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¿a que saben las cosas que no saben?

Es difícil encontrar en el supermercado una fruta que conserve el olor y el sabor que tenía hace treinta años cualquier ejemplar de la misma especie. Las personas de mi generación tenemos la suerte de recordar los sabores naturales de muchas cosas de las que, por desgracia, nuestros hijos sólo podrán percibir su literatura, y nuestros nietos, su arqueología. Se ha abierto entre nuestra generación y la siguiente un abismo sensorial casi insalvable. Nosotros pudimos paladear los mismos sabores que disfrutaron nuestros padres, pero aquellos sabores nuestros hijos sólo podrán leerlos, en la seguridad de que en la siguiente rama del árbol genealógico sólo se conservará relativamente intacto el olor del fuego en el que ardieron las fotos.

José Luis Alvite. Flores cerradas.

Hace algún tiempo Carlos Herrera comentaba en su programa que tenía un conocido que le proveía de melocotones cultivados con mimo y arrancados del árbol en su punto álgido de madurez, melocotones que sabían igual que los de su infancia y de los que ya casi no tenía recuerdos. Alvite tiene razón y en un mundo en donde los alimentos cada vez saben más a plástico, donde las manzanas están en un estado de revista impecable durante semanas, saber a qué saben o cómo debería saber un determinado alimento es, cada vez más, un problema arqueológico.

Parafraseando a Matrix:

Sabes, sé que este filete no existe, Sé que cuando me lo meto en la boca es Matrix la que le está diciendo a mi cerebro: es bueno, y supongo… Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta?, La ignorancia es la felicidad.

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