un puñado de excepciones

Creo que fue a los ocho o nueve años cuando me di cuenta de que mis padres, mis abuelos y todas aquellas personas que eran importantes en mi joven vida, morirían un día. Tengo entendido que el conocimiento y aceptación de la muerte en la infancia ocupa varios capítulos en los libros de psicología y, la verdad, es que entiendo el porqué. Cuando eres pequeño, los padres son inmortales y justos y los abuelos, pozos de sabiduría y consentimiento. Crees que no les puede pasar nada, que no se harán mayores ni envejecerán a la par que tú y que estarán siempre ahí, cuidándote, guiándote.

Es ley de vida, dicen, que uno les sobreviva pero la mayoría de las veces lo único que uno quiere es que la vida y la naturaleza hagan un puñado de excepciones, puede que seis u ocho. Porque, seamos claros, todos tenemos una lista de personas sin las que vivir deja de ser un verbo para ser una maldición. Y, lo más jodido de todo, es que en esa lista siempre hay personas que no son padres ni abuelos.

Este texto está dedicado a Geli, a Ramón, a Alberto y a Betsi; a todos los que tenían a Carmina en sus listas. Y a los que integran la mía.

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