guelito

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mi güelu facía cayaos

Mi abuelo, que se llamaba Miguel, nos invitaba a toda la familia a comer el día de su santo, el 29 de septiembre. Recuerdo que íbamos a verlos (a él y a mi abuela) al puesto de bastones en el mercado de San Miguel, en Gijón y que nos compraban avellanas a los nietos. Recuerdo los haces de bastones puestos de pie, que todavía olían a barniz y pintura, con sus colores brillantes y los alambres manteniendo la forma de la empuñadura. Son unos bonitos recuerdos, entrañables, filtrados por la luz de Gijón en septiembre.

Hace unos meses estaba buscando una idea para el siguiente tatuaje y quería algo simbólico que me llevase hasta la tierrina. Estuve barajando unas pocas ideas pero ninguna me convencía especialmente. Fue durante el mes de agosto porque fuimos a Gijón y, al entrar en la que era mi habitación y que ahora es la del ordenador (manda huevos…), vi uno de los bastones de mi abuelo colgando del mueble. En ese momento supe que ya tenía tatuaje y que me llevaría a la tierrina, a la infancia y a la familia de un vistazo.

Como era una idea demasiado personal, demasiado mía, me encargué del diseño por lo que la tatuadora (¡un saludo Aurora!) no tuvo más que seguir los trazos. Y, a pesar de haber hecho un dibujo decente en mi vida, me enorgullece decir que este me ha salido muy bien.

Ahora, cada vez que me preguntan por el tatuaje digo que mi abuelo era artesano, que hacía bastones y que llevo su diseño, su marca, bajo la piel. Y no hay mejor día para contarlo que un 29 de septiembre, aunque esté lejos de Gijón.

güelito

Guardo imágenes en mi cabeza, un puñado de recuerdos anclados a instantáneas de hace un millón de años que ya son fotos fijas de lugares que no existen, pero que yo conservo vívidamente, imágenes detalladas y llenas de colores de mis cinco o seis años y que, curiosamente, se han vuelto nítidas con el paso del tiempo, en vez de clarear y difuminarse lentamente.

Una de aquellas fotos fue cogida en movimiento el día en que el hermanín y yo aprendimos a volar, saltando desde la subidera del hórreo de güelito a la huerta sin cultivar, por encima del pie de cemento, para acabar con los pies hundidos en la tierra hasta los tobillos tras un vuelo de dos metros. Sólo lo hicimos unos días, hasta que la tierra dejó de estar en barbecho y comenzó el proceso de siembra y nuestra improvisada pista de aterrizaje se llenó de fresas diminutas y perejil. Los niños no podíamos subir al hórreo porque estaba viejo y el pasillo de la parte trasera se mantenía en pie a duras penas, sin barandilla y sólo con unas cuerdas de nylon para evitar la caida. Sin embargo, era el sitio más divertido para jugar y, entre advertencia y advertencia de güelito, el lugar se convertía en un barco pirata, un castillo sitiado con almenas, caballeros y dragón y un fuerte de caballería del lejano oeste oculto tras los geranios.

No ha llegado a un mes el tiempo que güelito a resistido los envites de la edad y la enfermedad y hoy, ésta mañana, ha muerto tranquilo y en casa, dejándonos abatidos pero contentos porque no había ninguna perspectiva halagüeña, ninguna buena solución.

Las últimas visitas que eme y yo hicimos a la tierrina sirvieron para ver el deterioro del cuerpo, la fatiga al caminar y la pierna tonta, rebelde, que no le dejaba subir escaleras ni bajar al puerto de Candás a tomar el café y a leer el periódico. Es ahora cuando le puedo poner precio a la distancia y decir que sale caro estar tan lejos, que nada compensa el sabor agridulce de las últimas palabras que cruzamos que, aunque no quisiéramos ninguno de los dos, sabían a despedida anticipada y a presagio. Me dijo socarronamente que tenía la impresión de que eme es mejor conductora que yo y, en cierto modo, no le faltaba razón y es que sentía una fascinación por eme dificil de explicar, un enorme respeto por la chica que cuidaba de su nieto mayor allá abajo, en Extremadura, en la otra parte del mundo.

Con él se ha ido el fabricante de arcos y flechas, de garfios, espadas y lanzas de mi infancia, el compañero de tute que me enseñó a asistir, a cargar, a no salir de tres y a contar los triunfos, el artesano que convertía maderas en bastones de colores mientras miraba de reojo cómo aprendía a usar la sierra de calar y el hacha, el güelito de los martes por la noche, tres o cuatro años atrás, más pendiente del parte del tiempo y la lluvia que tanta falta hace, que de la cena y la persona frágil del último medio año, a quien el cansancio no minaba el caracter fuerte y dominante de siempre, pero que no dejaba de preguntarme por eme cuando hablábamos por teléfono semanalmente.

Adios julian, te echaré de menos.

no salgas de tres…

Y ¿cuantas veces más contemplarás la luna llena? Quizás 20. Y sin embargo, ¡todo parece tan ilimitado!

Hace ya algunos años que aprendí, a hostias, como se aprenden las cosas que nunca se volverán a olvidar, que el tiempo que pasamos con las personas a las que queremos nunca es bastante. Cualquier pequeña estupidez, cualquier insignificante acción que hagas con los tuyos, con tu familia, con tus buenos amigos, es importante. Al final, sólo somos imágenes quietas en fotos amarillentas, pero cobramos vida, nos movemos y respiramos, en cuanto alguien se fija en nosotros y pregunta ¿quién es? Entonces, como por arte de magia, la cara de la persona que recoge la pregunta se ilumina, sonríe y dice “es mi nieto. Vive en Madrid, pero me llama todos los miércoles y jugamos una partida de ajedrez a través de Internet desde hace un mes. De momento, le estoy ganando”.

De pequeño, animaba a mi abuela, con sus sesenta años cumplidos, a montarse en los columpios conmigo. En su niñez nunca tuvo columpios, ni balancines ni nada que se le pareciese, solo hambre y castañas mayucas. Lo hizo varias veces y sonreía de una forma especial, diferente. Se reía por dentro, sabiendo que, al vencer a la vergüenza, había cumplido uno de sus anhelos, de sus fantasías. Años más tarde, esa misma sonrisa la llevaba al bajarse de un avión en Barcelona, cuando la llevé al Liceo a ver una sinfonía, ya que la temporada de óperas había terminado. Yo no esperaba nada de aquel viaje y me pagaron con una sonrisa que aún hoy no he conseguido olvidar.

Para nosotros, lo viejo ya no es útil. Tenemos una concepción del mundo cruel y despótica, en la que todo aquello que tiene más de medio siglo de edad está desfasado y acabado. Ya no se escuchan las palabras de la gente con más años, ya no les hacemos caso y eso, poco a poco, nos hace perder memoria e historia. He aprendido más jugando al tute con mi abuelo de lo que soy capaz de reconocer. Nos modelan, nos dan patrones de comportamiento sin que lo sepamos y terminamos cogiendo las cartas como ellos o diciendo “¡arrastro!” de la misma forma, arrastrando las erres y apretando los dientes. Nos cuentan sus pequeñas historias y sus grandes miserias, el cuerpo ya no aguanta, me cuesta subir escaleras, que bien que has venido, come, hijo, come, que estás muy delgado. Me dejo querer, convencido de que mañana pueden no estar aquí y que este mundo será un lugar inhóspito y cruel sin sus gestos y sus sonrisas de medio lado, pícaras y sabihondas, con el cigarrillo a la mitad y haciéndote caer, inexorablemente y por quinta vez, en la misma trampa del tute. No salgas de tres si no sabes que ha sido del as…