güelito

Guardo imágenes en mi cabeza, un puñado de recuerdos anclados a instantáneas de hace un millón de años que ya son fotos fijas de lugares que no existen, pero que yo conservo vívidamente, imágenes detalladas y llenas de colores de mis cinco o seis años y que, curiosamente, se han vuelto nítidas con el paso del tiempo, en vez de clarear y difuminarse lentamente.

Una de aquellas fotos fue cogida en movimiento el día en que el hermanín y yo aprendimos a volar, saltando desde la subidera del hórreo de güelito a la huerta sin cultivar, por encima del pie de cemento, para acabar con los pies hundidos en la tierra hasta los tobillos tras un vuelo de dos metros. Sólo lo hicimos unos días, hasta que la tierra dejó de estar en barbecho y comenzó el proceso de siembra y nuestra improvisada pista de aterrizaje se llenó de fresas diminutas y perejil. Los niños no podíamos subir al hórreo porque estaba viejo y el pasillo de la parte trasera se mantenía en pie a duras penas, sin barandilla y sólo con unas cuerdas de nylon para evitar la caida. Sin embargo, era el sitio más divertido para jugar y, entre advertencia y advertencia de güelito, el lugar se convertía en un barco pirata, un castillo sitiado con almenas, caballeros y dragón y un fuerte de caballería del lejano oeste oculto tras los geranios.

No ha llegado a un mes el tiempo que güelito a resistido los envites de la edad y la enfermedad y hoy, ésta mañana, ha muerto tranquilo y en casa, dejándonos abatidos pero contentos porque no había ninguna perspectiva halagüeña, ninguna buena solución.

Las últimas visitas que eme y yo hicimos a la tierrina sirvieron para ver el deterioro del cuerpo, la fatiga al caminar y la pierna tonta, rebelde, que no le dejaba subir escaleras ni bajar al puerto de Candás a tomar el café y a leer el periódico. Es ahora cuando le puedo poner precio a la distancia y decir que sale caro estar tan lejos, que nada compensa el sabor agridulce de las últimas palabras que cruzamos que, aunque no quisiéramos ninguno de los dos, sabían a despedida anticipada y a presagio. Me dijo socarronamente que tenía la impresión de que eme es mejor conductora que yo y, en cierto modo, no le faltaba razón y es que sentía una fascinación por eme dificil de explicar, un enorme respeto por la chica que cuidaba de su nieto mayor allá abajo, en Extremadura, en la otra parte del mundo.

Con él se ha ido el fabricante de arcos y flechas, de garfios, espadas y lanzas de mi infancia, el compañero de tute que me enseñó a asistir, a cargar, a no salir de tres y a contar los triunfos, el artesano que convertía maderas en bastones de colores mientras miraba de reojo cómo aprendía a usar la sierra de calar y el hacha, el güelito de los martes por la noche, tres o cuatro años atrás, más pendiente del parte del tiempo y la lluvia que tanta falta hace, que de la cena y la persona frágil del último medio año, a quien el cansancio no minaba el caracter fuerte y dominante de siempre, pero que no dejaba de preguntarme por eme cuando hablábamos por teléfono semanalmente.

Adios julian, te echaré de menos.

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