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todo sube

Con el nuevo año, además de los atragantones de uvas y polvorones, llegan las sorpresas con los precios. Y es que el primer día del año todo lo que tenga algo de valor sufre una revisión de éste… al alza, por supuesto. Los más sonados e institucionales de este breve año han sido los de la luz y el butano, un tres y un cinco por ciento, respectivamente. Nunca he sido bueno con las sumas pero, si mi sueldo sube un 0%, el IPC un 3% largo y el butano un 5,3%… ¿a cuanto se cotiza un riñón humano, en buen estado, en el mercado negro?

Si lo desglosamos por comunidades autónomas, sólo para llegar a trabajar el día dos de enero, tenemos los siguientes incrementos: a los viajeros madrugadores del día uno, el peaje de la autopista del Huerna había subido diez céntimos en cada tramo (¿dónde quedaron las promesas de rebajarlo?). En Zamora, el menú del día, además de raro, era dos euros más caro de lo habitual. En Mérida, más de lo mismo: el café en el bar de al lado del trabajo sube veinte céntimos, por la subida del precio de la leche, según el tipo de la barra. Si un litro de leche vale veinte céntimos más, ¿cuanto se puede subir el precio de cada cortado, sin que se te subleve la clientela? La tostada, igual, veinte céntimos más por, imagino, el aumento en los precios del jamón de york. ¡Ah! y otro euro más en los menús del día en cualquier tugurio insalobre, por que el dueño sí que se da mano con las sumas, supongo.

Ya está decidido, voy a dejar esto de la informática, que aparte de ser vocacional y dar un puñado de alegrías contadas al lustro, poco más aporta y me voy a centrar en lo que, verdaderamente, tiene futuro: ministro de economía.

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