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el fin de Naval Gijón

Llego a esta recopilación de fotos sobre Naval Gijón a través de soitu.es y me falta tiempo para incrustarlo en el blog. Las fotos ilustran, en un blanco y negro brutal, los peores momentos de la lucha de la naval, a lo largo de casi treinta años. Son, a la vez, denuncia social y túnel del tiempo y, a lo tonto, me han dado una excusa para escribir sobre algo que llevaba tiempo retrasando. En la esquina inferior derecha está el botón para ver el video a tamaño completo, algo completamente recomendable.


Vía: piravan.com.

Ayer, uno de junio de 2009, cesó finalmente su actividad Naval Gijón, después de años de pérdidas, problemas con los armadores, lucha por los puestos de trabajo y especulaciones. Fue el punto final a una parte convulsa de la historia de la ciudad que, como no podía ser de otra manera, finalizó con un encierro durante veintiun días por parte de los últimos prejubilados de la empresa.

La parte materna de mi familia siempre ha estado vinculada a esta empresa, primero con mi abuelo y luego con mi tío. ¡Hasta el hermanín termino trabajando unos meses en los talleres del dique, con una subcontrata de una subcontrata de una subcontrata! Hubo periodos tranquilos, con pedidos de barcos enormes que daban tranquilidad pero, lamentablemente, el lado más conocido fue el de la lucha por el trabajo y los telediarios de los jueves abriendo con un primer plano de la puerta de la Naval, cerrada a cal y canto y rodeada de antidisturbios. Es raro no conocer a alguien en la ciudad a quien, de una forma u otra, no haya tocado el tema naval.

Desde pequeño me acostumbré a ver las manifestaciones por Gijón, los cortes de tráfico, las barricadas de neumáticos, el humo negro y a los antidisturbios frente a la puerta azul del dique. Muchos jueves, el día de la batalla, los autobuses en los que iba a la universidad tenían que dar un rodeo o, directamente, se quedaban detenidos frente a la comisaría de policía, hasta que pasaban las hostilidades. Los fines de semana, mi tío contaba historias sobre lo vivido, relatos que parecían ciencia ficción o que, fácilmente, podían situarse en cualquier país en guerra. Historias de madres que les llevan víveres a los hijos durante uno de los tiempos muertos, de resistencia y pelea por un modo de vida cada vez más abandonado y explotado y de gente saliendo por las ventanas cuando los policías, finalmente, conseguían abrir la puerta. Muy pronto, y gracias a estos relatos, aprendimos más vocabulario del esperado: gomeros, cohetes voladores, pelotas de goma, unidades de intervención rápida, etcétera…

Hace más de diez años y coincidiendo con unas jornadas de puertas abiertas en Naval Gijón, mi tío nos hizo de guía turístico por el interior de la empresa y nos explicó el proceso de fabricación de los barcos. Para alguien como él, que empezó desde abajo y terminó en la oficina técnica, detallar todas las partes del barco y el orden en que se construyen resultaba sencillo. Nos tuvo cerca de hora y media embelesados, recorriendo los diques secos, viendo las represas y las naves donde, cacho a cacho, se iba montando un inmenso puzzle. Pero lo mejor, como en la ópera, llegó al final, cuando nos paseó frente al Museo de guerra. Tenían, ocupando la pared de una nave, todos los objetos que habían utilizado y recopilado en sus batallas con la policía y una breve explicación de qué era o para que servía. Desde los temibles voladores con sus tubos lanzadera hasta tuercas de barco, grandes como mi cabeza, que les envíaban a los de enfrente con unos gomeros (tirachinas) igual de temibles, pasando por una colección de pelotas de gomas de todas las formas y tamaños imaginables. Prácticamente cualquier cosa que pudiese producir daño, por muy leve que fuese, había sido arrojado por encima de la pared que hacía las veces de frente y, todo aquello que se podía disparar desde uno de aquellos rifles con adaptadores, se lo habían enviado desde el otro lado de la calle.

Un tiempo después se me ponía la piel de gallina en un cine, viendo los primeros minutos de metraje de Los lunes al sol y reconociendo Gijón en un pretendido Vigo. Diferentes ciudades para una misma pelea.

Me gustaría saber cuanto tiempo más seguirá el dique en su sitio, con su inmensa puerta azul, antes de claudicar, definitivamente, y convertirse en pisos de lujo.

apagado o fuera de cobertura

Como indica el título, estos días estoy fuera, de viaje y probablemente tarde en escribir el mismo tiempo que tardarían una docena de monos armados con olivettis, las obras completas de Garcilaso de la Vega. Estoy en otro país, uno ni muy lejano ni muy cercano, con otra mentalidad y otros modales y eso, parece mentira, se nota.

Hacen falta dos vuelos para llegar hasta aquí y en el segundo, una escala en Alemania, nos tuvieron esperando una hora en la sala de embarque y otra hora más en el avión. Al parecer había problemas técnicos que necesitaban ser corregidos. Si, claro, como siempre. Al menos en aibirria (es como se pronuncia Iberia en inglés, para los no iniciados) tenían un libro así de gordo con ciento y pico excusas. Lástima que nunca oyese esa tan famosa de “Al piloto no le sale de los huevos”.

Diez minutos después de que el piloto nos justificase el retraso, un tipo llamó a la puerta del avión. Es verdaderamente sorprendente llevar media hora en el avión y que alguien llame a la puerta. ¡Debe ser Dios, como poco! La azafata abrió, aliviada, y el fulano con el peto flourescente (Dios viste de Armani), tras hechar una parrafada con el piloto, abrió una compuerta en el suelo de la cabina y se metió dentro. Tras veinte minutos de golpes, ruidos de sierras radiales y una especie de carraca que no terminaba nunca de girar, el tipo volvió a aparecer, se despidió y se fue. El piloto, como no hay controles allá arriba, le dio zapatilla y recuperó unos minutos.

Sólo puedo imaginarme la escena a la española si el operario es el fulano de los hombres de Paco y viste el típico pantalón de trabajo azul, a medio asta y la camisa medio sacada, con los últimos cuatro botones desabrochados.

Mire usté, señor piloto, la junta la trócola ta asín, asín y las luces de posición van flojas. Yo creo que se las voy a cambiar, que tienen que ver bien allá arriba, ¿no cree? Eso sí, el gasto me lo abona en negro, que esos señores de hacienda no necesitan saber si usté tiene luces. ¿No cree?

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