el taller de las palabras

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relato: decrepitud

Este es el texto que aporté al libro «Cuentos y reencuentros», allá por 2009. Lo tenía completo en la web del taller de las palabras pero desde que desmonté la web no aparecía por ningún sitio. Aquí, en el único sitio que no desmantelaré nunca, estará seguro.

Decrepitud

Las manos del peluquero movían las tijeras y el peine a una velocidad endemoniada, justo al lado de su oreja derecha. Tras el susto inicial y todavía con la breve sensación de angustia al recordar las gafas de Matías, de cristales gruesos y manchados, Antonio se relajó. Matías llevaba cortándole el pelo desde que era pequeño y nunca le había cortado nada que no quisiera.

A pesar de vivir en la otra parte de Madrid, Antonio seguía yendo por su barrio para realizar ciertas tareas. Cortarse el pelo era una de ellas, el ritual que más veces le conseguía devolver a las calles de su niñez y de las que ahora renegaba. El resto de obligaciones sólo le llevaban de vuelta al barrio una o dos veces al año y nunca solía implicarse tanto. Con toda la pasta que me dejo en esta peluquería, pensó, Matías debería haberla modernizado un poco. Sigue igual que en los años cincuenta.

–Tu padre ha vuelto a preguntar por ti.

Matías le miraba sobre los cristales sucios de sus gafas mientras lo decía. Estaba frente a él, sujetándole la cabeza y examinando cada cabello del lado derecho. Por su cara se diría que estaba examinando una obra de arte, concentrado y pensativo. Emitió un quejido, se volvió a por sus instrumentos y, con un ligero golpe de la mano le obligó a mirar hacia la izquierda. Mientras pensaba en una respuesta, Antonio sintió la cuchilla de barbero modelar su patilla derecha.

–Dile que me has cortado el pelo, que estoy bien y que no se preocupe.

Por un momento, dudó si repetir lo dicho. El peluquero no había dado signos de haber oído su respuesta. Finalmente, Matías asintió rápidamente con la cabeza, entre dos tijeretazos. Mensaje recibido.

Salvo el sonido afilado de las tijeras, no hubo nada más que silencio entre ellos dos, hasta que Matías terminó con la parte derecha de su cabeza, casi diez minutos después. Y por segunda vez volvió a plantarse frente a Antonio para contemplar la evolución de su obra. Aprobó su trabajo con un chasquido de la lengua y le dio otro golpe, más duro esta vez, en el lado derecho de la cabeza. Sintió el frío acero de las tijeras sobre su oreja izquierda.

–Últimamente está muy cascado. Ha envejecido de repente diez o quince años en unos meses.

Antonio arrugó el entrecejo. No había visto a su padre desde hacía diez años y la imagen que tenía de él no era la que contaba el peluquero. En sus recuerdos, su padre seguía siendo el ser despótico y cruel que le echó de casa al no poder domarlo. Los años no habían dulcificado un ápice su rostro ni sus gestos y, por supuesto, seguía viéndolo mucho más grande, más voluminoso de lo que realmente era. Y esa imagen, diez años después, todavía le aterraba. No podía pensar en su padre como de alguien cercano, porque nunca lo fue; no podía verle con respeto, porque nunca se lo ganó; y no podía sentir piedad porque él nunca la sintió.

–Seguro que no es nada. Siempre ha sido fuerte. Será un bache, o un catarro mal curado.

No era más que un burdo intento de hacerle olvidar el tema y Antonio lo sabía. Su padre siempre había sido fuerte, tanto en carácter como en figura, sus riñas y gritos habían sido una constante durante años en ciertas calles y locales y, por lo visto el peluquero había notado su decrepitud. Ya no se toma la molestia de mantener su imagen intacta, pensó Antonio. Él, que ponía su honra y su imagen de hombre por encima de todo y ante todos, ya no era capaz de mantener la farsa en pie.

Matías llevaba un rato enfrascado en hacer reconocible su patilla izquierda, trasquilada por error una mañana que llegaba tarde a la ruta. Le estaba costando más tiempo del debido y se estaba impacientando, se veía en sus gestos, cada vez más marcados y secos. Cuando hubo terminado, dejó los útiles sobre la encimera y se puso frente al camionero, mirando aviesamente a cada uno de los lados de su cabeza, comparando. Antonio vio como abría la boca y supo que su padre no se había ido nunca del local.

–Está jodido, y mucho. La otra noche, Blas se lo cruzó en el puente de la autovía, apoyado en la barandilla y mirando los coches pasar. Lo vio tan mal que lo acompañó hasta su casa, por miedo a que se tirase. Si eso no es estar jodido, ya me dirás qué lo es…

–Matías, el viejo está bien. Siempre le gustó llamar la atención, ya lo sabes.

Suficiente por hoy, pensó Antonio. Una cosa es que le cuente cómo estoy y otra es que tenga que sentirme mal por el viejo cabrón.

–¿Te falta mucho? Llego tarde a un sitio.

–En dos minutos está.

El peluquero recuperó su peine y sus tijeras de la encimera y le perfiló el cuello con una destreza y una velocidad desconocidas aquella tarde. Tenía ganas de hablar, concluyó Antonio. Tenía que joderme el día.

Justo antes de terminar, Matías arañó ligeramente la piel de la parte posterior de la oreja izquierda, sin sangre pero con un enorme picor. Se disculpó, dijo que no sabía que le pasaba en la mano, que ya no tenía el pulso como antes, que la edad no perdona y Antonio, con prisa, le interrumpió extendiéndole un billete de veinte euros.

–No importa. Si no me lo dices, ni me entero. Cóbrate, Matías, que voy pillado.

Cabrón. Joder si se nota, ha debido meterme la cuchilla hasta el mango. Nunca corta nada que no quiera, recordó, y esta vez sí había querido. Matías lo vio salir con prisas y desaparecer tras la esquina y sonrió socarronamente mientras encendía un Ducados. El metro, a la derecha; la casa de su padre, a la izquierda, por donde había ido Antonio, con su andar patizambo.

máquinas de escribir

El fin de una era: cierra la última fábrica de máquinas de escribir del mundo

Como a muchos otros de mi generación, me regalaron una cuando hice la primera comunión. Como muchos otros de mi generación, no recuerdo cuando fue la última vez que utilicé una.

En Microsiervos.

Lo leí ayer y, sin quererlo, recordé un texto que escribí para el taller de escritura titulado Olivetti Lettera 32.

Un estuche verde, semirígido y con una cremallera negra y brillante no era uno de esos objetos que un niño pequeño y curioso dejaría pasar sin más. Además, mi madre guardaba aquel precioso estuche en el cajón los papeles de papá, en el centro del mueble del salón. Eran demasiados privilegios para un simple estuche verde, que dormitaba rodeado de papel de cartas, sobres, sellos y documentos variados. Los niños teníamos prohibido abrir aquella puerta pero, la sola presencia de la caja verde, con aquella extraña inscripción metálica, compensaba el posible castigo. La chapa metálica, mitad negra, mitad blanca, tenía escrita la leyenda Olivetti Lettera 32 en brillantes letras blancas y negras. Hasta años después de aquella tarde de invierno, no conocería el significado de las mismas, aún habiéndolas leído miles de veces.

Más en Olivetti Lettera 32.

relato: la ronda

Escrito para el décimo número de la revista digital de El taller de las palabras.

La ronda

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog
Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

relato: Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Otro relato para el taller de las palabras que, en esta ocasión, debe comenzar por la frase que inicia La pasión turca, de Antonio Gala. Escrito para el noveno número de la revista digital de El taller de las palabras.

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Y, aunque lo parezca, no es un ejercicio difícil de conseguir. Luego siempre está la realidad, terca y obstinada que nos abofetea una y otra vez con una imagen más verídica y menos edulcorada de lo nos gustaría.

Creía que mi matrimonio, tan cargado de momentos emotivos, sencillos y sentidos, había alcanzado su plenitud tras diez años de convivencia. Arturo, mi marido, despertaba mis instintos y mi cariño, casi sin proponérselo y lo invadía todo con su calma y sosiego. La rutina, que en otras épocas había sido mi gran enemigo, caminaba a mi lado día tras día.

Creía en esa alianza, ciegamente, hasta que Natalia me dijo que se separaba. Lo decía sin acritud, sin pasión, ni ira. Me lo explicó todo tomando un café a la salida del trabajo. Luis, su marido, se había acomodado, se había olvidado de ella, de sus necesidades e inquietudes y había empezado a considerarla como un añadido más de la casa. Exactamente como el añadido que plancha, cocina y nunca dice nada.

–Creo que empezó a acostumbrarse a que trabajase dentro y fuera de casa y al polvo insípido de los sábados por la noche. Creo que, desde hace un par de años me confunde con el robot de cocina. No queda en él nada de aquella pasión, de aquella locura constante con que venía día tras día, al principio.

Sólo hicieron falta dos cafés más con Natalia, capuchinos, con un dedo de espuma y dos de azúcar, para que mi plácida vida sintiese moverse el suelo por debajo. Dos cafés y la venda cayó de un golpe. Arturo se había acostumbrado a mí y ya no luchaba por mantenerme junto a él.

Prueba, me dijo Natalia. Quita todas las respuestas automáticas, esas que no aportan nada y te dan una contestación para quitarte del medio. Ahora, quita también los besos en la frente, esos que ya nacen vacíos. También elimina los arrumacos y los cariños que no son sentidos, aquellos forzados y sosos. Bien, ¿qué te queda? ¿Cuándo fue la última vez que tu marido te dijo algo bonito desinteresadamente?

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho.

Lo dejé. Dejé de sentir un cariño y un amor ciegos por él. Dejé de creer que mis instintos despertaban por un poco de sexo fácil y cómodo, un domingo por la mañana al mes. Dejé de creer que todo en él era calma y sosiego y empecé a darme cuenta que siempre había sido un vago y un conformista. Dejé de creer en una rutina común para empezar a sentir el abismo frente a mí.

Y, finalmente, le dejé un domingo por la mañana, después de un rato soso y aburrido de mal sexo.

más pan, más circo

Nos pidieron, en el taller de escritura, redactar una carta al director del diario La Nueva España, con la idea de que se publicase. Como la mía no fue publicada y ya no tengo esperanzas de que lo sea, la pongo aquí. Un aviso: va sobre fútbol.

Más pan, más circo

Junto con las últimas noticias sobre el incremento del número de parados, la ausencia del Presidente de Estados Unidos de un cumbre en Madrid y el inicio del fin de una serie de televisión ha pasado, casi de puntillas, la decisión de una asamblea futbolísticas de aumentar el número de partidos de éste deporte que se jugarán cada semana. La próxima temporada, según este anuncio, se jugará un partido de fútbol de primera división los lunes y otro, de segunda, los viernes, lo que unido a los que ya había los martes, miércoles, jueves, sábados y domingos, conseguirán que haya fútbol todos y cada uno de los días de la semana. Y eso sólo si la temporada es regular, es decir, que en caso de campeonatos, mundiales y demás excepciones, sólo quedarán quince días al año sin el deporte rey.

Los romanos, que si de algo sabían era de solucionar crisis por la vía rápida, aplicaban el dicho de pan y circo. Cuando el pueblo pasaba penurias y para evitar sublevaciones, el emperador de turno les daba un poco de pan para saciar el hambre y un poco de circo para entretener la cabeza. Si el estómago no gruñe demasiado y los gladiadores te entretienen, no piensas en tus problemas.

Algo parecido han debido pensar en los altos estamentos del fútbol porque, al aumentar el número de funciones de circo y extenderlas prácticamente todo el año, parece que quieren hacernos olvidar lo perversa y dura que resulta la realidad y, de paso, ayudar al emperador para que no tenga que preocuparse, además, por un pueblo soberano y sublevado

relato: veinticuatro horas menos de exposición

Otro ejercicio más del taller, ésta vez un diálogo que narre la discusión de una pareja, en pleno atasco por la nieve.

–Espera un momento, no cambies de cadena, quiero escuchar el parte.
–¿Para qué? Ya sabes que habrá nieve.
–Si, pero a lo mejor nos enteramos si hay caravana. Todavía estamos a tiempo de subir por Pajares y evitar colas y atascos. Acuérdate del año pasado y las tres horas que nos pasamos mirando al coche de al lado.
–No creo que este año nos libremos tampoco.
–Cállate un momento.
–Sabes que no me gusta que…
–¡Un momento! Joder, casi ni me entero. Vale. No hay caravana, podemos tirar por la autopista.
–No me gusta que me mandes callar. Últimamente lo haces cada vez más.
–No, no creo.
–Si, sí que lo haces. Ya ni tan siquiera disimulas.
–No es verdad. No quiero mandarte callar, pero quería escuchar la radio y no parabas de hablar. No lo haré más, ¿vale?
–A ver si es verdad.

–¡Mierda! Al final pillaremos la caravana.
–Vete más despacio, que hay muchos coches.
–Ya lo veo, ya lo veo.
–Cuidado con el coche rojo.
–Cálmate, ¿quieres? Estás un poco nerviosa.
–¿Otra vez me mandas callar? Ya sabía yo que no tardarías mucho.
–No, no es eso pero no hace falta que me digas cómo tengo que conducir. Ya sé lo que tengo que hacer y a qué coches mirar.
–Si, siempre con el mismo cuento. ¡No lo habías visto!
–¡Sí, sí lo había visto! Pero no conduzco mejor porque tú me grites órdenes al oído.
–¡Y ahora estamos parados! ¡Esto nos pasa por hacerte caso! ¡Siempre quieres apurar las vacaciones hasta el último día y luego pillamos todos los atascos!
–Va a ser mejor tu idea de salir un día antes, perder ese día de vacaciones, sólo por poner lavadoras y limpiar la casa. ¡No me hagas reír!
–¡No tenemos que limpiar siempre!
–Siempre quieres limpiar. Mira, si quieres que salgamos un día antes, por mi de acuerdo. Pero para hacer algo, para gastar ese día como el último día de vacaciones, no para tener la sensación de haberlo desperdiciado haciendo cosas rutinarias. Si quieres, la próxima vez salimos el día anterior.
–¡Pero si nunca quieres salir antes! Hasta ahora no nos hemos montado en el coche antes de las cinco de la tarde. Y mañana al trabajo. ¡Esto no son vacaciones! ¡Yo así no descanso nada!
–Si descansas en las vacaciones, es que no han sido buenas vacaciones, ¿recuerdas? Eso decías tú.
–Ya. Habré madurado, supongo.
–¡Qué no mujer! Sigues siendo la misma.
–Si, seguro. La misma. La misma que hace cinco años pero con patas de gallo, arrugas, las tetas como las casas colgadas de Cuenca y qué se yo.
–No seas así. No tienes nada de eso. Has sabido envejecer.
–Espero que ese cuento te valga con todas, porque conmigo das en hueso.
–¡Hay que ver cómo eres!
–Ya.

–¿Por qué quieres que viajemos un día antes?
–Ya te lo he dicho.
–Si, pero no me has dado razones.
–Así evitaríamos los atascos.
–Eso sólo pasa en año nuevo. El resto de veces que subimos no pillamos nada.
–No me gusta dejar el piso tanto tiempo vacío. ¿Y si nos roban?
–No puedes estar hablando en serio.
–Completamente.
–Pues no me lo creo. Hace un par de años eras tú quien quería viajar a las nueve de la noche para aprovechar todo el tiempo posible en Gijón. ¿A qué viene ese cambio?
–¿No lo has notado?
–Notar, ¿el qué?
–Que tu madre no me traga.
–¡No digas chorradas! Mi madre, mi padre, mi familia entera te adora.
–Tu madre no. No me puede ver delante desde hace seis meses.
–¿Seis meses? No creerás que mi madre…
–Si, piensa que no soy suficientemente buena para tí.
–¿Qué dices? ¿Has perdido la cabeza?
–No.
–Mi madre nunca diría eso de tí. Yo no se lo permitiría.
–Lo sé y ella también, por eso no lo dice. ¿No has visto lo distante que está conmigo? ¿No has notado ninguna diferencia con las primeras veces que vine a tu casa? Entonces decías que ibas a ir con tu amiga Lucía y ahora, quien va contigo es Lucía, tu pareja.
–Mis padres saben lo que hay y no les importa. Les gustas, les gustas mucho. Recuerda que eres quien hace feliz a su hija.
–Tu padre sí, tu padre es un encanto y nos llevamos muy bien. ¡Hasta me ha dicho que no le haga mucho caso a tu madre! Pero tu madre… tu madre es fría conmigo. Creo que piensa que he sido yo quien ha convertido a su hijita, la perfecta, en lesbiana. A sus ojos soy una pervertida, alguien que no tiene derecho a estar contigo, ni mucho menos dormir con su niña y que, por supuesto, no tendría que salir a la calle.
–¡Otra vez con ese tema! A mi madre le costó entenderlo pero ya está. Lo entiende. Entiende que tú eres la persona con quiero estar, con quien comparto mi vida y ella no puede hacer nada por evitarlo. ¡Es mi vida! Con quien esté o mis preferencias sexuales no son de su incumbencia. Pensé que había quedado el tema zanjado. ¿Por qué te empeñas en revivirlo?
–No lo revivo. Nunca estuvo muerto. Contigo, tu madre te habla y te sonríe. En cuanto me mira a mí, cambia el gesto y su mirada se vuelve fría, afilada. Y las continuas referencias a Luis… ¡Joder! Ya quedó claro que le caía bien, que hasta le regalaba plantas pero los comentarios de ayer sobraban. No eres la única con ex novios, ¿sabes? El día menos pensado le hablo de Roberto, a ver si se calla un poco.
–Sí, estuvieron de más. Pero se lo dije, lo viste.
–Si, gracias. Tu padre también le dio un toque. Me sentí violenta, ¿sabes? No fue nada agradable.
–¿Por eso quieres volver el día anterior? Cariño, lo de mi madre no se cura con veinticuatro horas menos de exposición. La única solución sería no volver por allí.
–Pero tú no quieres, ¿o sí?
–No podría. Siguen siendo mis padres. No es tan fácil.
–Ya. Pero tendrá que cambiar. ¡Se mueve!
–¿Quién? ¿Mi madre?
–No, tonta, el coche de delante. Se mueve. ¡Tira!