Uscita lato destro

Roma es una de esas ciudades con demasiadas historias a cuestas para que un turista sienta fuerzas de conocer la mayoría. Mil veces destruída y otras mil veces construída, la ciudad ha sabido emerger sobre el pavimento con esa mezcla de caos e Historia (con mayúsculas, que estamos hablando de la ciudad eterna) que resulta tan embriagadora. La ciudad dispone de todos lo necesario para encandilar, uno por uno, a cuantos turistas pisan sus calles. Infinidad de monumentos, pequeñas historias de gente que lleva siglos muerta, lugares emblemáticos gracias al cine y un sinfín de personajes poblando sus calles la convierten en un sitio atractivo y peculiar.

Hace algún tiempo leí, en una de esas columnas de diario que te ilumina la vida, que en la actualidad las personas no viajamos para aprender ni para observar otras culturas. Hoy en día, el turista medio viaja para ver si los monumentos que venían en el catálogo de la agencia de viajes están donde se supone que estarían. Uno no visita el Coliseo de Roma para admirar su grandeza, sus medidad de coloso ni para imaginar cómo se vería lleno. No. Uno viaja para ver si, saliendo de la estación de metro Colosseo, junto al circo romano, el Palatino y el Foro itálico, están un montón de piedras formando una elipse. Por eso esta ciudad es tan especial, porque los catálogos siguen teniendo la razón.

Todo en Roma es turismo, respira turismo y vive del turismo. Imagino que, como en todas partes, habrá muchos más negocios pero, la cara que muestra al visitante está volcada con el turismo de masas. De día y de noche, las calles más céntricas de la cuidad se llenan de gentes de mil países, armados con cámaras digitales y fajos de euros, en busca de una verdadera experiencia turística. Rosas bañadas en la Fontana de Trevi, Polaroids con tu cara quemada por el flash y Neptuno ilegible en la distancia, camisetas con declaraciones de amor a la ciudad e, incluso, artilugios voladores luminiscentes pueblan las manos y las mochilas de la gente. Muchas de esas personas, ávidas de material digital que llevar a sus casas, filman y fotografían todo aquello que esté fabricado en mármol, el material de los Emperadores y los Papas. La estupidez llega al punto de fotografiar cualquier estatua, cuadro, tapiz o mosaíco que hay en los Museos Vaticanos, de camino a la Capilla Sixtina y, como no dejan tomar fotos en el lugar más visitado del museo y el techo está muy alto, levantar un par de veces la vista y salir corriendo hasta el McDonalds más cercano.

Por mi parte, adoro el lado más serio de todo cuanto se puede ver en la ciudad pero también me encantar perderme entre el gentío, sentirme un turista más y saber que, momentaneamente, mis euros y mi cámara de fotos está a salvo entre el gentío. Esto ocurre, normalmente, al caer el sol, tras haber caminado demasiado, haber vuelto a vivir retazos de la infancia, cuando recorrí la ciudad con dos profesores de historia y cuando, por enésima vez, eme me suplica que deje de hacer fotografías a un pedazo de mármol que tiene quinientos años.

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