setiembre

Normalmente, éstas son fechas de síndrome post-vacacional, de moreno de playa venido a menos y de aburrir al personal con las fotos, las dos mil y pico fotos que uno, como buen veraneante coñazo, es capaz de extraerle a la cámara digital en apenas diez días en alguna playa hormigonada del Mediterráneo. Digo normalmente, y digo bien, porque algunos renegamos del verano para gastar los preciados días de vacaciones y preferimos coger el descanso cuando nadie más piensa en eso, en pleno mes de octubre, por ejemplo. De esta manera tan simple uno se garantiza una época estival relativamente tranquila en el trabajo, a la sombra de algún buen aire acondicionado y sin grandes agobios, a diferencia de setiembre, mes puñetero y agónico en donde todo revive y se juntan, literalmente, el hambre y las ganas de comer.

Ahora es, decía, el momento en que aquellos que han vuelto de su semana sabática de playa, aún con el aroma del after-sun flotando alrrededor suyo cual aura, prueben todo lo que la cruda realidad puede ofrecer y saboreen la adrenalina al pasar de la tumbona al ritmo frenético de setiembre en dos escasos días. A mí hace ya años que no me molestan los compañeros que anuncian, festivos y altaneros, sus días de vacaciones, así como tampoco me importan las caras de agobio los primeros días de este mes fatídico, cuando las gafas de sol son incapaces de cubrir las ojeras de los madrugones.

Más adelante, cuando el calor no sea el principal motivo para no salir a la calle, cuando no haya que financiar dos malditas cervezas a través del banco y cuando nadie se acuerde de lo que es no hacer nada durante diez días, entonces, desapareceré. ¡Y riéte tú del síndrome post-vacacional!

setiembre, sindrome post-vacacional

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