bibliotecas y cánones

Crecí en una biblioteca, huyendo de otros críos que, probablemente, sólo abrirían un libro para calentarse las manos en un día frío y húmedo. Las estanterías llenas de libros, los lomos gastados y mil veces pegados con celofán, las salas tranquilas y vacías, con los cuatro o cinco de siempre, todos más mayores que yo, leyendo el periódico u ojeando algún volumen mientras te siguen de reojo, el silencio, la paz que siempre se respira, todo eso es lo que convierte ese lugar lleno de cosas, de libros, en un espacio sacrosanto.

Recuerdo con mucha nitidez la tarde que mi madre nos llevó, al hermanín y a mí a la biblioteca para ver, me imagino, si saciaba algo del hambre de libros que tenía y con la vaga esperanza, creo, de que tanta página me atontase. Por eso me llamó la atención que la señora que nos hizo el carné (el 336, mi primer número identificativo importante), nos repasó las normas de memoria y, en ningún momento, lo recuerdo claramente, dijo que tuviésemos que pagar nada por aprender, por vivir vidas ajenas, por crecer.

La cultura es uno de los bienes más preciados y más exiguos que existen, es un bien volátil y trabajado, hacen falta años de estudio, de lectura, noches enteras frente a libros más grandes que uno mismo para poder llegar a sentirse parte de la cultura, un poco culto aunque no mucho y lo que ahora pretenden es vetar el acceso a ese bien, que haya que sacar la cartera cada vez que un chaval se pase por una biblioteca y quiera sacar un libro o un tebeo y eso, esa necesidad de cobrar por todo es, simplemente, vergonzosa.

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