taller de escritura

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relato: veinticuatro horas menos de exposición

Otro ejercicio más del taller, ésta vez un diálogo que narre la discusión de una pareja, en pleno atasco por la nieve.

–Espera un momento, no cambies de cadena, quiero escuchar el parte.
–¿Para qué? Ya sabes que habrá nieve.
–Si, pero a lo mejor nos enteramos si hay caravana. Todavía estamos a tiempo de subir por Pajares y evitar colas y atascos. Acuérdate del año pasado y las tres horas que nos pasamos mirando al coche de al lado.
–No creo que este año nos libremos tampoco.
–Cállate un momento.
–Sabes que no me gusta que…
–¡Un momento! Joder, casi ni me entero. Vale. No hay caravana, podemos tirar por la autopista.
–No me gusta que me mandes callar. Últimamente lo haces cada vez más.
–No, no creo.
–Si, sí que lo haces. Ya ni tan siquiera disimulas.
–No es verdad. No quiero mandarte callar, pero quería escuchar la radio y no parabas de hablar. No lo haré más, ¿vale?
–A ver si es verdad.

–¡Mierda! Al final pillaremos la caravana.
–Vete más despacio, que hay muchos coches.
–Ya lo veo, ya lo veo.
–Cuidado con el coche rojo.
–Cálmate, ¿quieres? Estás un poco nerviosa.
–¿Otra vez me mandas callar? Ya sabía yo que no tardarías mucho.
–No, no es eso pero no hace falta que me digas cómo tengo que conducir. Ya sé lo que tengo que hacer y a qué coches mirar.
–Si, siempre con el mismo cuento. ¡No lo habías visto!
–¡Sí, sí lo había visto! Pero no conduzco mejor porque tú me grites órdenes al oído.
–¡Y ahora estamos parados! ¡Esto nos pasa por hacerte caso! ¡Siempre quieres apurar las vacaciones hasta el último día y luego pillamos todos los atascos!
–Va a ser mejor tu idea de salir un día antes, perder ese día de vacaciones, sólo por poner lavadoras y limpiar la casa. ¡No me hagas reír!
–¡No tenemos que limpiar siempre!
–Siempre quieres limpiar. Mira, si quieres que salgamos un día antes, por mi de acuerdo. Pero para hacer algo, para gastar ese día como el último día de vacaciones, no para tener la sensación de haberlo desperdiciado haciendo cosas rutinarias. Si quieres, la próxima vez salimos el día anterior.
–¡Pero si nunca quieres salir antes! Hasta ahora no nos hemos montado en el coche antes de las cinco de la tarde. Y mañana al trabajo. ¡Esto no son vacaciones! ¡Yo así no descanso nada!
–Si descansas en las vacaciones, es que no han sido buenas vacaciones, ¿recuerdas? Eso decías tú.
–Ya. Habré madurado, supongo.
–¡Qué no mujer! Sigues siendo la misma.
–Si, seguro. La misma. La misma que hace cinco años pero con patas de gallo, arrugas, las tetas como las casas colgadas de Cuenca y qué se yo.
–No seas así. No tienes nada de eso. Has sabido envejecer.
–Espero que ese cuento te valga con todas, porque conmigo das en hueso.
–¡Hay que ver cómo eres!
–Ya.

–¿Por qué quieres que viajemos un día antes?
–Ya te lo he dicho.
–Si, pero no me has dado razones.
–Así evitaríamos los atascos.
–Eso sólo pasa en año nuevo. El resto de veces que subimos no pillamos nada.
–No me gusta dejar el piso tanto tiempo vacío. ¿Y si nos roban?
–No puedes estar hablando en serio.
–Completamente.
–Pues no me lo creo. Hace un par de años eras tú quien quería viajar a las nueve de la noche para aprovechar todo el tiempo posible en Gijón. ¿A qué viene ese cambio?
–¿No lo has notado?
–Notar, ¿el qué?
–Que tu madre no me traga.
–¡No digas chorradas! Mi madre, mi padre, mi familia entera te adora.
–Tu madre no. No me puede ver delante desde hace seis meses.
–¿Seis meses? No creerás que mi madre…
–Si, piensa que no soy suficientemente buena para tí.
–¿Qué dices? ¿Has perdido la cabeza?
–No.
–Mi madre nunca diría eso de tí. Yo no se lo permitiría.
–Lo sé y ella también, por eso no lo dice. ¿No has visto lo distante que está conmigo? ¿No has notado ninguna diferencia con las primeras veces que vine a tu casa? Entonces decías que ibas a ir con tu amiga Lucía y ahora, quien va contigo es Lucía, tu pareja.
–Mis padres saben lo que hay y no les importa. Les gustas, les gustas mucho. Recuerda que eres quien hace feliz a su hija.
–Tu padre sí, tu padre es un encanto y nos llevamos muy bien. ¡Hasta me ha dicho que no le haga mucho caso a tu madre! Pero tu madre… tu madre es fría conmigo. Creo que piensa que he sido yo quien ha convertido a su hijita, la perfecta, en lesbiana. A sus ojos soy una pervertida, alguien que no tiene derecho a estar contigo, ni mucho menos dormir con su niña y que, por supuesto, no tendría que salir a la calle.
–¡Otra vez con ese tema! A mi madre le costó entenderlo pero ya está. Lo entiende. Entiende que tú eres la persona con quiero estar, con quien comparto mi vida y ella no puede hacer nada por evitarlo. ¡Es mi vida! Con quien esté o mis preferencias sexuales no son de su incumbencia. Pensé que había quedado el tema zanjado. ¿Por qué te empeñas en revivirlo?
–No lo revivo. Nunca estuvo muerto. Contigo, tu madre te habla y te sonríe. En cuanto me mira a mí, cambia el gesto y su mirada se vuelve fría, afilada. Y las continuas referencias a Luis… ¡Joder! Ya quedó claro que le caía bien, que hasta le regalaba plantas pero los comentarios de ayer sobraban. No eres la única con ex novios, ¿sabes? El día menos pensado le hablo de Roberto, a ver si se calla un poco.
–Sí, estuvieron de más. Pero se lo dije, lo viste.
–Si, gracias. Tu padre también le dio un toque. Me sentí violenta, ¿sabes? No fue nada agradable.
–¿Por eso quieres volver el día anterior? Cariño, lo de mi madre no se cura con veinticuatro horas menos de exposición. La única solución sería no volver por allí.
–Pero tú no quieres, ¿o sí?
–No podría. Siguen siendo mis padres. No es tan fácil.
–Ya. Pero tendrá que cambiar. ¡Se mueve!
–¿Quién? ¿Mi madre?
–No, tonta, el coche de delante. Se mueve. ¡Tira!

relato: carta de desamor

Presentado en el primer concurso del Taller de las palabras: cartas de desamor.

Carta de desamor

Mi amor, se acabó. Porque mi amor se acabó, sin comas. Lo he intentado todo y tú también, en un absurdo ejercicio de equilibrismo masoquista. Nos escudamos en las buenas acciones, tratando de no herir al otro, pero no dejamos de infringirnos daños, más dolorosos y crueles que el abandono y la indiferencia que tanto tememos y rehuimos. Afortunadamente, aún nos queda el respeto justo para no hacernos sangre, para no pelear por cada posesión, por cada recuerdo. La peor parte de las peleas, amor mío, comienza cuando uno de los contendientes le echa en cara al otro sus flaquezas. Nosotros, todavía, no hemos alcanzado tanta miseria, la necesaria para dejarnos cegar por las posesiones, por la parte tangible de una relación.

Nos hemos querido con ansia, con ganas, hasta saciarnos y, quizá por eso, nos conocemos tanto y nos respetamos. Somos como viejos amantes que contemplan, atónitos y tristes, los últimos rescoldos de la pasión que compartían. Y no sabemos cómo ha sucedido. Hemos puesto tanto espacio entre nosotros que hace meses que, al tocarte, mi cerebro me recuerda el tacto del cuero frío, en vez de tu cálida piel. El recuerdo más vívido que tengo de tus labios lo atesoro junto a una de mis orejas desde hace más de un año y, mi amor, es demasiado tiempo para recordar cómo duelen tus besos.

Pensarás que deliro pero creo que no es tarde y que podemos curar nuestras heridas, pero en otras manos, en las manos de alguien diferente de quien las provocó. Yo, unilateralmente, parto a buscar esas manos desde ahora mismo. Los boleros no mienten, mi amor, y lo nuestro no tiene salida. Por eso abandono y doy por finalizado el contrato que nos unía. Ahora sólo es papel mojado.