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fotografía ? semana 44 de 52 ? jam session

jam session

Unos minutos con Juan, hablando de música y fotografía, derivó en una improvisada sesión de fotos en su salón de Badajoz. La luz, poca, entraba por una rendija de las cortinas y en el aire había esa electricidad previa a las tormentas. ÿl pulsaba cuerdas y yo botones.

el ruido del universo

Sucedió casi por azar, por una serie de coincidencias, que comenzaron con una expresión dando vueltas por mi cabeza: ruido blanco. Leí, o quizá alguien me dijo que era una estupenda forma de aislarse del mundanal ruido y viendo el escándalo que se forma algunas veces en la oficina, decidí probarlo.

Tampoco es que fuese a perder mucho.

Un par de búsquedas en google después, tenía un fichero de ciento treinta megas con el ruido del universo, porque dicen que es la señal que se recibe desde el exterior del planeta tierra. Y, tras ponerlo a prueba de forma intensiva (¿acaso existe otra manera de probar las cosas?), tengo que decir que realmente sí aísla y ayuda a la concentración, al menos en mi caso. Es posible que mentes superiores necesiten algún otro color de ruido, pero tranquilo, que hay más variedad que en Zara.

Hasta la fecha, el único inconveniente que he encontrado es que siempre espero que, tras dos segundos, aparezcan las letras HBO y comience un capítulo de Treme.

conozco ese sentimiento

El tubo de la ventilación arrastra el sonido sordo y llorón de una trompeta que ejecuta con solvencia un jazz, un par de pisos por debajo. Sólo oigo el lamento dulce del instrumento y, durante unos instantes, me dejo arrastrar por las notas. No es muy habitual, al menos en mi edificio, que te regalen los oídos con un buen tema musical mientras estás sentado en el váter. Lo normal es que te bombardeen con algún tipo de ruido blando o rap repetitivo y cruel, más acorde al sitio y al momento. Sonrío y me pongo a pensar cual sería la mejor música para acompañar un momento como éste. Definitivamente, una música como aquel jazz, seco y dulce, no le pega al momento. Más bien algún tema comercial, algo de uno de esos cantantes sin apellidos de revista adolescente o, quizá no, quizá algo con más ritmo, puede que un tema techno, machacón y repetitivo hasta el infarto.

En el patio de vecinos, una manada de niños juegan a perseguirse entre ellos. Las niñas del grupo, más lentas, chillan mientras corren y chillan más cuando son alcanzadas. Los niños, más ágiles, chillan mientras corren y algunos lloran al ver cómo les alcanza una niña. Los chillidos que indican una nueva víctima del juego llegan claros, a pesar de las ventanas cerradas. Una tarde, no hace mucho tiempo, me pasé dos horas viendo cómo esos pequeños monstruos iban de un lado a otro, entre gritos y amenazas. Sólo sabían hablar a gritos y pegarse. Chillar, correr y cambiar el sentido del giro en aquel patio cuadrado. Recuerdo que me fascinó la simpleza de su mundo, el correr hasta terminar sin aliento y los continuos comienzos con cada nuevo perseguidor. Añoré esa facilidad para vivir, ese mundo sencillo donde sólo hay que respirar, gritar y correr un poco más rápido que otro. Ahora mismo está oscureciendo y, poco a poco, sus gritos desaparecerán en los interiores de las casas, para dejar paso a las motos sin tubos de escape. Es ley de vida. Me aterra pensar que los monstruos que corren por el patio hoy, serán los pilotos de competición que no sabrán que eso que llaman moto tiene que llevar un tubo de escape, mañana.

La boca me sabe a miedo, a asco y saliva seca. Conozco ese sabor amargo al final del paladar. También conozco ese exagerado peso que cargan mis hombros desde hace meses. Poco a poco, como en un despertar, he ido dándome cuenta de todos los pequeños síntomas que recubren ésta enfermedad vieja y conocida. El sabor amargo de la mierda ajena, el peso que todas las mañanas cae sobre mis hombros, nada más salir de casa, con una extraña familiaridad y el mutismo creciente, las pocas ganas de hablar con nadie, me dibujan un cuadro que ya conozco. Me reconozco en el cuadro, me miro y sé que soy yo. Veo un yo olvidado que ha vuelto. Conozco ese sentimiento, esa pesadumbre y sé qué lo causa. Reconozco, a través de los años, la misma sensación de cansancio y hartazgo, el horizonte bajo y cercano que dibuja un paisaje sin esperanza ni visos de mejora. Fue el mismo paisaje que me trajo a Extremadura. En aquella ocasión aprendí que los cambios de aires solucionan estos dilemas.

Cabeceo un poco mientras miro el libro languidecer entre mis manos. Apenas si me he dado cuenta de que los estoy sujetando. No he leído más que unas líneas de las que no recuerdo nada. Lo cierro y lo dejo en la estantería. La música hace rato que enmudeció y la ventilación sólo trae los rumores físicos de otra gente, en otros pisos. Los niños poco a poco se van calmando, agotados tras un día entero persiguiéndose y el día cae, junto a mi ánimo, a algún rincón oscuro a pasar la noche.

Mañana, más tranquilo, probablemente lo vea todo de forma diferente. Hoy, harto, no creo que haya nada que justifique el esfuerzo de levantarse de la cama cada mañana.

recomendaciones musicales

No suelo hacer recomendaciones y mucho menos sobre música, porque mis gustos varían a menudo y hacia los extremos pero, ¡qué demonios!, un día es un día. Gracias a mi convalecencia he podido degustar con calma un par de discos que tenía en la recámara pero que no terminaba de escuchar, casi siempre por falta de tiempo.

El primero es Back to Black, de Amy Winehouse, una londinense que tiene una voz negra simplemente magnífica, además de una agitada vida personal. De hecho, el primer single del álbum se titula Rehab, rehabilitación y la traducción del título del disco podría ser Vuelta a lo negro. Sus letras son bastante oscuras y pesimistas aunque hay quien dice que, si se rehabilita de todas sus adicciones (un puñado y medio de drogas y el alcohol), ya no tendría nada que cantar. Aún y así, el disco es una pequeña maravilla a ritmo de rhythm and blues que merece, y mucho, la pena.

La segunda y última recomendación es Lily Allen, otra londinense que ha publicado un disco titulado Alright Still, lleno de canciones sencillas y pegadizas, completamente popero, que diría más de uno. Tienen poco que ver con el primer disco comentado y, quizás, están en los polos opuestos. El de Lily Allen es un disco alegre, sencillo de escuchar y que se queda en la cabeza dando vueltas con más facilidad de la que se le intuye.

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recuerdos musicales

bandido me invita reta a asociar música y momentos en una especie de meme, de encuesta. Y como es la primera vez que no me autoinvito, sino que me golpean en la cara con el guante de las encuestas, me lanzo a la piscina.

  • Angelitos negros de Machín (creo). Cuando estaba aprendiendo a utilizar el tocadiscos de güelita (y jodiendo un disco, de paso).
  • Victor Manuel, Serrat, Ana Belén, etc… Lo que mamé, la banda sonora de mis primeros años.
  • Informer, de Snow. El día que cambié a Mozart y Schubert por la discoteca.
  • Ruido y Que se llama Soledad, de Sabina. Cinco horas de cola para cinco entradas, un concierto anulado y otras cuatro horas de cola. Sigue siendo uno de las cúspides musicales de mi vida.
  • Chambao, Feel de Robbie Williams y Fito. El año que viví peligrosamente solo.
  • Como el agua, por Chambao. Granada, La Alhambra, la escalera del agua en el Generalife, Sierra Nevada.
  • Soldadito marinero (Fito), Ska-p, Bebe, La madre de José (El canto del loco), Goyo Ramos, Berrones, Camarón, Beth, etc… El verano de nuestras vidas, el mes de agosto de 2003 en Badajoz.
  • Feo, de Fito y Fitipaldis. Por culpa de eme.
  • Suaves, Amaral, algo de Chill Out, perreo para programar. Mérida.

Por supuesto, hay muchas más, canciones que en cuanto las escucho me saben a algo, me transportan a lugares lejanos donde me veo a mí mismo desde la tercera persona, como un fantasma, pero no las voy a poner aquí, esas que quedan conmigo.

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