infancia

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mi güelu facía cayaos

Mi abuelo, que se llamaba Miguel, nos invitaba a toda la familia a comer el día de su santo, el 29 de septiembre. Recuerdo que íbamos a verlos (a él y a mi abuela) al puesto de bastones en el mercado de San Miguel, en Gijón y que nos compraban avellanas a los nietos. Recuerdo los haces de bastones puestos de pie, que todavía olían a barniz y pintura, con sus colores brillantes y los alambres manteniendo la forma de la empuñadura. Son unos bonitos recuerdos, entrañables, filtrados por la luz de Gijón en septiembre.

Hace unos meses estaba buscando una idea para el siguiente tatuaje y quería algo simbólico que me llevase hasta la tierrina. Estuve barajando unas pocas ideas pero ninguna me convencía especialmente. Fue durante el mes de agosto porque fuimos a Gijón y, al entrar en la que era mi habitación y que ahora es la del ordenador (manda huevos…), vi uno de los bastones de mi abuelo colgando del mueble. En ese momento supe que ya tenía tatuaje y que me llevaría a la tierrina, a la infancia y a la familia de un vistazo.

Como era una idea demasiado personal, demasiado mía, me encargué del diseño por lo que la tatuadora (¡un saludo Aurora!) no tuvo más que seguir los trazos. Y, a pesar de haber hecho un dibujo decente en mi vida, me enorgullece decir que este me ha salido muy bien.

Ahora, cada vez que me preguntan por el tatuaje digo que mi abuelo era artesano, que hacía bastones y que llevo su diseño, su marca, bajo la piel. Y no hay mejor día para contarlo que un 29 de septiembre, aunque esté lejos de Gijón.

el paquete completo

«Le ordené a mi cabeza que silenciara por un rato la bronca. Y de repente pude irme bien lejos, a la infancia y a la adolescencia, a la época en que leer era lo único que me hacía feliz.

Los nueve libros que elegí son todas lecturas anteriores a mis veinticinco años. No creo que después de esa edad un libro te cambie la vida. Te puede cambiar la forma de pensar o de creer, pero no la vida. La vida es arcilla hasta los veinticinco. Después es piedra.»

Tiener razón Hernán Casciari (blog y video) en que, más allá de los veinte, veinticinco años, ningún libro te va a cambiar la vida porque ya no somos permeables. Simplemente nos hemos convertido en piedra.

Tiene gracia que, unos días atrás, estaba intentando hacer una lista, mental, con los libros que más me han influído y aunque la mayoría los recuerdo de cuando usaba pantalón corto por imposición, el último del que tengo constancia data de finales de los noventa. Justo en ese periodo de tiempo en que cambiamos de arcilla a piedra. Y aunque he leído muy buenos libros después de esa época, grandes clásicos incluídos, no consigo recordar uno porque haya me dejado profundas cicatrices. Como mucho, recuerdo algún que otro arañazo sin importancia.

Solía guardar en una libreta, que luego fue un fichero de texto, que cambió a un formato de notas antediluviano, que fue un fichero de Word, de StarOffice, OpenOffice y LibreOffice y que, finalmente, volvió a ser un fichero de texto, solía guardar citas, fragmentos, partes completas de aquellos libros que me dejaban tocado. Para estar en aquellas páginas no sólo tenía que revolverme las entrañas, tenía que desvelarme durante días, debía recordar un pasaje, el que luego copiaría con mimo, durante horas. Cada cierto tiempo volvía a repasar los fragmentos, recordaba las sensaciones que producían, releía con avidez aquellas palabras deseando, secretamente, ser capaz algún día de escribir así, de arrancarle el sueño a alguien con sólo unas cuantas palabras.

Dejé de escribir en aquella libreta a finales de los noventa. No sé el motivo real o, mejor dícho, no sabía el motivo real de aquel cambio pero ahora sí: los libros ya no me conmovían. Si, alguno conseguía que pensase en él antes de dormirme, otros me dejaban con una sensación extraña, conocida y añorada, pero ninguno contenía el paquete completo, el sentimiento de estar tocado durante semanas. Y empecé a pensar que era cosa mía, que de tanto leer me había vuelto un sibarita inconformista que nunca tendría suficiente, que buscaba una calidad que era incapaz de paladear. Si Casciari tiene razón, y yo creo que sí, el problema de volverse de piedra y saberlo, es que a partir de aquí los únicos libros que me cambiarán la vida son los que ya tengo archivados en esos ficheros de texto.

la obligación de poner voces al leer un libro

Impresionante discurso de Neil Gaimain (lo leemos así, en español) sobre los libros, las bibliotecas y una figura casi nunca reconocida, los bibliotecarios (y bibliotecarias, no nos vamos a empantanar en disquisiciones de género).

Es muy difícil para mí no estar de acuerdo con todo lo que dice, porque me reconozco en la mayor parte del texto pero, especialmente en esta:

Otra forma de destruir el amor de un niño por la lectura, claro está, es asegurarse de que no haya ningún libro de ningún tipo en ninguna parte. Y no darles ningún sitio para leer esos libros. Yo tuve suerte. Tenía una excelente biblioteca local en el lugar donde me crié. Tenía el tipo de padres a los que podía convencer para que me dejaran en la biblioteca de camino al trabajo durante las vacaciones de verano y el tipo de personal bibliotecario al que no importaba que un niño pequeño, sin acompañar, visitara la biblioteca infantil todas las mañanas y rebuscara en el catálogo para encontrar libros de fantasmas o magia o cohetes, buscando vampiros, detectives o brujas o maravillas. Y cuando acabé con la sección infantil, empecé con los libros para adultos.

Eran buenos bibliotecarios. Les gustaban los libros y les gustaba que se leyeran los libros. Me enseñaron cómo pedir libros de otras bibliotecas mediante préstamos interbibliotecarios. No tenían ninguna actitud esnob acerca de lo que leía. Simplemente parecía gustarles que hubiera un niño con los ojos bien abiertos al que encantaba leer y me hablaban sobre los libros que leía, me buscaban otros libros de una misma serie; me ayudaban. Me trataban como otro lector ? ni más ni menos- lo cual quiere decir que me trataban con respeto. No estaba acostumbrado a que me trataran con respecto a la edad de ocho años.

Entre el viaje a la niñez, al olor a polvo y tinta vieja de la biblioteca, el recuerdo de todos los mundos que me abrieron aquellas páginas y las citas a algunos de mis autores favoritos, reconozco que me arrastra la melancolía. Pero el mensaje es claro: tenemos unas obligaciones, principalmente con los niños, para conseguir que sean mejores personas. Y la lectura es un muy buen camino para lograrlo.

De todos las obligaciones que enumera, esta me parece especialmente importante:

Tenemos la obligación de leer en voz alta a nuestros hijos. Leerles cosas que disfruten. Leerles cuentos que a nosotros nos cansan ya. De poner voces, de hacerlos interesantes y de no dejar de leerles simplemente porque hayan aprendido a leer por sí mismos. De usar los momentos de lectura en voz alta como momentos para estrechar nuestra relación(…)

Sé que los padres de mis tres sobrinos leerán estas líneas. Sírvales de amenaza constructiva ;).

Vía: Leer ficción para cambiar el mundo, en Fogonazos.

mi naturaleza

Trivial Pursuit Genus Edition
Trivial Pursuit Genus Edition

El primer juego que quise con todas mis fuerzas fue el Trivial Pursuit Edición Genus. Lo llamaba así, con el nombre completo porque me gustaba cómo sonaba. Todas aquellas preguntas, todo aquel saber sintetizado en un combate que no dependía del físico de los contendientes, me hizo desear aquel juego de tablero como ninguna otra cosa. Y mis padres me lo compraron, claro, en la edición de 1984, creo recordar.

Entonces me convertí en un extremista del Trivial durante un par de décadas. Lo sabía todo acerca del juego: las reglas, las preguntas, las respuestas, la situación de las casillas y hasta tenía estrategias. Cuando jugábamos me transformaba en una versión hasta entonces desconocida de mí mismo: era competitivo hasta la nausea y exigía un purismo absurdo con las reglas. Tanto que me enfadaba si alguien tomaba atajos (es decir, hacía trampas) o, simplemente intentaba terminar más rápido con las partidas. Conmigo en la mesa, si se jugaba al Trivial era con todas las consecuencias. Y, por supuesto, eso de dejar que mi hermano pequeño ganase algunos quesitos ayudándole con las respuestas era IM-PO-SI-BLE.

Si había un Trivial de por medio era, ahora lo sé, un gilipollas completo.

Volviendo al presente, recién empezado el año un compañero de trabajo me mostró una aplicación para Android que es una versión del Trivial. En Triviados, que es como se llama el juego, no ganas quesitos sino estrellitas y no son seis sino siete temas. Además de jugar contra gente que conoces (o no, pero pierde interés), añaden los retos, que pueden quitarte una estrella si no aciertas más preguntas que tu oponente en una ronda rápida.

En resumen, han hecho una versión más rápida del juego, con la posibilidad de «robar» estrellas, con unas normas que no te puedes saltar (mi modo talibán da las gracias) y con todo lo que adoro del Trivial. Tanto es así que, en apenas cinco días había jugado docena y media de partidas y he recuperado mi versión más competitiva y radical de los viejos tiempos.

Esta mañana, viendo como jugaba un compañero, contrincante y amigo, le di dos respuestas que sabía que no eran verdaderas, para que fallase. Por supuesto no me hizo caso y acertó con las respuestas pero a mí me hizo recordar una vieja fábula, la del escorpión y la rana. Y, por un instante, vislumbre aquellos lejanos días de los ochenta con los que, a pesar de todo lo que se supone que he vivido y aprendido, comparto esta naturaleza necia y competitiva.

Por cierto, mi usuario es n1mh, por si alguien se anima.