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más pan, más circo

Nos pidieron, en el taller de escritura, redactar una carta al director del diario La Nueva España, con la idea de que se publicase. Como la mía no fue publicada y ya no tengo esperanzas de que lo sea, la pongo aquí. Un aviso: va sobre fútbol.

Más pan, más circo

Junto con las últimas noticias sobre el incremento del número de parados, la ausencia del Presidente de Estados Unidos de un cumbre en Madrid y el inicio del fin de una serie de televisión ha pasado, casi de puntillas, la decisión de una asamblea futbolísticas de aumentar el número de partidos de éste deporte que se jugarán cada semana. La próxima temporada, según este anuncio, se jugará un partido de fútbol de primera división los lunes y otro, de segunda, los viernes, lo que unido a los que ya había los martes, miércoles, jueves, sábados y domingos, conseguirán que haya fútbol todos y cada uno de los días de la semana. Y eso sólo si la temporada es regular, es decir, que en caso de campeonatos, mundiales y demás excepciones, sólo quedarán quince días al año sin el deporte rey.

Los romanos, que si de algo sabían era de solucionar crisis por la vía rápida, aplicaban el dicho de pan y circo. Cuando el pueblo pasaba penurias y para evitar sublevaciones, el emperador de turno les daba un poco de pan para saciar el hambre y un poco de circo para entretener la cabeza. Si el estómago no gruñe demasiado y los gladiadores te entretienen, no piensas en tus problemas.

Algo parecido han debido pensar en los altos estamentos del fútbol porque, al aumentar el número de funciones de circo y extenderlas prácticamente todo el año, parece que quieren hacernos olvidar lo perversa y dura que resulta la realidad y, de paso, ayudar al emperador para que no tenga que preocuparse, además, por un pueblo soberano y sublevado

relato: veinticuatro horas menos de exposición

Otro ejercicio más del taller, ésta vez un diálogo que narre la discusión de una pareja, en pleno atasco por la nieve.

–Espera un momento, no cambies de cadena, quiero escuchar el parte.
–¿Para qué? Ya sabes que habrá nieve.
–Si, pero a lo mejor nos enteramos si hay caravana. Todavía estamos a tiempo de subir por Pajares y evitar colas y atascos. Acuérdate del año pasado y las tres horas que nos pasamos mirando al coche de al lado.
–No creo que este año nos libremos tampoco.
–Cállate un momento.
–Sabes que no me gusta que…
–¡Un momento! Joder, casi ni me entero. Vale. No hay caravana, podemos tirar por la autopista.
–No me gusta que me mandes callar. Últimamente lo haces cada vez más.
–No, no creo.
–Si, sí que lo haces. Ya ni tan siquiera disimulas.
–No es verdad. No quiero mandarte callar, pero quería escuchar la radio y no parabas de hablar. No lo haré más, ¿vale?
–A ver si es verdad.

–¡Mierda! Al final pillaremos la caravana.
–Vete más despacio, que hay muchos coches.
–Ya lo veo, ya lo veo.
–Cuidado con el coche rojo.
–Cálmate, ¿quieres? Estás un poco nerviosa.
–¿Otra vez me mandas callar? Ya sabía yo que no tardarías mucho.
–No, no es eso pero no hace falta que me digas cómo tengo que conducir. Ya sé lo que tengo que hacer y a qué coches mirar.
–Si, siempre con el mismo cuento. ¡No lo habías visto!
–¡Sí, sí lo había visto! Pero no conduzco mejor porque tú me grites órdenes al oído.
–¡Y ahora estamos parados! ¡Esto nos pasa por hacerte caso! ¡Siempre quieres apurar las vacaciones hasta el último día y luego pillamos todos los atascos!
–Va a ser mejor tu idea de salir un día antes, perder ese día de vacaciones, sólo por poner lavadoras y limpiar la casa. ¡No me hagas reír!
–¡No tenemos que limpiar siempre!
–Siempre quieres limpiar. Mira, si quieres que salgamos un día antes, por mi de acuerdo. Pero para hacer algo, para gastar ese día como el último día de vacaciones, no para tener la sensación de haberlo desperdiciado haciendo cosas rutinarias. Si quieres, la próxima vez salimos el día anterior.
–¡Pero si nunca quieres salir antes! Hasta ahora no nos hemos montado en el coche antes de las cinco de la tarde. Y mañana al trabajo. ¡Esto no son vacaciones! ¡Yo así no descanso nada!
–Si descansas en las vacaciones, es que no han sido buenas vacaciones, ¿recuerdas? Eso decías tú.
–Ya. Habré madurado, supongo.
–¡Qué no mujer! Sigues siendo la misma.
–Si, seguro. La misma. La misma que hace cinco años pero con patas de gallo, arrugas, las tetas como las casas colgadas de Cuenca y qué se yo.
–No seas así. No tienes nada de eso. Has sabido envejecer.
–Espero que ese cuento te valga con todas, porque conmigo das en hueso.
–¡Hay que ver cómo eres!
–Ya.

–¿Por qué quieres que viajemos un día antes?
–Ya te lo he dicho.
–Si, pero no me has dado razones.
–Así evitaríamos los atascos.
–Eso sólo pasa en año nuevo. El resto de veces que subimos no pillamos nada.
–No me gusta dejar el piso tanto tiempo vacío. ¿Y si nos roban?
–No puedes estar hablando en serio.
–Completamente.
–Pues no me lo creo. Hace un par de años eras tú quien quería viajar a las nueve de la noche para aprovechar todo el tiempo posible en Gijón. ¿A qué viene ese cambio?
–¿No lo has notado?
–Notar, ¿el qué?
–Que tu madre no me traga.
–¡No digas chorradas! Mi madre, mi padre, mi familia entera te adora.
–Tu madre no. No me puede ver delante desde hace seis meses.
–¿Seis meses? No creerás que mi madre…
–Si, piensa que no soy suficientemente buena para tí.
–¿Qué dices? ¿Has perdido la cabeza?
–No.
–Mi madre nunca diría eso de tí. Yo no se lo permitiría.
–Lo sé y ella también, por eso no lo dice. ¿No has visto lo distante que está conmigo? ¿No has notado ninguna diferencia con las primeras veces que vine a tu casa? Entonces decías que ibas a ir con tu amiga Lucía y ahora, quien va contigo es Lucía, tu pareja.
–Mis padres saben lo que hay y no les importa. Les gustas, les gustas mucho. Recuerda que eres quien hace feliz a su hija.
–Tu padre sí, tu padre es un encanto y nos llevamos muy bien. ¡Hasta me ha dicho que no le haga mucho caso a tu madre! Pero tu madre… tu madre es fría conmigo. Creo que piensa que he sido yo quien ha convertido a su hijita, la perfecta, en lesbiana. A sus ojos soy una pervertida, alguien que no tiene derecho a estar contigo, ni mucho menos dormir con su niña y que, por supuesto, no tendría que salir a la calle.
–¡Otra vez con ese tema! A mi madre le costó entenderlo pero ya está. Lo entiende. Entiende que tú eres la persona con quiero estar, con quien comparto mi vida y ella no puede hacer nada por evitarlo. ¡Es mi vida! Con quien esté o mis preferencias sexuales no son de su incumbencia. Pensé que había quedado el tema zanjado. ¿Por qué te empeñas en revivirlo?
–No lo revivo. Nunca estuvo muerto. Contigo, tu madre te habla y te sonríe. En cuanto me mira a mí, cambia el gesto y su mirada se vuelve fría, afilada. Y las continuas referencias a Luis… ¡Joder! Ya quedó claro que le caía bien, que hasta le regalaba plantas pero los comentarios de ayer sobraban. No eres la única con ex novios, ¿sabes? El día menos pensado le hablo de Roberto, a ver si se calla un poco.
–Sí, estuvieron de más. Pero se lo dije, lo viste.
–Si, gracias. Tu padre también le dio un toque. Me sentí violenta, ¿sabes? No fue nada agradable.
–¿Por eso quieres volver el día anterior? Cariño, lo de mi madre no se cura con veinticuatro horas menos de exposición. La única solución sería no volver por allí.
–Pero tú no quieres, ¿o sí?
–No podría. Siguen siendo mis padres. No es tan fácil.
–Ya. Pero tendrá que cambiar. ¡Se mueve!
–¿Quién? ¿Mi madre?
–No, tonta, el coche de delante. Se mueve. ¡Tira!

el octavo número de la revista

Tenía que haber sido publicada ayer pero, a fuerza de empeñarme en hacer mil cosas a la vez, se me olvidó. El octavo número de la revista finalmente salió con dieciocho horas de retraso, algo imperdonable, pero salió. Se puede visitar en la página de El taller de las palabras.

En esta ocasión participo con el editorial y dos textos, uno en la sección de fotografía, titulado Anodina y otro en la sección de relatos, bajo el título de Dos días (que publiqué en el blog hace un par de semanas a modo de experimento). La mejor parte de meterse en estos lios es lo que enseñan. Hace un año ni me planteaba hacer un editorial y, ante el requerimiento de un amigo, se me antojó una misión compleja para la que no me sentía preparado. El de este número se escribió en poco más de diez minutos, de ahí su innegable calidad. 🙂

relato — dos días

La voz metálica del otro lado del teléfono fue clara: escóndete dos días, hasta las ocho de la tarde del jueves. No le digas a nadie dónde te metes, busca una pensión discreta, utiliza un nombre falso y paga en efectivo, nada de tarjetas. No hables con ningún familiar ni amigo. Pasadas cuarenta y ocho horas, vuelve a llamar a éste número y te iremos a buscar. Mantente atento, vigilante y se cauto. Nos vemos en dos días.

Estuvo vagando por el centro de la ciudad durante el resto del día, escogiendo con calma una pensión barata, anónima y donde no preguntasen demasiado. Cada cierto tiempo, con disimulo, observaba por encima del hombro a las personas que le rodeaban, intentando memorizar sus facciones, sus gestos y se preguntaba si ya lo estarían siguiendo. En su paranoia comenzó a temer a las sombras, a las figuras que aparecen un instante a sus espaldas y desaparecen para luego, unas calles más adelante, volverse visibles de nuevo. Se sentía observado, seguido, controlado en la distancia.

Continuó caminando por calles que no conocía, trazando grandes círculos para volver a la que consideró la mejor opción para esconderse. Era una pensión que ocupaba un edificio completo en un callejón perdido. No se anunciaba con paneles luminosos ni tenía grandes carteles en la fachada y únicamente una pequeña placa metálica en la puerta daba a conocer el establecimiento. La recepción y las habitaciones estaban situadas en la primera planta y se accedía a ella subiendo una escalera de madera de principios del siglo XX, empinada y ruidosa. Se quedó varios minutos en la calle, observando a todos los peatones y coches, tratando de reconocer alguna cara conocida. Sentía la proximidad de las sombras, se sabía seguido y observado y esperó frente a la pensión hasta estar seguro de que no lo habían seguido.

La dueña, extrañada, no dejaba de mirarle la cara, como si intentase averiguar los motivos que le llevaban a su pensión, a aquellas horas de la noche. Su cara y su aspecto le recordó al de un perro de presa, el instante anterior a saltar sobre un cuello ajeno. Se supo cansado y notó que apenas le quedaba paciencia para responder preguntas.

–¿Nombre?
–Antonio Gómez García–falso, tal y cómo le había dicho la voz del teléfono. Ni él hizo el amago de sacar el DNI, ni la señora de pedirlo.
–¿Cuántas noches se va a quedar?
–Dos.
–¿Quiere que la habitación tenga baño o que sea compartido?
–Con baño.
–¿Quiere ropa de cama? Hay que pagar un suplemento.
–Si, con ropa de cama.
–En total, son veintiocho euros.

La habitación, situada al final del pasillo por petición suya, era pequeña y estaba limpia. La cama, grande y mullida, ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Instintivamente fue hasta la ventana y observó un instante la calle, intentando encontrar alguna de las caras que había memorizado durante el paseo. Después, corrió completamente las cortinas.

Comprobó el funcionamiento de la cerradura y trató de abrir de la puerta por la fuerza, sin éxito. Tras unos cuantos intentos, situó la mesita frente a ésta, colocó entre ambas una botella de cristal vacía en equilibrio y comprobó que se caía al menor intento de forzar la entrada.

Sobre la cama colocó los objetos que había comprado en una diminuta tienda regentada por chinos: algo de comida, tres paquetes de pilas, desodorante, un par de mudas, una baraja y un reloj despertador de cuerda.

El nuevo móvil de tarjeta y el arma, amartillada y sin seguro, los posó sobre una silla al lado de la cama.

Dos días, se dijo entre dientes. Sólo dos días.

El resto, el próximo día 13 de octubre de 2009, con la publicación del octavo número de la revista del taller.

relato: el reflejo

Los recuerdos le devolvían una imagen diferente desde la ventana. Era él treinta años más joven y estaba viajando con su abuelo en su primer viaje en tren. El vagón era diferente, olía a madera y aceite de motor y el aire que entraba por la ventanilla abierta era sofocante. Su abuelo estaba sentado frente a él y le hablaba muy serio. Le trataba como a un adulto, pese a sus diez años y eso le hacía sentir especial, invencible. Treinta años más tarde, aquel recuerdo dibujó la única sonrisa en el viaje de vuelta a casa.

Escrito para un concurso de la web Renfe.es, con el lema “El tren y el viaje”, el 14 de mayo de 2009. Debía tener 99 palabras, título incluído.