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relato: la ronda

Escrito para el décimo número de la revista digital de El taller de las palabras.

La ronda

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog
Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

relato: Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Otro relato para el taller de las palabras que, en esta ocasión, debe comenzar por la frase que inicia La pasión turca, de Antonio Gala. Escrito para el noveno número de la revista digital de El taller de las palabras.

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Y, aunque lo parezca, no es un ejercicio difícil de conseguir. Luego siempre está la realidad, terca y obstinada que nos abofetea una y otra vez con una imagen más verídica y menos edulcorada de lo nos gustaría.

Creía que mi matrimonio, tan cargado de momentos emotivos, sencillos y sentidos, había alcanzado su plenitud tras diez años de convivencia. Arturo, mi marido, despertaba mis instintos y mi cariño, casi sin proponérselo y lo invadía todo con su calma y sosiego. La rutina, que en otras épocas había sido mi gran enemigo, caminaba a mi lado día tras día.

Creía en esa alianza, ciegamente, hasta que Natalia me dijo que se separaba. Lo decía sin acritud, sin pasión, ni ira. Me lo explicó todo tomando un café a la salida del trabajo. Luis, su marido, se había acomodado, se había olvidado de ella, de sus necesidades e inquietudes y había empezado a considerarla como un añadido más de la casa. Exactamente como el añadido que plancha, cocina y nunca dice nada.

–Creo que empezó a acostumbrarse a que trabajase dentro y fuera de casa y al polvo insípido de los sábados por la noche. Creo que, desde hace un par de años me confunde con el robot de cocina. No queda en él nada de aquella pasión, de aquella locura constante con que venía día tras día, al principio.

Sólo hicieron falta dos cafés más con Natalia, capuchinos, con un dedo de espuma y dos de azúcar, para que mi plácida vida sintiese moverse el suelo por debajo. Dos cafés y la venda cayó de un golpe. Arturo se había acostumbrado a mí y ya no luchaba por mantenerme junto a él.

Prueba, me dijo Natalia. Quita todas las respuestas automáticas, esas que no aportan nada y te dan una contestación para quitarte del medio. Ahora, quita también los besos en la frente, esos que ya nacen vacíos. También elimina los arrumacos y los cariños que no son sentidos, aquellos forzados y sosos. Bien, ¿qué te queda? ¿Cuándo fue la última vez que tu marido te dijo algo bonito desinteresadamente?

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho.

Lo dejé. Dejé de sentir un cariño y un amor ciegos por él. Dejé de creer que mis instintos despertaban por un poco de sexo fácil y cómodo, un domingo por la mañana al mes. Dejé de creer que todo en él era calma y sosiego y empecé a darme cuenta que siempre había sido un vago y un conformista. Dejé de creer en una rutina común para empezar a sentir el abismo frente a mí.

Y, finalmente, le dejé un domingo por la mañana, después de un rato soso y aburrido de mal sexo.

relato – montones de chatarra

Para el taller de las palabras, de nuevo. En esta ocasión había que convertirse en un objeto, en algo inanimado.

Montones de chatarra

Los de antes sí eran buenos tiempos. No me malinterpretes, no estoy diciendo que ahora esté mal, sólo digo que han cambiado muchas cosas y no para bien. Tengo muchos recuerdos, llevo mucho tiempo en este negocio y, hasta hace diez, quince años, el mundo era nuestro. Pero llegaron esos otros aparatos, tan pequeños, sin ningún cable que te ate y con tantas tonterías encima que cuesta creer que sea un teléfono.

Antes todo giraba en torno al teléfono. En las casas había uno, sólo uno, y si alguien esperaba una llamada, se podía pasar días a su lado, sin descolgarlo, hasta que, finalmente, sonaba. Si salían fuera y tenían que llamar, bastaba con buscar una cabina en una calle para poder hacerlo. Siempre llevaban algunas monedas encima, por si acaso se veían en esa tesitura.

Ahora todo el mundo tiene un teléfono, al menos, y se pueden llevar en el bolsillo. ¡En el bolsillo! En poco tiempo consiguieron que las cabinas como tú y como yo pasásemos, de tener una función social, a ser montones de chatarra anclados en mitad de las calles.

Tengo, como te decía, muchas historias a cuestas, probablemente por haber estado de servicio muchos años. Tantos que cuando comencé en este negocio, el teléfono tenía disco para marcar los números. ¡Ah! Qué fácil era todo entonces. La gente era más sencilla, más inocente, no como ahora que te pasas las noches en vilo, viendo bidones de gasolina en cada sombra. Desde entonces han cambiado muchas cosas, demasiadas, y la gente ya no es tan inocente ni tan buena. Ahora todos tienen prisa, la mayoría están iracundos y algunos idiotas le pegan patadas y golpes a todo el mobiliario urbano, desde las papeleras a las cabinas de teléfono. ¡Eso cuando no te queman viva!

Puede parecer lo contrario, pero este trabajo no es sencillo. Tirarte años enteros de pie, firme, soportando el calor por el día, el frio de las noches y los vándalos, puede terminar con los nervios de cualquiera. Hay compañeras que han perdido la línea, que no han soportado la presión y las han retirado. Cuando empecé, en esta esquina del parque éramos cuatro, estábamos agrupadas de dos en dos formando un cuadrado. Pues bien, 00127-Y, que estaba situada detrás mío, enloqueció una noche. Siempre comunicaba, llamase quien llamase y, aunque le cambiaron el teléfono tres veces y le llegaron a mirar el cableado, no consiguieron curarla. Al final, una mañana, se la llevaron y no supimos más de ella. No es fácil éste trabajo…

Pero no todo era malo. En aquellos años, el armazón era completo, llegaba hasta el suelo y tenía una puerta dividida en tres, cuyas hojas se plegaban para que pasase la gente. Los niños jugaban contigo y se pasaban horas abriendo y cerrando la puerta, escondiéndose bajo el mostrador que estaba junto al teléfono o sentándose en él. Pues bien, hubo unos meses, casi un año entero, en que todos los que entraban en la cabina sujetaban la puerta con el pie, para evitar que se cerrase. Al principio me pareció anecdótico, sobre todo porque coincidió con la primavera pero, cuando seguían haciéndolo en pleno invierno, me empecé a preocupar. ¿Por qué querrían mantener la puerta abierta, con el frio que hacía afuera? Además, la humedad y la lluvia podía estropear un teléfono de aquella época en pocos días. Recuerdo que una tarde se metieron dos chicas y, nada más entrar, la que marcaba el número le dijo a la otra que pusiera el pie para que la puerta no se cerrase. La otra, que no creo que supiese el motivo, le preguntó porqué y la respuesta todavía me deja perplejo: para que no nos pase como a José Luis. Al parecer, un tal José Luis se había quedado encerrado en una cabina y nunca más pudo salir. Lo que me preocupaba es que todo el mundo en el barrio parecía conocer al tal José Luis.

A mediados de los noventa, y lo sé porque el teléfono ya tenía reloj y calendario, un chico estuvo viniendo al parque todos los martes y jueves por la noche. Vino durante varios años y siempre hacía lo mismo: llamaba a su novia a las diez y media y se gastaba ciento veinticinco pesetas en monedas de cinco duros. La conversación duraba cerca de veinte minutos pero, con el tiempo aprendió algunos trucos y nunca metía todas las monedas al principio, sino que, cuando el teléfono avisaba de que se quedaba sin saldo, introducía otra. No sé el motivo, pero así ganaba casi un minuto y medio, entre las tres monedas. Mucho tiempo cuando se está tan enamorado.

Siempre entraba a mi teléfono y con el tiempo me cayó bien y le dejaba algunas monedas en el cajetín, para que pudiese hablar un poco más. La voz de su novia era dulce, parecía estar siempre de buen humor y le adoraba. Creo que no les escuché discutir ni una sóla vez, lo cual era un alivio tras pasarme el día oyendo gritos y viendo cómo algunos indeseables golpeaban el teléfono con el auricular, si se tragaba las monedas. Era ese dinero el que luego dejaba en el cajetín para el enamorado de las diez y media. Algunas veces, por vergüenza, trataba de distraerme y no prestar atención a la conversación porque, con el tiempo, pasaron de ser extremadamente dulzones a ser prácticamente pornográficos. ¿Acaso no se daban cuenta de que yo también estaba allí? Le decía a ella que no quería llamarla desde casa porque no tenía intimidad pero, una vez en la cabina se olvidaba del mundo.

Anécdotas así tengo muchas, después de tanto tiempo. Es una pena que cada vez se produzcan menos, que cada día entre menos gente. ¡Si ahora hasta pueden enviar faxes desde aquí! Alguien, tratando de mantener el negocio en boga, ha perdido el norte. Faxes… otra tecnología moderna. En fin, que ya te iré contando, que tenemos tiempo de sobra porque, ni tan siquiera en pleno día parecen vernos ya.

relato – mezquino

Para el taller, mil palabras sin usar adjetivos y con tema libre. Nunca he podido hacer un diálogo medianamente decente así que, sin pensarlo demasiado, me lancé a la piscina. Sí, el tema está muy trillado pero, sin adjetivos y sin práctica, mejor era pisar terreno conocido.

Mezquino

–Patri, tienes el café sobre la mesa. No olvides tomarte las pastillas.
–Héctor, siéntate.
–Me tengo que ir, que nos han puesto una reunión a las nueve.
–Héctor, siéntate, por favor.
–De acuerdo pero no puedo quedarme mucho tiempo.
–Esta noche, cuando vuelvas del trabajo, tendrás la cena en la nevera, pero yo no estaré aquí.
–¿Vas a salir?
–No Héctor, me voy.
–¿Qué? ¿A dónde vas?
–Me voy. De esta casa, de esta vida, de tu vida. No sé adonde, sólo sé que me voy.
–No puedes. No puedes irte. ¿Dónde te vas?
–Ya te he dicho que no lo sé. Y sí puedo irme, aquí no me retiene nada.
–¡Estoy yo! ¡Yo te retengo! Tengo que significar algo para tí.
–Significaste, en pasado, y mucho, pero fue hace demasiado tiempo. Tanto que ya ni me acuerdo. Mira Héctor, lo he estado pensando durante el último año y, poco a poco, he ido descartando todas las soluciones hasta quedarme con ésta. No significa que te quiera menos, te sigo queriendo, pero no vamos a ninguna parte. Nos hemos ido distanciando sin darnos cuenta. Hemos construido una vida solitaria en la que el otro sólo calienta su sitio en la cama cada noche, donde el trabajo siempre ocupa el lugar que deberían ocupar otras prioridades y en la que no nos necesitamos el uno al otro. Pero tranquilo, no pasa nada, hacemos borrón y empezamos de cero.
–No puedo hacer borrón. No sé ni cómo se hace. No he dejado de quererte.
–Ni yo a tí pero esta relación, nuestra relación, ya no funciona. Escúchame. Héctor, escúchame, ¿quieres? No quiero herirte, te aprecio demasiado por todos estos años, por estos ocho años, pero esta situación tiene que terminar. Duele demasiado. Por eso te he pedido que te sentaras, para contártelo y poder hablar con calma.
–Si, vale, nos hemos distanciado un poco pero todavía estamos a tiempo de cambiarlo. Algo podremos hacer…
–No hay nada que cambiar. Llevo mucho tiempo dándole vueltas y no hay más salidas. Piénsalo: ¿cuánto hace que no escuchas cuando te hablo? Yo dejé de hacerlo hace años, no por nada, sino porque no entiendo tu trabajo ni los problemas relacionados con él y prefiero pensar en mis cosas. ¿Cuánto hace que no me miras sino es como siempre, sin fuerzas, sin ganas? Antes ardíamos con sólo mirarnos y ahora… ahora creo que no te conozco.
–¡Claro que me conoces! No he cambiado prácticamente nada desde que nos casamos. Podemos volver a arder como antes, recuperar todo lo que hemos dejado atrás. Algo podremos hacer, ¿no? ¿O ya te has dado por vencida?
–¿Qué ideas tienes? ¡Adelante! Te he dicho que llevo meses pensando en esto, buscando soluciones, tratando de encontrar una salida que no rompa con todos estos años. Venga, ¿qué propones?
–Empezar de nuevo, recuperar la magia, dejar de lado el trabajo y hacer cosas juntos. ¡Sabemos cómo reír, sólo tenemos que recordarlo! Admitamos que nos equivocamos, que hemos vivido durante años en una burbuja, ¡adelante! Pero ahora, en vez de abandonar, plantémosle cara al problema. Los dos. Juntos. Estoy de acuerdo contigo que nos hemos ido dejando, que cada vez dábamos respuestas más vagas pero podemos volver al principio, al fuego, a las confidencias y los juegos. ¡Déjame conquistarte de nuevo!
–No creo que se pueda. ¿Podrías volver a enviarme flores todas las semanas?
–Si. Después de verle las orejas al lobo, sin duda.
–Ahora, en caliente, es mucho más complicado pensar. Yo dejé de llorar hace meses y, entonces pude pensar con claridad. ¿Recuerdas lo que me dijiste la noche que me pediste matrimonio? Seguro que no. A mí me costó recordarlo, sobre todo por las implicaciones. Héctor, me dijiste que, aunque creías en el matrimonio para toda la vida, en la institución, si se terminaba y cada uno tomaba su camino, no harías mezquindades, ni me tratarías como a una posesión. Dijiste que, llegado el momento, lo superaríamos juntos y lo haría mucho más sencillo. ¿Lo recuerdas ahora? Pues ese momento ha llegado… ¿qué piensas hacer?
–No lo sé. Lo dije y me gustaría mantenerlo pero no puedo. No puedo dejarte ir sin pelear. ¿Por qué quieres irte? No lo entiendo, no puedo entenderlo y no me estás dando ningún motivo. Me haces sentarme aquí, me sueltas que te vas, sin aviso, sin más y me dices que, además, tengo que poner buena cara. ¡Pues no puedo! Lo siento pero no puedo.
–Se acabó. No podemos cambiar, no podemos solucionar esto y la relación está muerta. ¿No lo entiendes? ¡No puedo continuar! Hace años que no tengo motivos para luchar, para intentar nada. Nuestro mundo, el espacio que compartimos es tan pequeño que no hay cabida para nadie que no sea nosotros mismos. Yo, en tu mundo, sólo soy un estorbo, un lastre y tú, probablemente, también lo seas en el mio. Ha llegado el momento de rendirse y te pido que lo hagamos de buena manera.
–Hay alguien más. Ahora estoy seguro. ¿Quién es?
–No veas fantasmas, Héctor. No hay nadie más. Nunca lo hubo. Si creyese que meter a otra persona en mi vida solucionaría los problemas, lo habría hecho hace tiempo. Oportunidades nunca me han faltado…
–No digas eso, no soportaría verte con otro.
–Entonces, ¿todo aquello que me prometiste ya no vale? ¿Ahora sí tienen cabida tus mezquindades? Muy bonito Héctor… no me esperaba ésto de tí.
–¡No entiendes que no puedo dejarte ir así como así! ¡Estamos casados, tenemos un vínculo! No se puede romper por un capricho, por unas dudas.
–Por unas dudas no, pero sí por varios años de dudas. Además, quien empezó incumpliendo el contrato fuiste tú.
–¿Cuándo?
–Cuando empezaste a mirar a través de mí. Cuando empezaste a no notar mi presencia y yo empecé a sentir como si no estuviese frente a tí, como si fuese un mueble. ¿Dónde vas?
–No vas a cambiar de idea y no tengo más tiempo. ¿Quieres irte? Vete. Todo este numerito que has montado era para que te diese mi beneplácito. ¡Pues ya lo tienes!
–Héctor, por favor… ¡Héctor! No te vayas enfadado, por favor.