agustin

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estafa que algo (te) queda

Vino con toda su buena voluntad, portátil en ristre, a enseñarme la única noticia importante del día que a mí se me había pasado. Al ver como me lo tomaba, eme debió comprender que, aunque eran noticias esperadas, no eran buenas.

Ayer se falló el caso Tarazona y yo aún estoy parpadeando:

La Audiencia Provincial, en su sección tercera, con sede en Mérida, ha condenado a Tarazona a una pena que no conlleva cárcel- dos años-, a una multa muy inferior -1.050 euros- y a pagar poco más de 5.000 euros por las entradas cobradas indebidamente -en teoría, vendió unas 5.500, con lo que obtuvo 137.500 euros-.
Fuente: Diario Hoy.

En el juicio, que duró cerca de diez minutos, no hubo nada que rascar porque todo se zanjó con un acuerdo entre fiscalía y defensa, prácticamente ridículo, que no condenaba gran cosa. Mil euros de multa, devolver el dinero a los que pusimos denuncia (apenas cinco mil euros) y hacer terapia para superar su trastorno de personalidad.

La defensa reclamó una rebaja de la condena alegando que el acusado padece un “trastorno de la personalidad”. El tribunal aceptó las pruebas presentadas y redujo la condena hasta el límite que determina si un condenado va o no a la cárcel en caso de no contar con antecedentes. Ahora el promotor deberá acudir a terapia en la unidad de salud mental de Almendralejo para tratar su trastorno durante cuatro años.
Fuente: El periódico de Extremadura.

Por mi parte, he decidido dejar pasar un poco de tiempo antes de sacar el hacha, he meditado y he analizado bien las pocas noticias que hay del tema, principalmente por dos motivos:

  1. porque ya he hablado largo y tendido sobre el caso Tarazona en este blog y me resulto cansino hasta a mí mismo.
  2. porque cuando me pongo imaginativo, en pleno calentón, tengo las mejores ideas.

Así que ahora, más relajado, me gustaría resaltar un par de temas. El primero es que, con este acuerdo, se abre la veda de los estafadores de poca monta. Si hay que estar un par de años contando lo mucho que querías a mamá y pagar un total de seis mil euros, para obtener un botón de 137.500 euros, ¿quién no se apunta? Como inversión a largo plazo es cojonuda.

La segunda es un poco más personal, más íntima: sencillamente esperaba algo más ejemplificante. El tipo se paseó una temporada con el timo de los conciertos estampita y, cuando hay que aguantar a pie firme, se escabulle haciendo acuerdos ridículos. Así, ni la Justicia es válida, ni hay escarnio. El arrepentimiento ni tan siquiera hace acto de aparición y, personalmente, tengo la certeza de que volveré a ver, más pronto que tarde, algún cartel protagonizada por alguna de sus empresas. Nada tan grande como el de Sabina, más discreto y donde seguramente los beneficios no serán tan jugosos, pero volverá.

Mientras tanto, no pienso perdonar ni un sólo céntimo de mis cincuenta euros y pensaré qué hacer con ellos. Porque a veces, cuando me encabrono y estoy en el vértice de esa espiral de mala leche, en esos instantes, se me ocurren las mejores ideas. Posiblemente con cincuenta euros no haga nada pero, conozco a dos más en la misma situación que, si juntamos la pasta, nos da para soñar un rato.