lo que contaba.

eme, por su parte, estaba encantada de volverme a ver vestido de traje…

it’s over

Este ha sido, sin duda, el peor año que he pasado en la Escuela Oficial de Idiomas de Mérida. Y lo ha sido por tres motivos: el ritmo que, desde el primer día, imprimió la profesora al temario, que siempre encontré demasiado alto; la gran cantidad de clases a las que no fui por irme de juerga a Austria; y el que los compañeros de clase fuesen gente mayor, que había pasado tiempo en paises anglófonos y sólo iban a clase a sacarse el título y hablar rápido.

Por eso, esta semana acudí a los exámenes con cierto excepticismo y completamente liberado de cualquier presión, con la vista en setiembre más que en junio. Poco estudio (negarlo sería de necios) y mucha confianza en mi curso avanzado de inglés y cerveza en Austria, me hicieron olvidar muchas cosas y relajarme en exceso. Y, quizá por eso, al terminar esta tarde el examen oral (de inglés, no ingles), la profesora me dijo que había aprobado todo, que había pasado cuarto. Suelo ser calmado pero me puse tan nervioso que no pude decir nada coherente, sólo tonterías, mientras daba botes.

Así que se acabó, se terminó el cuarto curso de inglés y en setiembre me espera quinto, el último escalón de esta escalera que subo, de momento, porque quiero y sin prisas. Aprender por el simple placer de aprender. De locos.

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el interruptor

Esta mañana volvió a suceder, volví a escuchar cómo el interruptor cambiaba de posición, sentí cómo algo en mi cabeza se deslizaba lentamente desde la parte que habla español a la parte que habla inglés. Bastó un ‘hello… n1mh?‘ al otro lado del teléfono, una voz gutural que arrastraba las vocales por el suelo y cuyo propietario, una alemán llamado Alexander, me debía un correo desde ayer por la tarde, sólo hizo falta eso, para despejarme la modorra de golpe. Y todavía no sé cómo.

Hace años que sé que tengo ese interruptor, que yo imagino en alguna parte oscura y primitiva de mi cerebro, como una diminuta clavija blanca y cuya tarea es decidir en que idioma me expreso, pero no soy capaz de elegir por mí mismo en que posición debe estar. La jodida clavija es automática y debe necesitar un cierto peso, una cierta presión para moverse de un lado al otro, presión que, por supuesto, yo no ejerzo. Cuando balancea su posición me pongo a hablar en inglés como si hubiese nacido en bajo la estatua de Nelson, sin miedo al ridículo, sin vergüenza y sin alteraciones de pulso, simplemente hablo. Además, se da la paradoja de que mi interlocutor se suele enterar bastante bien de la historia que le cuento, mucho mejor que cuando me esfuerzo por sacar mis más profundos conocimientos de escuela.

La primera vez que sentí deslizarse al interruptor fue con una llamada a HP por un switch falto de cariño. Aunque la comunicación era con España, me salió una voz femenina hablando en inglés y, para sorpresa del folixeru, le expliqué a la señorita el problema y atendí a la solución. Sin un pestañeo de más. Las otras veces han sido en Londres, cuando tenía hambre y no me entendía con nadie, con los mismos alemanes de los teclados hace ahora dos años y durante hora y media y en algún que otro examen de inglés. Lo peor es que siempre es inesperado y placentero, así que sólo queda esperar a sentir cómo se desliza el interruptor blanco y cómo la conversación se hace fácil, límpia, mientras el pulso se tranquiliza.