relato – mezquino

Para el taller, mil palabras sin usar adjetivos y con tema libre. Nunca he podido hacer un diálogo medianamente decente así que, sin pensarlo demasiado, me lancé a la piscina. Sí, el tema está muy trillado pero, sin adjetivos y sin práctica, mejor era pisar terreno conocido.

Mezquino

–Patri, tienes el café sobre la mesa. No olvides tomarte las pastillas.
–Héctor, siéntate.
–Me tengo que ir, que nos han puesto una reunión a las nueve.
–Héctor, siéntate, por favor.
–De acuerdo pero no puedo quedarme mucho tiempo.
–Esta noche, cuando vuelvas del trabajo, tendrás la cena en la nevera, pero yo no estaré aquí.
–¿Vas a salir?
–No Héctor, me voy.
–¿Qué? ¿A dónde vas?
–Me voy. De esta casa, de esta vida, de tu vida. No sé adonde, sólo sé que me voy.
–No puedes. No puedes irte. ¿Dónde te vas?
–Ya te he dicho que no lo sé. Y sí puedo irme, aquí no me retiene nada.
–¡Estoy yo! ¡Yo te retengo! Tengo que significar algo para tí.
–Significaste, en pasado, y mucho, pero fue hace demasiado tiempo. Tanto que ya ni me acuerdo. Mira Héctor, lo he estado pensando durante el último año y, poco a poco, he ido descartando todas las soluciones hasta quedarme con ésta. No significa que te quiera menos, te sigo queriendo, pero no vamos a ninguna parte. Nos hemos ido distanciando sin darnos cuenta. Hemos construido una vida solitaria en la que el otro sólo calienta su sitio en la cama cada noche, donde el trabajo siempre ocupa el lugar que deberían ocupar otras prioridades y en la que no nos necesitamos el uno al otro. Pero tranquilo, no pasa nada, hacemos borrón y empezamos de cero.
–No puedo hacer borrón. No sé ni cómo se hace. No he dejado de quererte.
–Ni yo a tí pero esta relación, nuestra relación, ya no funciona. Escúchame. Héctor, escúchame, ¿quieres? No quiero herirte, te aprecio demasiado por todos estos años, por estos ocho años, pero esta situación tiene que terminar. Duele demasiado. Por eso te he pedido que te sentaras, para contártelo y poder hablar con calma.
–Si, vale, nos hemos distanciado un poco pero todavía estamos a tiempo de cambiarlo. Algo podremos hacer…
–No hay nada que cambiar. Llevo mucho tiempo dándole vueltas y no hay más salidas. Piénsalo: ¿cuánto hace que no escuchas cuando te hablo? Yo dejé de hacerlo hace años, no por nada, sino porque no entiendo tu trabajo ni los problemas relacionados con él y prefiero pensar en mis cosas. ¿Cuánto hace que no me miras sino es como siempre, sin fuerzas, sin ganas? Antes ardíamos con sólo mirarnos y ahora… ahora creo que no te conozco.
–¡Claro que me conoces! No he cambiado prácticamente nada desde que nos casamos. Podemos volver a arder como antes, recuperar todo lo que hemos dejado atrás. Algo podremos hacer, ¿no? ¿O ya te has dado por vencida?
–¿Qué ideas tienes? ¡Adelante! Te he dicho que llevo meses pensando en esto, buscando soluciones, tratando de encontrar una salida que no rompa con todos estos años. Venga, ¿qué propones?
–Empezar de nuevo, recuperar la magia, dejar de lado el trabajo y hacer cosas juntos. ¡Sabemos cómo reír, sólo tenemos que recordarlo! Admitamos que nos equivocamos, que hemos vivido durante años en una burbuja, ¡adelante! Pero ahora, en vez de abandonar, plantémosle cara al problema. Los dos. Juntos. Estoy de acuerdo contigo que nos hemos ido dejando, que cada vez dábamos respuestas más vagas pero podemos volver al principio, al fuego, a las confidencias y los juegos. ¡Déjame conquistarte de nuevo!
–No creo que se pueda. ¿Podrías volver a enviarme flores todas las semanas?
–Si. Después de verle las orejas al lobo, sin duda.
–Ahora, en caliente, es mucho más complicado pensar. Yo dejé de llorar hace meses y, entonces pude pensar con claridad. ¿Recuerdas lo que me dijiste la noche que me pediste matrimonio? Seguro que no. A mí me costó recordarlo, sobre todo por las implicaciones. Héctor, me dijiste que, aunque creías en el matrimonio para toda la vida, en la institución, si se terminaba y cada uno tomaba su camino, no harías mezquindades, ni me tratarías como a una posesión. Dijiste que, llegado el momento, lo superaríamos juntos y lo haría mucho más sencillo. ¿Lo recuerdas ahora? Pues ese momento ha llegado… ¿qué piensas hacer?
–No lo sé. Lo dije y me gustaría mantenerlo pero no puedo. No puedo dejarte ir sin pelear. ¿Por qué quieres irte? No lo entiendo, no puedo entenderlo y no me estás dando ningún motivo. Me haces sentarme aquí, me sueltas que te vas, sin aviso, sin más y me dices que, además, tengo que poner buena cara. ¡Pues no puedo! Lo siento pero no puedo.
–Se acabó. No podemos cambiar, no podemos solucionar esto y la relación está muerta. ¿No lo entiendes? ¡No puedo continuar! Hace años que no tengo motivos para luchar, para intentar nada. Nuestro mundo, el espacio que compartimos es tan pequeño que no hay cabida para nadie que no sea nosotros mismos. Yo, en tu mundo, sólo soy un estorbo, un lastre y tú, probablemente, también lo seas en el mio. Ha llegado el momento de rendirse y te pido que lo hagamos de buena manera.
–Hay alguien más. Ahora estoy seguro. ¿Quién es?
–No veas fantasmas, Héctor. No hay nadie más. Nunca lo hubo. Si creyese que meter a otra persona en mi vida solucionaría los problemas, lo habría hecho hace tiempo. Oportunidades nunca me han faltado…
–No digas eso, no soportaría verte con otro.
–Entonces, ¿todo aquello que me prometiste ya no vale? ¿Ahora sí tienen cabida tus mezquindades? Muy bonito Héctor… no me esperaba ésto de tí.
–¡No entiendes que no puedo dejarte ir así como así! ¡Estamos casados, tenemos un vínculo! No se puede romper por un capricho, por unas dudas.
–Por unas dudas no, pero sí por varios años de dudas. Además, quien empezó incumpliendo el contrato fuiste tú.
–¿Cuándo?
–Cuando empezaste a mirar a través de mí. Cuando empezaste a no notar mi presencia y yo empecé a sentir como si no estuviese frente a tí, como si fuese un mueble. ¿Dónde vas?
–No vas a cambiar de idea y no tengo más tiempo. ¿Quieres irte? Vete. Todo este numerito que has montado era para que te diese mi beneplácito. ¡Pues ya lo tienes!
–Héctor, por favor… ¡Héctor! No te vayas enfadado, por favor.

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