conozco ese sentimiento

El tubo de la ventilación arrastra el sonido sordo y llorón de una trompeta que ejecuta con solvencia un jazz, un par de pisos por debajo. Sólo oigo el lamento dulce del instrumento y, durante unos instantes, me dejo arrastrar por las notas. No es muy habitual, al menos en mi edificio, que te regalen los oídos con un buen tema musical mientras estás sentado en el váter. Lo normal es que te bombardeen con algún tipo de ruido blando o rap repetitivo y cruel, más acorde al sitio y al momento. Sonrío y me pongo a pensar cual sería la mejor música para acompañar un momento como éste. Definitivamente, una música como aquel jazz, seco y dulce, no le pega al momento. Más bien algún tema comercial, algo de uno de esos cantantes sin apellidos de revista adolescente o, quizá no, quizá algo con más ritmo, puede que un tema techno, machacón y repetitivo hasta el infarto.

En el patio de vecinos, una manada de niños juegan a perseguirse entre ellos. Las niñas del grupo, más lentas, chillan mientras corren y chillan más cuando son alcanzadas. Los niños, más ágiles, chillan mientras corren y algunos lloran al ver cómo les alcanza una niña. Los chillidos que indican una nueva víctima del juego llegan claros, a pesar de las ventanas cerradas. Una tarde, no hace mucho tiempo, me pasé dos horas viendo cómo esos pequeños monstruos iban de un lado a otro, entre gritos y amenazas. Sólo sabían hablar a gritos y pegarse. Chillar, correr y cambiar el sentido del giro en aquel patio cuadrado. Recuerdo que me fascinó la simpleza de su mundo, el correr hasta terminar sin aliento y los continuos comienzos con cada nuevo perseguidor. Añoré esa facilidad para vivir, ese mundo sencillo donde sólo hay que respirar, gritar y correr un poco más rápido que otro. Ahora mismo está oscureciendo y, poco a poco, sus gritos desaparecerán en los interiores de las casas, para dejar paso a las motos sin tubos de escape. Es ley de vida. Me aterra pensar que los monstruos que corren por el patio hoy, serán los pilotos de competición que no sabrán que eso que llaman moto tiene que llevar un tubo de escape, mañana.

La boca me sabe a miedo, a asco y saliva seca. Conozco ese sabor amargo al final del paladar. También conozco ese exagerado peso que cargan mis hombros desde hace meses. Poco a poco, como en un despertar, he ido dándome cuenta de todos los pequeños síntomas que recubren ésta enfermedad vieja y conocida. El sabor amargo de la mierda ajena, el peso que todas las mañanas cae sobre mis hombros, nada más salir de casa, con una extraña familiaridad y el mutismo creciente, las pocas ganas de hablar con nadie, me dibujan un cuadro que ya conozco. Me reconozco en el cuadro, me miro y sé que soy yo. Veo un yo olvidado que ha vuelto. Conozco ese sentimiento, esa pesadumbre y sé qué lo causa. Reconozco, a través de los años, la misma sensación de cansancio y hartazgo, el horizonte bajo y cercano que dibuja un paisaje sin esperanza ni visos de mejora. Fue el mismo paisaje que me trajo a Extremadura. En aquella ocasión aprendí que los cambios de aires solucionan estos dilemas.

Cabeceo un poco mientras miro el libro languidecer entre mis manos. Apenas si me he dado cuenta de que los estoy sujetando. No he leído más que unas líneas de las que no recuerdo nada. Lo cierro y lo dejo en la estantería. La música hace rato que enmudeció y la ventilación sólo trae los rumores físicos de otra gente, en otros pisos. Los niños poco a poco se van calmando, agotados tras un día entero persiguiéndose y el día cae, junto a mi ánimo, a algún rincón oscuro a pasar la noche.

Mañana, más tranquilo, probablemente lo vea todo de forma diferente. Hoy, harto, no creo que haya nada que justifique el esfuerzo de levantarse de la cama cada mañana.

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