relato – montones de chatarra

Para el taller de las palabras, de nuevo. En esta ocasión había que convertirse en un objeto, en algo inanimado.

Montones de chatarra

Los de antes sí eran buenos tiempos. No me malinterpretes, no estoy diciendo que ahora esté mal, sólo digo que han cambiado muchas cosas y no para bien. Tengo muchos recuerdos, llevo mucho tiempo en este negocio y, hasta hace diez, quince años, el mundo era nuestro. Pero llegaron esos otros aparatos, tan pequeños, sin ningún cable que te ate y con tantas tonterías encima que cuesta creer que sea un teléfono.

Antes todo giraba en torno al teléfono. En las casas había uno, sólo uno, y si alguien esperaba una llamada, se podía pasar días a su lado, sin descolgarlo, hasta que, finalmente, sonaba. Si salían fuera y tenían que llamar, bastaba con buscar una cabina en una calle para poder hacerlo. Siempre llevaban algunas monedas encima, por si acaso se veían en esa tesitura.

Ahora todo el mundo tiene un teléfono, al menos, y se pueden llevar en el bolsillo. ¡En el bolsillo! En poco tiempo consiguieron que las cabinas como tú y como yo pasásemos, de tener una función social, a ser montones de chatarra anclados en mitad de las calles.

Tengo, como te decía, muchas historias a cuestas, probablemente por haber estado de servicio muchos años. Tantos que cuando comencé en este negocio, el teléfono tenía disco para marcar los números. ¡Ah! Qué fácil era todo entonces. La gente era más sencilla, más inocente, no como ahora que te pasas las noches en vilo, viendo bidones de gasolina en cada sombra. Desde entonces han cambiado muchas cosas, demasiadas, y la gente ya no es tan inocente ni tan buena. Ahora todos tienen prisa, la mayoría están iracundos y algunos idiotas le pegan patadas y golpes a todo el mobiliario urbano, desde las papeleras a las cabinas de teléfono. ¡Eso cuando no te queman viva!

Puede parecer lo contrario, pero este trabajo no es sencillo. Tirarte años enteros de pie, firme, soportando el calor por el día, el frio de las noches y los vándalos, puede terminar con los nervios de cualquiera. Hay compañeras que han perdido la línea, que no han soportado la presión y las han retirado. Cuando empecé, en esta esquina del parque éramos cuatro, estábamos agrupadas de dos en dos formando un cuadrado. Pues bien, 00127-Y, que estaba situada detrás mío, enloqueció una noche. Siempre comunicaba, llamase quien llamase y, aunque le cambiaron el teléfono tres veces y le llegaron a mirar el cableado, no consiguieron curarla. Al final, una mañana, se la llevaron y no supimos más de ella. No es fácil éste trabajo…

Pero no todo era malo. En aquellos años, el armazón era completo, llegaba hasta el suelo y tenía una puerta dividida en tres, cuyas hojas se plegaban para que pasase la gente. Los niños jugaban contigo y se pasaban horas abriendo y cerrando la puerta, escondiéndose bajo el mostrador que estaba junto al teléfono o sentándose en él. Pues bien, hubo unos meses, casi un año entero, en que todos los que entraban en la cabina sujetaban la puerta con el pie, para evitar que se cerrase. Al principio me pareció anecdótico, sobre todo porque coincidió con la primavera pero, cuando seguían haciéndolo en pleno invierno, me empecé a preocupar. ¿Por qué querrían mantener la puerta abierta, con el frio que hacía afuera? Además, la humedad y la lluvia podía estropear un teléfono de aquella época en pocos días. Recuerdo que una tarde se metieron dos chicas y, nada más entrar, la que marcaba el número le dijo a la otra que pusiera el pie para que la puerta no se cerrase. La otra, que no creo que supiese el motivo, le preguntó porqué y la respuesta todavía me deja perplejo: para que no nos pase como a José Luis. Al parecer, un tal José Luis se había quedado encerrado en una cabina y nunca más pudo salir. Lo que me preocupaba es que todo el mundo en el barrio parecía conocer al tal José Luis.

A mediados de los noventa, y lo sé porque el teléfono ya tenía reloj y calendario, un chico estuvo viniendo al parque todos los martes y jueves por la noche. Vino durante varios años y siempre hacía lo mismo: llamaba a su novia a las diez y media y se gastaba ciento veinticinco pesetas en monedas de cinco duros. La conversación duraba cerca de veinte minutos pero, con el tiempo aprendió algunos trucos y nunca metía todas las monedas al principio, sino que, cuando el teléfono avisaba de que se quedaba sin saldo, introducía otra. No sé el motivo, pero así ganaba casi un minuto y medio, entre las tres monedas. Mucho tiempo cuando se está tan enamorado.

Siempre entraba a mi teléfono y con el tiempo me cayó bien y le dejaba algunas monedas en el cajetín, para que pudiese hablar un poco más. La voz de su novia era dulce, parecía estar siempre de buen humor y le adoraba. Creo que no les escuché discutir ni una sóla vez, lo cual era un alivio tras pasarme el día oyendo gritos y viendo cómo algunos indeseables golpeaban el teléfono con el auricular, si se tragaba las monedas. Era ese dinero el que luego dejaba en el cajetín para el enamorado de las diez y media. Algunas veces, por vergüenza, trataba de distraerme y no prestar atención a la conversación porque, con el tiempo, pasaron de ser extremadamente dulzones a ser prácticamente pornográficos. ¿Acaso no se daban cuenta de que yo también estaba allí? Le decía a ella que no quería llamarla desde casa porque no tenía intimidad pero, una vez en la cabina se olvidaba del mundo.

Anécdotas así tengo muchas, después de tanto tiempo. Es una pena que cada vez se produzcan menos, que cada día entre menos gente. ¡Si ahora hasta pueden enviar faxes desde aquí! Alguien, tratando de mantener el negocio en boga, ha perdido el norte. Faxes… otra tecnología moderna. En fin, que ya te iré contando, que tenemos tiempo de sobra porque, ni tan siquiera en pleno día parecen vernos ya.

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