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chicas que leen, chicas que no leen

Hay ocasiones, cuando uno trata de juntar letras con el ánimo de escribir algo decente, que recurre a trucos para facilitar el trago. Usar el mismo punto de partida para escribir un texto a cuatro manos es bastante socorrido y me ha funcionado en algunas ocasiones. Hasta hoy.

Un compañero, apreciados, dejó un texto en twitter del que, con sólo leer el título, ya tuve buenas sensaciones: Salir con chicas que no leen / Salir con chicas que leen (versión para imprimir). Se trata de un texto dividido en dos, cada uno de un autor diferente y ha sido publicado en una revista Colombiana de la que no había tenido noticias.

Tras leerlo, sólo pude sentir una envidia honda, opaca, sin paliativos. Quizá porque es directo, claro, sencillo. Quizá por los contrapuntos o porque ambos autores recorren el mismo camino, de diferente forma. Quizá porque identifico algunas de las partes y las interiorizo. Quizá porque utilizan la sintaxis como algo diferenciador.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti.
Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)

relato: la ronda

Escrito para el décimo número de la revista digital de El taller de las palabras.

La ronda

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog
Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

relato: Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Otro relato para el taller de las palabras que, en esta ocasión, debe comenzar por la frase que inicia La pasión turca, de Antonio Gala. Escrito para el noveno número de la revista digital de El taller de las palabras.

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Y, aunque lo parezca, no es un ejercicio difícil de conseguir. Luego siempre está la realidad, terca y obstinada que nos abofetea una y otra vez con una imagen más verídica y menos edulcorada de lo nos gustaría.

Creía que mi matrimonio, tan cargado de momentos emotivos, sencillos y sentidos, había alcanzado su plenitud tras diez años de convivencia. Arturo, mi marido, despertaba mis instintos y mi cariño, casi sin proponérselo y lo invadía todo con su calma y sosiego. La rutina, que en otras épocas había sido mi gran enemigo, caminaba a mi lado día tras día.

Creía en esa alianza, ciegamente, hasta que Natalia me dijo que se separaba. Lo decía sin acritud, sin pasión, ni ira. Me lo explicó todo tomando un café a la salida del trabajo. Luis, su marido, se había acomodado, se había olvidado de ella, de sus necesidades e inquietudes y había empezado a considerarla como un añadido más de la casa. Exactamente como el añadido que plancha, cocina y nunca dice nada.

–Creo que empezó a acostumbrarse a que trabajase dentro y fuera de casa y al polvo insípido de los sábados por la noche. Creo que, desde hace un par de años me confunde con el robot de cocina. No queda en él nada de aquella pasión, de aquella locura constante con que venía día tras día, al principio.

Sólo hicieron falta dos cafés más con Natalia, capuchinos, con un dedo de espuma y dos de azúcar, para que mi plácida vida sintiese moverse el suelo por debajo. Dos cafés y la venda cayó de un golpe. Arturo se había acostumbrado a mí y ya no luchaba por mantenerme junto a él.

Prueba, me dijo Natalia. Quita todas las respuestas automáticas, esas que no aportan nada y te dan una contestación para quitarte del medio. Ahora, quita también los besos en la frente, esos que ya nacen vacíos. También elimina los arrumacos y los cariños que no son sentidos, aquellos forzados y sosos. Bien, ¿qué te queda? ¿Cuándo fue la última vez que tu marido te dijo algo bonito desinteresadamente?

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho.

Lo dejé. Dejé de sentir un cariño y un amor ciegos por él. Dejé de creer que mis instintos despertaban por un poco de sexo fácil y cómodo, un domingo por la mañana al mes. Dejé de creer que todo en él era calma y sosiego y empecé a darme cuenta que siempre había sido un vago y un conformista. Dejé de creer en una rutina común para empezar a sentir el abismo frente a mí.

Y, finalmente, le dejé un domingo por la mañana, después de un rato soso y aburrido de mal sexo.

eltallerdelaspalabras.net, revista online

AVISO: ésta es una entrada de autobombo, en la que voy a comentar algo que he hecho (con mucha ayuda, todo hay que decirlo) y que espero poder vender por una cantidad indecente de dinero. Advertidos estáis, que luego no quiero lloros.

A principios de verano recayó sobre mí la responsabilidad de crear una revista online vinculada al Taller de las palabras. Según las primeras ideas del director del taller, ésta revista “debía ser como el New Yorker“, en cuanto a imagen y contenidos. Obviamente, este punto era del todo imposible y, aunque el resultado no deja de agradarme, sé que se puede mejorar mucho más sobre todo dedicándole unas cuantas horas al diseño, mi tema tabú.

La idea inicial era usar las entrevistas y los textos presentados a un ejercicio del taller, en el que se nos daba un título y trescientas palabras de límite, para rellenar un único número de la revista. Pero, como sucede con estas cosas, uno no sabe ni cómo ni cuando pero todo termina, irremediablemente, liado. Así fue como me pasé los meses de julio y agosto buscando una herramienta para publicar contenidos que cumpliese unos puntos básicos, alquilando un dominio chulo, leyendo documentación, armando todo el esqueleto de la futura revista como si fuese a tener una periodicidad semanal y creando las páginas virtuales con los textos de los compañeros.

eltallerdelaspalabras.net

El día que terminé con todo ese trabajo, inserté una de mis fotos en la portada y, viendo cuanto ganaba, me propuse buscar una foto para cada uno de los textos y comencé a rastrear flickr con verdadera afición. Fue sencillo al principio, con los tres primeros relatos. Luego, terminé con un maremágnum de fotos, textos y licencias que casi me hace enloquecer. Afortunadamente, las gentes que pueblan esa web son generosas y nadie ha puesto pegas a que empleemos sus fotos en la web, siempre y cuando se respete la licencia, paso que cumplimos escrupulosamente. (¡Mil gracias a todos!)

Hace poco más de una semana pude enviar al foro el aviso de que se cerraba la edición de agosto de 2008 del Magazine digital de El Taller de las Palabras y dar por finalizado dicho número. Si en el futuro llegan otros, la mitad del trabajo ya estará hecho y, espero, todo será más fácil. Hasta entonces, las ofertas de compra deben enviar a mi dirección de correo electrónico habitual :).