El sueño del mono loco Saliva, cinismo, locura, deseo…

un agujero en el suelo

Por fín se ha terminado, por fín puedo hacer otras cosas en vez de estar llendo de un sitio a otro a carreras, a la trágala como dicen allá arriba, por fín se han quedado atrás el examen oral de inglés, los mil trescientos ordeñadores del trabajo que odian, aborrecen y torturan a sus correspondientes impresoras y la búsqueda de piso, fraticida, casi dolosa en que nos hemos embarcado eme y yo.

Normalmente ya es dificil encontrar un piso que, más o menos, tampoco hay que ser muy puntillosos, se acomode dentro de la idea que todos tenemos dentro. Porque no hay instinto hogareño, por muy profundo e indómito que sea, que resista dos visitas a Ikea sin aflorar, sin emitir juicios acerca de las cortinas, los muebles e incluso, la tapicería del sofá. Por eso, el saber cómo vas a amueblar el piso, un hueco, un espacio que ni es tuyo ni has encontrado y, maldita sea mi suerte, parece que tardarás en encontrar, no es de mucha ayuda y sí de bastante incordio.

eme y yo hicimos lo único que se nos ocurrió: poner topes, límitaciones a todo para conseguir una idea, un esbozo de casa, de espacio, amorfo y sin colores pero bien acotado, con las medidas, los volúmenes y las formas claras, con la lista completa de lo que es indispensable y lo que sería bonito que tuviese, con los sueños y las realidades. Al final, le pusimos precio.

Y en esas estamos, dividiendo las semanas en viernes, mañanas de sábados y los demás días, aquellos en que no hacemos la ruta de las inmobiliarias, como almas en pena, mirando, comentando, negando con la cabeza y así una tras otra, como hormigas siguiendo el mismo rastro.

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