vuelta a las aulas

Acabo de regresar de mis primeras lecciones universitarias tras cinco años y, la verdad, es que lo me han soprendido gratamente. Decía Murphy (cabrónconpintas) que si algo puede salir mal, saldrá mal y así pintaba mi vuelta a las aulas. Me he matriculado de seis asignaturas que, aunque son muchas, son las mínimas necesarias cuando aspiras a que te concedan una beca y tengo la impresión de que, o me la dan este año, o no me la concederán nunca. El año que viene ya me conocerán y será demasiado tarde. Además, con el cuento de las convalidaciones, no había suficientes asignaturas en primero que pudiese coger, así que he optado por las tres que consiguieron hacer de mi paso por la universidad una obsesión recurrente: álgebra, análisis matemático y física. Y como Murphy (malditoengendro) sigue teniendo ese sofisticado sentido del humor, me las plantaron el primer día de las clases, durante las tres primeras horas.

Lo cierto es que me hicieron dudar. No sabía si ir a las clases o dejarlas de lado, temeroso de encontrarme con el plantel de profesores que tenía en Gijón, Belén, Poli y compañía (al de análisis le dediqué un cuento titulado Asesino en serie). El hecho de que te suelten un chorro de letras y números griegos, sin respirar y te pidan que lo entiendas, me sigue abrumando.

Pero no, mi profesor de álgebra y análisis matemático es un tópico con patas, con su ropa arrugada, su afán de enseñar y una facilidad increible para hacerse entender. Una clase magistral, sin duda. En menos de una hora se había asegurado mi asistencia anual.

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